La Cama
Argentina, 2018, 95′
Dirigida por Mónica Lairana
Con Alejo Mango y Sandra Sandrini

Defectos, virtudes, pudores

Por Hernán Schell

Podría decirse que casi todos los defectos y virtudes de La Cama pueden verse apreciarse en sus primeros minutos. Allí vemos una imágenes aisladas de diferentes espacios de una casa grande. Luego de esto vemos un plano fijo de dos cuerpos desnudos de dos personas mayores que intentan tener -sin éxito- sexo. Dicha escena de de sexo frustrado, filmada con una cámara quieta que parece mirar esto como un entomólogo, tiene algo de triste pero también de fascinante, sobre todo por la forma en la cual Lairana logra comunicar a partir de esa acción la situación de decadencia de una pareja. Es una escena creativa y osada, que, sí, adolece de un defecto: el hecho de que termine con un grito desesperado dado por la frustración de la mujer frente a esa situación.

Hay algo de poco adecuado en ese llanto que pega ella, de excesivo dramatismo frente a un hecho cotidiano que necesita en alguna medida hacer notar aún más una situación de decadencia que podía decantarse sola por lo que estábamos viendo. En alguna medida, allí puede verse el gran problema de La Cama: su insistencia en remarcarnos el clima de tristeza que estamos viendo; no sólo en las situaciones que atraviesa esa pareja en crisis (de la que no puede encontrarse ni un solo momento de humor, ni un solo momento cotidiano en el que encuentren un poco de paz), sino también en la necesidad de construir un escenario que necesite todo el tiempo estar remarcando la decadencia. No ayuda en este sentido una decisión de Lairana, y es hacer transcurrir prácticamente toda la película en interiores. Dicho gesto es tan remarcado en la película que en vez de hacernos sentir la asfixia nos hace sentir el gesto por la directora de que notemos esta asfixia “encerrando” a sus personajes.

Ahora bien, esto no quita que La Cama sea una película interesante. Su relato tiene al menos dos virtudes. La primera es que Lairana sabe que hay algo de extraño y significativo en la desnudez con la que se pasean sus únicos dos personajes. Los protagonistas de La Cama constituyen después de todo, una pareja que por un lado tiene la confianza suficiente como para exhibirse a sí mismos sin pudor alguno, pero por otro lado, tienen ese acostumbramiento a la desnudez que revela también una pareja que se ha quedado prácticamente sin deseo erótico, que se ha habituado demasiado a sus propios cuerpos desnudos como para que les llamen la atención. Por otro lado, La Cama es también una película que logra una rara y fascinante paradoja: ser una película explícita en la mostración de los cuerpos y en la exhibición de la sexualidad de sus personajes, pero al mismo tiempo filma esto con tal nivel de distancia (no es un detalle menor que la película carezca de música extradiegética y casi de primeros planos), que parece al mismo tiempo la obra de una directora que no se atreve a subrayar sentimentalismo ahí donde el dolor es tan evidente. En el fondo, detrás de toda su explicitud, la verdadera clave de las virtudes de La Cama está en su sutil forma de pudor.

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