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Tiempo de lectura: 5 minutosLa hora de tu muerte

Gabriel Santiago Suede

La hora de tu muerte (Countdown)
EE.UU., 2019, 90′
Dirigida por Justin Dec.
Con Elizabeth Lail, Jordan Calloway, Talitha Bateman, Tichina Arnold, PJ Byrne, Peter Facinelli, Dillon Lane, Matt Letscher, Valente Rodriguez, Tom Segura y Anne Winter.

Repensar el oficio

Por Gabriel Santiago Suede

No pasaron muchos meses desde el momento en el que escribí una crítica (pueden verla en este link )sobre el cine high concept y sobre cómo ese cine supo hacer escuela en los 80s y 90s pero que con el tiempo tendió a desvanecerse. Por esas cosas de la vida y por la arbitrariedad de los estrenos argentinos me ha tocado una película fuera de su tiempo, como si no hubieran pasado muchas cosas entre los 90s y hoy…o quizás si. Porque si algo tiene La hora de tu muerte es un irremediable aroma a esa transición entre el 98 (Scream 2 se estrenaba en esos años) y los primeros 2000s (con la saga de Destino final marcando el ritmo desesperado de un género que empezaba a perder algo del público que había recuperado apenas algunos años antes). Pero esta película inofensiva y fácil de atacar -porque nada más simple que despacharse una película menor en una de esas críticas que los colegas hacen como si se tiraran un pedo: en automático, sacándose el tema de encima, pronunciando «netx» con los glúteos mentales- tiene lo suyo. O al menos tiene lo suficiente como para no andar despreciándola por ser rápida, efectiva en dos o tres cuestiones y acaso un poco torpe para las definiciones.

En alguna ocasión, cuando todavía no nos conocíamos y yo no escribía en esta revista, supe ser oyente de La autopista del sur, programa que en ese entonces conducían Fernando Juan Lima y Federico Karstulovich (en el par de años en el que la conducción y co conducción giraba en esa dupla, que es distinta a la que había sido históricamente, FJL-Sergio Nápoli y también distinta al trío actual, que sumó a Maia Debowicz). En aquel entonces en uno de los segmentos, le escuché decir a Fede (lo puede escuchar en este link) algo que no escuché por otros lares y que me resonó durante algún tiempo, porque en pocos minutos plasmaba una idea que comparto respecto a cierto terror contemporáneo: la idea de que la verdadera contemporaneidad del género está en encontrar en los rasgos del presente una conexión atávica con el pasado, y más en particular con lo desconocido, algo que el mismo terror urbano supo ir destruyendo con el paso del tiempo. En esa columna Fede sostenía que el mejor terror contemporáneo lograba conectar la percepción actual de hiperconectividad que nos hace sentir que no estamos aislados, que realmente podemos conocer todo, con la irrupción de lo siniestro en esa cotidianidad hiperconectada. Esa conexión revelaría que en el fondo no solo no sabemos nada y conocemos menos de lo que pensamos sino que en el fondo esa hiperconectividad es la gran mentira que obtura el verdadero terror, que es aceptar que en el fondo, frente a lo desconocido, no hay nada, no hay vínculo tecnológico que nos salve. En la misma dirección Daniel Alaniz supo escribir en estas páginas una excelente nota (pueden leerla por aquí) sobre Unfriended: Dark Web. En definitiva, había acercamientos menos previsibles, laxos, fáciles, de parte de críticos más lúcidos que aquellos que simplemente buscan destruir algo que ni siquiera se tomaron el tiempo de pensar.

En La hora de tu muerte se produce un encuentro anómalo entre ese cine de transición entre dos siglos con el terror contemporáneo que cree que todavía existen posibilidades de perturbar mediante la subversión de los modos de mirar nuestra experiencia hiperconectada. El problema de la película de Justin Dec es que, a diferencia de las dos influencias que la signan, no parece elegir un camino claro. O en todo caso elige tantos caminos a la vez que no termina de ser una película de terror de muertes random ni una película de terror contemporáneo sobre la perturbación que puede producir una app ni tampoco elige ser una película sobre maldiciones satánicas. Quizás es ese su mayor problema: no definir una identidad y pretender contentar a los distintos perfiles de terror con los que coquetea hace que toda la película sea un gran cruce de caminos entre cosas muy diversas. Ahora bien: es malo esto? En principio no, porque le da a la película una liviandad y una ausencia de solemnidad que se agradece en este presente de terrores pretenciosos. Claro está, al no funcionar el humor negro que presume, lo único que le queda es apelar a las formas de terror que tiene a la mano. Pero cada una de esas formas funciona aisladamente y nunca de manera combinada. Cuando queremos disfrutar del sistema de muertes imaginativas que nos rememoren a Destino final (o incluso a las recientes entregas de Feliz día de tu muerte) el cuentito funciona. Pero al rato nos damos cuenta que la cuerda se acaba, entonces hay que pedirle a la película que cambie el chip. Entonces sobreviene la película sobre el rol ominoso de la tecnología, que nos hace pensar que podemos entender y conocer sus recovecos, pero que en el fondo siempre tiene algún aspecto que nos supera. Esa irritación inicial («no puedo borrar esta aplicación» es una frase que pudimos haber escuchado una y mil veces en estos años) se convierte en el gran eje narrativo («Y si esa app no fuera simplemente una app y funcionara como otra cosa, como una apertura hacia un componente sobrenatural?»). Si, me dirán: suspensión de la incredulidad. Bueno, ahí está también el cine high concept de los 90s, como para recordarnos que el cine también necesita ser un contrato de a dos o ser nada.

Puede ser sustentable entonces una película sobre una app que indica cuándo vas a morir y el objetivo redunda en escapar a esa muerte segura? Quizás si. Quizás no. El mayor problema de esta película cargada de intenciones pero incapacitada de articularlas conjuntamente es que ese contrato de credulidad es cada vez más dificil de mantener, cada vez más dificil de solventar en el tiempo, cada vez más dificil de artícular con un espectador entrenado, cínico y desmotivado del otro lado. En esas condiciones, una película que no calcula, que juega a ser muchas cosas a la vez y que hace lo que puede con lo que tiene, es la principal candidata al desprecio. Valgan estas líneas para reivindicar a un cine que no tiene que demostrarle nada a nadie ni que lograr ninguna otra cosa mas que hacernos pensar que existen otras posibilidades a las que nos hemos habituado. No hay cine pobre, hay pobreza frente al cine. Quien no quiera pensar que no piense.

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