La desaparición(Pororoca)
Rumania-Francia, 2017, 152′
Dirigida por Constantin Popescu.
Con Bogdan Dumitrache, Iulia Lumânare, Constantin Dogioiu, Stefan Raus y Adela Marghidan. 

La cuestión rumana

Por Sebastián Rosal 

Como todo o casi, alguna vez el cine rumano fue el futuro. Habrá sido hace unos doce, quince años cuando el radar siempre alerta que detecta el surgimiento de algún Nuevo Cine descubrió películas como La muerte del señor Lazarescu y 4 meses, 3 semanas, 2 días. Luego el reconocimiento y los premios, antes que el tiempo y la siempre desigual distribución de talento pusieron las cosas en su lugar, separando a los falsos prestidigitadores, los buenos directores y a algún que otro verdadero genio, con Cristi Puiu a la cabeza, más alto, más lejos y más fuerte que ninguno. Pero más allá del esperable muestrario variopinto de capacidades, todos los directores parecían responder a un patrón común que daba al conjunto una solidez grupal inusitada. Ese patrón incluía en primer lugar el apego casi fundamentalista por un realismo al que podría llamárselo baziniano pero carente de cualquier atisbo de gracia o de bondad, como si el dios encargado de dispensarlas se hubiera fugado de su propia creación, de esa parte del mundo convertida en un infierno en sordina.

Apoyado en un conjunto de actores notables, en la ausencia de música incidental y con el plano secuencia como principal estandarte formal, el cine rumano supo evitar desde entonces, gracias al antídoto de la aridez y a la ausencia de énfasis, la tentación del costumbrismo. Pero, nuevamente, si hay algo que destaca y que atraviesa este conjunto de películas es el clima ominoso, angustiado y angustiante, desesperanzado, de una Rumania que parece nunca terminar de sacarse de encima la sombra terrible de Ceausescu, el dictador que durante más de veinte años manejó con recelo extremo los destinos del país. Delaciones, desconfianza, recelos del vecino, de los amigos, de los exfuncionarios venidos a menos y de los nuevos ricos, violencia siempre contenida que explota súbitamente, una burocracia paralizante que extiende su mano hacia todos los ámbitos de la vida y fuerzas de seguridad con malos hábitos enquistados están a la orden del día. Aquí también hay excepciones, pero la enorme mayoría de las películas de aquel país que circulan por el mundo parecen funcionar a la manera de un tema con variaciones. En cierta medida, quien ha visto una película rumana ha visto todas.

          En La desaparición, Constantin Popescu parece haber llevado ese entramado a su cota más profunda, a un nivel de desesperanza y angustia nunca alcanzado antes. Tudor y su esposa Cristina son una pareja joven, feliz, habitantes de un bonito departamento en algún lugar de Bucarest. Cuando una mañana Tudor lleva a sus dos hijos pequeños, Ilie y María, a jugar a un parque, un descuido mínimo es todo lo necesario para que la niña desaparezca. Así, de la nada, como si la Pororoca del título original, la marea típica del Amazonas, hubiera pasado por allí sigilosa y letal y a partir de entonces solo sean posibles las ruinas de unas vidas arrasadas. La forma en la que Popescu filma el incidente es un modelo de estilo, un plano secuencia que se vuelve interminable en su extensión por ser intolerable en su tensión, con el padre, los niños que juegan y vecinos y animales entrando y saliendo del cuadro, estableciendo charlas ocasionales; hasta que de repente María no está. Como si el mundo no necesitara más que su habitual funcionamiento para mostrar su lado más tenebroso, como si el sol y el cielo limpio de un domingo al mediodía en un parque fueran solo una fachada engañosa.

           Entonces, el descenso a las tinieblas. Llegan los reproches hacia Tudor de parte de su esposa, la vida familiar que se desmorona, las rondas interminables por la estación de policía, la esperable impericia, la sospecha sobre un personaje misterioso, los meses que avanzan inexorables, ajenos al drama. Popescu demuestra maestría controlando con mano firme el pulso narrativo de su drama que es, como cualquier película, un ente individual, con una vida y un devenir propios. Pero es difícil no pensar que en esa lenta pero inexorable marcha de Tudor hacia la locura algo ya visto se está exhibiendo nuevamente. Una fórmula y un marco provista por la marca de origen, por una etiqueta llamada cine rumano que parece haber entrado en un punto en el que es lo que es y lo que se espera que sea; que incluye siempre la sensación asfixiante de un callejón sin salida, puesta en marcha por el mero hecho de ejercer la condición humana, vuelta tanto un atributo como un regalo envenenado. La desapariciónse balancea entre los méritos propios y un contexto que es al mismo tiempo universo común, matriz y jaula; entre su deriva particular y un aire familiar que reúne modos previsibles y gestos ya conocidos, que no puede evitar la sensación de que, para el cine rumano, el futuro llegó, hace rato

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