La guerra silenciosa Perro Blanco 1

Tiempo de lectura: 5 minutosLa guerra silenciosa

Marcos Rodríguez

La guerra silenciosa (En guerre)
Francia, 2018, 113′
Dirigida por Stéphane Brizé.
Con Vincent Lindon, Mélanie Rover, Jacques Borderie y Sévrine Charrié.

El santo sindicalista

Por Marcos Rodriguez

Uno puede echar mano de muchas ideas para hablar de La guerra silenciosa(¿silenciosa?) y no dejarían de ser ciertas. Que el cine francés y la realidad social, que el Festival de Cannes y el glamour de la lucha de clases, que el cómodo cine europeo y los resultados lánguidos que genera cuando asoma su mirada a los males del sistema socioeconómico en el que vivimos. Por supuesto. Encima nos encontramos otra vez con Stephane Brize, esa nueva encarnación (lavada) de la conciencia social en el cine francés, que vuelve a filmar con Vincent Lindon para ponerlo en el centro de un conflicto de clases populares francesas oprimidas por la globalización. Uno casi tiene la sensación de que podría retomar frases, ideas o párrafos enteros que se forjaron para sus películas anteriores, y aplicarlas sin demasiado esfuerzo (y sin que nadie lo note) a estas nuevas aventuras del oprimido en las tierras de la injusticia. En parte porque uno tiene la sensación de que el propio Brize no tiene para decir mucho más que algunos cuantos conceptos y lugares comunes sobre su tema, oh, su tema tan importante que el cine contemporáneo parece no querer reflejar. Es cierto.

No es menos cierto que Brize maneja un buen pulso narrativo, que su mirada parece más sincera que impostada, que tiene el buen juicio de concentrarse bastante en la minucia sindicalista. Pero, sobre todo, no es menos cierto que Vincent Lindon, El Sólido, sabe prestarle cuerpo a su personaje y darle forma a un ser humano que en principio se nos presenta como la suma de todas las virtudes que ha de tener el oprimido en lucha. La dinámica de estos dos talentos (¿se llevarán bien entre ellos?) permite una película que se sostiene cuando bien podría ser insostenible y que llega al límite de lo aburrido, dicho esto como una virtud: la narración de La guerra silenciosase dobla sobre los acontecimientos de una huelga de forma tal que tenemos la sensación (mentirosa, por supuesto) de estar siguiendo el devenir caótico y nada lineal de un enfrentamiento entre empleados y patrones, y no de estar siguiendo los lineamientos de un guión que viene acá para ilustrarnos sobre los males del mundo. Punto a favor.

El problema realmente imperdonable de La guerra silenciosaes, por decirlo así, su cobardía frente a los problemas que ella misma está planteando.

Hay un grado importante de ingenuidad en la construcción de esta película, en especial en torno a su protagonista: el hombre que nunca duda, nunca se deja vencer por su ira, es claro y estratégico en su pensar, tiene todo el carisma de un actor de cine y toda la inteligencia de un CEO (tal como se declara en la propia película): un tipo piola, un visionario, un líder entre los hombres y mujeres sufrientes, el profeta que nos muestra el camino que habremos de seguir cuando la cosa se pone jodida y parece que hay que abandonar las esperanzas. Todo bien, esto es cine y a todos nos gustan los héroes. El camino de este héroe por la difícil lucha contra el poder lo lleva a poner en pantalla una serie de males que no son pocos: la globalización y su lógica despiadada, los poderes políticos que pueden tener intenciones muy bonitas (cuando hay que dar definiciones, a todos nos importan siempre los trabajadores) pero no son capaces de la más mínima acción concreta para resolver un problema (declaraciones, declaraciones y más declaraciones, puestas en evidencia por los propios obreros a los que supuestamente están defendiendo), toda una galería de personajes entramados en un sistema económico trasnacional que parece compuesto exclusivamente para joder a los que menos tienen. Incluso si uno elige creer que todos los involucrados en esta trama son honestos en sus preocupaciones y compasiones bien distribuidas (y ni hablar si uno elige pensar que los poderosos son simplemente cínicos cuando hablan), lo que queda en evidencia en La guerra silenciosaes que el sistema es escurridizo pero inexpugnable. De nada sirve que los trabajadores finalmente logren sentarse a hablar con el presidente del holdinginternacional, los “dueños”. Nadie es realmente culpable: ni los dueños son dueños ni los poderosos pueden hacer demasiado ni las manos de nadie están del todo sucias (o limpias). Todos somos esclavos del mercado y el mercado es despiadado.

Ahora bien, después de plantear este panorama, después de trazar cuidadosamente este diagnóstico del mundo… ¿qué? El final de la película viene a hacer saltar todo por el aire. Porque resulta que al final, después de dejar caer ideas sobre estructuras socioeconómicas de poder, después del laborioso y lento construir de una representación sociológica, resulta que La guerra silenciosano se termina sin dejarnos una luz de esperanza. Una esperanza que no es respuesta pero no deja de ser esperanza: no sabemos qué va a pasar con los obreros de esta fábrica, pero lo último que sabemos es que volvieron a abrirse las negociaciones. Las negociaciones que estaban cerradas. O sea que sí, a lo mejor termina todo bien, capaz que el cuentito tenía una final feliz. Sin jugárselas por el consuelo total, Brize no puede resistirse a ofrecer por lo menos una luz al final del túnel. ¿Y cómo aparece esta luz? Complicado. Porque resulta que después de mostrar una y otra vez que el poder se nos escurre, que el sistema protege siempre a los mismos, que nunca vamos a terminar de tenerlos entre nuestras manos, resulta que sí había una opción. Y la opción era que el santo, ese personaje hermoso e inverosímil, diera el paso definitivo y pasara de santo a mártir. Resulta que la solución es inmolarse, volver definitivamente la violencia en lugar de hacia quienes detentan el poder (Lindon se pasa unos buenos minutos tratando de contener a sus compañeros para que no desbarranquen en ataques de ira) hacia uno mismo. Como si después de todo el problema no fuera el capitalismo o la globalización sino simplemente la voluntad del señor alemán ese, que resulta ser mucho más hijo de puta de lo que parecía porque podría habernos ahorrado todo el sufrimiento de esta película si de entrada aceptaba dialogar con los capitalistas franceses amables, en vez de comportarse como capitalista despiadado alemán y terminar por despertar la ira de nuestro santo sindicalista, que sabe aplicar con precisión quirúrgica los actos de violencia simbólica para que la presión de los medios logre lo que parecía imposible: que todos seamos razonablemente felices.

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