La casa junto al mar (La villa)
Francia, 2017, 107′
Dirigida por Robert Guédiguian.
Con Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan, Jacques Boudet, Anaïs Demoustier y Robinson Stévenin.

El fracaso como una forma de ternura

Por Raul Ortiz Mory

Angèle (Ariane Ascaride), Joseph (Jean-Pierre Darroussin) y Armand (Gérard Meylan), se reúnen después de muchos años en la casa ubicada en una comarca pesquera donde compartieron momentos de niñez y juventud. Los tres hermanos pasan los días de retiro dialogando sobre el estado de salud de su padre, Maurice, un hombre que poco tiempo antes sufrió un derrame cerebral. Un conjunto de situaciones los hará meditar acerca del destino que han adquirido sus vidas sopesando satisfacciones y fracasos, ya sean amorosos o profesionales.

Al terminar el visionado de La casa junto al mar una serie de razonamientos y emociones se mezclan inevitablemente. Sobre todo, si se sabe que la película está dirigida y coescrita por Robert Guédiguian, un especialista en el arte de despertar juicios de valoración impregnados de melancolía. De retorno a sus temas recurrentes, que lo sitúan como un observador activo de la sociedad gala -especialmente de la zona donde nació, creció y recrea sus trabajos, Marsella-, los tópicos de la lucha de clases, la situación social de la comunidad obrera y la marginalidad vuelven a develarse en su última película, pero aglutinados por la nostalgia y el peso que otorga la llegada de la vejez.

Guédiguian dibuja retratos de personajes desencantados que ven cómo el mundo cambia rápidamente ante sus ojos sin chance para influir hasta en temas cotidianos, cuando en otra época ellos eran los agentes del cambio, los luchadores que abrieron la puerta a las nuevas voces. El director critica, sutilmente y con humor, los efectos de la sociedad de consumo en la generación que vio germinar las revueltas estudiantiles de 1968. Además remarca, a partir de hitos puntuales, el proceso de deslegitimación que ha borrado del panorama actual a este grupo de veteranos. Sin embargo, el realizador no fuerza una postura política para que La casa junto al marparezca un panfleto donde la queja y la denuncia funcionen como un resentimiento accesorio. No, en todo caso Guédiguian traslada el peso del tiempo a sus personajes para hacerlos replantear sus prioridades individuales y otorgarles un aire de frescura, aunque algo melancólico, que para unos funciona mejor que otros. El repliegue sobre sí como una alternativa ante la imposibilidad del cambio del mundo.

Angèle es una actriz que todavía carga una pérdida familiar muy dura y que intenta sobrellevarla gracias a las giras que hace con la compañía de teatro a la que pertenece. Hace 20 años que no volvía a la casa de la bahía. Al decidir su regreso, se topa con un inesperado admirador mucho más joven que le hará dudar respecto a su capacidad para ser querida y deseada. Joseph, quien también bordea los 60 años, es un ex-líder socialista, casi revolucionario, que padece una crisis emocional porque su novia -cosmopolita, tecnológica y 30 años menos-, ya no le corresponde amorosamente y tampoco siente admiración por él. Su llegada a la casa paterna se convierte en un refugio inexorable ante otro problema: su condición de sindicalista desempleado. El tercer hermano, Armand, ha decidido regentar el modesto restaurante que el patriarca poseía junto a su casa y acompañarlo en su estado vegetal hasta que deje de existir -“así sean ocho años, como Ariel Sharon”-. Este personaje no solo es el trazo del sacrificio, sino que también es la bisagra fraterna entre sus dos hermanos, aunque carece de matices y buenos conflictos, a diferencia de los otros hijos de Maurice.

El hilo conductor de la nostalgia hilvana los conflictos centrales de los personajes. Pero no para sostener que todo tiempo pasado fue mejor. El regreso a cuestiones revisionistas asociadas a la vigencia del marxismo, no son una excusa para un discurso reaccionario y cargado de resentimiento en el presente. Hasta podría deducirse que, desde la mirada de Joseph, las protestas estudiantiles y obreras que marcaron los acontecimientos de mayo del 68 llegan a la segunda década del nuevo milenio a modo de efímero triunfo moral y minúscula causa de cambio político. Es entonces, en esa capa de evocación que construye el director, donde reposan las mejores ideas de la película. Todo fue posible y todo se intentó, pero el tiempo se encargó de trastocarlo y nadie se dio cuenta o supo hacer algo…hasta que la vejez se impuso y el balance arrojó cifras negativas. Pero el tono melancólico del cine del marsellés no busca activar alarmas desesperadas, sino que golpea suave y ruboriza a sus personajes. Frustra. Los ideales de juventud se fueron y los nuevos tiempos desechan a los entusiastas combatientes de otras épocas, ni siquiera les brindan un simbólico reconocimiento -Joseph encara a un militar de ascendencia africana cuando éste insinúa que el exlíder gremial es racista, sin conocer su pasado reivindicador; Armand cuestiona a los viejos pobladores de la bahía que venden sus propiedades a operadores turísticos en desmedro de la esencia fraterna que distinguió por años al pueblo-. Al fin y al cabo, al final del camino, Guédiguian llama la atención en tono apesadumbrado, sí, pero con cándida ternura, cuidando a sus personajes, sin una bajada de línea demagógica, ni solemne, ni moralizante. Al menos hasta cierto momento. Porque, acaso llena de dolor y tristeza, la película hace un vuelco extraño…

Lo único que se disloca en el armazón melancólico de La casa junto al mares la evidente línea aleccionadora cuando el director involucra el problema de los inmigrantes árabes en tierras europeas. Los dos hermanos varones encuentran a tres niños que han llegado a la costa mediterránea y deciden ayudarlos. Entonces la reflexión -y quizá la idea redentora ante las utopías de otros tiempos- aparece: el auxilio a los menores puede ser el resarcimiento de Joseph vencido por el sistema, la herida mal cicatrizada y segunda oportunidad para Angèle tras perder a la persona que más amaba o el nuevo rumbo de Armand que asume la vulnerabilidad de su padre como un vacío que no tendrá cómo llenar una vez que muera. Esa moralina escolar daña parcialmente la obra de Guédiguian, es cierto, pero no la embiste como para desatender todo lo construido previamente. Al final, lo más claro, lo más sentido, lo más nostálgico, de La casa junto al mares que el mundo contra el que se rebelaron los tres hermanos -impulsados por un padre, ahora disminuido- ya no existe. El mundo que soñaron Daniel Cohn-Bendit y miles de jóvenes estudiantes y obreros del mayo de 1968, mutó. El presente es más lesivo, individualista y plástico, quizás. Pero muchos de los que formaron parte de ese pasado prefirieron aferrarse acríticamente antes que repensar lo que el tiempo hacía con ellos. A pesar de todo, el fracaso también puede ser ternura y una desazón que añora.

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