La librería (The Bookshop)
España-Reino Unido-Alemania, 2017, 115′
Dirigida por Isabel Coixet.
Con Emily Mortimer, Patricia Clarkson, Bill Nighy, James Lance, Frances Barber, Gary Piquer, Charlotte Vega, Richard Felix y Honor Kneafsey.

Rodeado de libros no podés sentirte solo

Por Miguel Peirotti

Nunca. ¿Cómo podrías (¿cómo podríamos?)? Los libros son el mejor amigo del hombre (que lee) y el mejor amante de la mujer (que ama la literatura); cuando una chica a la que le gusta leer está leyendo, no podés arrebatarla del ensueño literario ni con la ayuda del carisma del Johhny Depp de ¿A quién ama Gilbert Grape? y la argumentación mesiánica de Juana de Arco juntos. El título de esta crítica remite a la última frase que escuchamos en la película, una declaración de principios de la humanidad en el entorno más seguro de la filosofía y las humanidades: una librería, el paraíso de las letras, ni clásicas ni modernas, atemporales, que abraza por los hombros a quienes se apasionan con internarse entre sus estanterías; a quienes se aprisionan entre sus anaqueles.

Talento grande como un súper libro de la editorial Taschen, el de Isabel Coixet, la cineasta catalana más prolífica del cine español contemporáneo (o la cineasta más prolífica del cine español contemporáneo, catalana), en el año en que hizo este pequeño cuento ilustrado por cine también terminó, por encargo del Museo del Prado, un documental sobre la producción de la mega-muestra de Cai Guo-Qiang, el artista chino más celebrado de las artes contemporáneas, neoyorkino (casi), así como el largometraje de Ciencia ficción “Proyecto Tiempo”, íntegramente financiado por la compañía Gas Natural Fenosa e íntimamente protagonizado por la estrella de la serie La casa de papel, Úrsula Corberó. Pero como la cantidad no es sinónimo de calidad, y hasta a veces es antónimo, no dejemos de reafirmar que la suma de entradas que tiene Coixet en IMdb se corresponde con la dignidad de un buen número de elogios y un mejor número de premios internacionales. Penetrante y simple, con atributos vinculados a la modestia y algunos alcances de lo sublime, bilingüe, irregular porque nadie es perfecto pero atractivo como norma, así es el cine de esta directora que en 2017, además de lo mencionado, terminó Amodio, un corto publicitario para la campaña de Navidad de la empresa multinacional de alimentos Campofrío, una rareza ambientada en un manicomio en la que hacen de sí mismos el juez Baltasar Garzón y Joan Manuel Serrat (Cómo? Si, posta).

Coixet aquí adapta la novela del mismo nombre de Penelope Fitzgerald (¡qué apellido para contar una historia sobre libros!), que transcurre en un pueblo en las afueras Londres allá por 1959, cuando una viuda relativamente joven (la relatividad pertenece a la época) llamada Florence Green -que interpreta Emily Mortimer con su amoroso manejo de la actuación habitual- decide dejar la capital y sus recuerdos maritales atrás y probar suerte siendo feliz sola entre los libros abriendo una librería en un local oscuro y abandonado de una propiedad casi sin valor, lo contrario a ella: todo valor y decisión, alzando la cabeza para hacer frente a la mugre civil de los habitantes del pueblo, un Twin Peaks nariz parada del chisme y la mala intención, infernalmente chico y viciado por la avaricia de mentes sin alma. La librera que a todos nos gustaría que tome las riendas hoy: Florence no tiene mejor idea que contrarrestar la mala vibra pueblerina desafiando a medio mundo de mente chica trayendo cajas y cajas de dos libros polémicos, flamantes lanzamientos de aquel período, que alimentarán la llama de esa rencilla inexplicable contra su pureza de intenciones: “Lolita”, de Nobokov, y “Fahrenheit 451”, de Bradbury. Los ovarios de este personaje también son grandes como un volumen de Taschen y por acá pasa la médula del asunto: esta es la historia de una mujer valiente.

En medio de los entretenimientos más sofisticados, en la era de una tecnofilia irrefrenable e incuestionada, pocas películas recientes han plantado bandera contra la reivindicación de la falsedad de forma tan cariñosa y silente. No estamos ante el cine que reinventa el cine sino ante el cine que recuerda de dónde proviene el cine y ante una película que ofrece su otra mejilla tras la cachetada prepotente del box-office. La experiencia de ver esta película no será un hito en la vida de ningún espectador, es cierto,  pero será comparable a la de encontrar un libro incunable en un rincón secreto de una librería encantadora que creías cerrada hace tiempo y reemplazada por un Rapipago: enorme satisfacción frente a algo pequeño. Versión empequeñecida y asintomática del síndome de Stendahl. Ver La librería es como comer scones sentado en la falda de Emily Mortimer viendo un documental sobre pajaritos después de chuparte media hora de bocinazos en el tráfico de la ciudad: un remanso sin precio.

Corrijo: la experiencia de ver esta película es incomparable; hay historias más urgentes y obras cinematográficas más radicales en lo formal, narrativamente más desafiantes, pero la delicadeza anacrónica que contamina a esta película es un foco infeccioso adorablemente incomparable producto de una adorable mente. También, por lo que implica esta frase, que repetimos como estribillo, que mantramos como adoradores del papel: “Rodeado de libros no podés sentirte solo”.

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