La noche de 12 años
Uruguay-España-Argentina-Francia, 2018, 123′
Dirigida por Alvaro Brechner.
Con Antonio de la Torre, Chino Darín, Alfonso Tort, Cesar Troncoso, Mirella Pascual, César Bordón, Silvia Pérez Cruz y Soledad Villamil.

Resistencias

Por Federico Karstulovich

Las resistencias políticas pueden variar cuando lo que se enfrenta es una dictadura. Las hay de todo tipo y clase, e incluso muchas de esas formas (que no desestiman las acciones armadas mediante la violencia física) están avaladas legalmente (por constituciones varias en occidente, sin ir más lejos, el artículo 29 de la CNA da cuenta de esto). Pero ese no es el tema que le interesa pensar a buena parte del cine político latinoamericano, que a la hora de pensar el origen de la violencia, el nacimiento de la naturalización de la misma, mira para otro lado. La épica, en este aspecto, suele suplir a la reflexión. Y la épica se lleva mejor con las emociones, con las lágrimas, con la mirada idealizada. Es, en este sentido, limitado el material que el cine latinoamericano entrega a la hora de pensar en una ontología de la violencia armada. No hay nadie que pare la pelota. Y por el contrario, lo que se despliega es una serie de lugares comunes que podemos reconocer al segundo del visionado de las imágenes.

No se me ocurre otra explicación para este fenómeno que la fascinación con la violencia en sí, como hecho deshumanizado. Como contraparte, creo que esa fascinación (no lejana del morbo), tiene en su otro extremo un desprecio por las personas, por los matices y por una reflexión sobre las consecuencias de la naturalización de la violencia. En esa primera dirección, que es la de la fascinación épica mezclada con el registro obsesivo del dato fáctico es en donde ingresa La noche de 12 años, que a primera vista no ofrece resistencia alguna a ciertos lugares comunes del cine político latinoamericano y su imaginario de representaciones de las dictaduras cívico-militares de las décadas del 60-70-80. No obstante, hay algo que resiste a caer en ese imaginario. Y por esa grieta comienzan a aparecer los datos más interesantes de esta película que vive en un híbrido entre lo grande y lo pequeño. Lo grande lo aborda de manera torpe, subrayada, valiéndose de explicaciones verbalizadas, de discursos sentenciosos sobre la naturaleza humana ante la tortura y musicalizando de manera exasperante por su linealidad (la musicalización del plano secuencia inicial es un espanto por su vulgaridad). Lo grande, aquí, tiene que ver con los temas trascendentes, pero también tiene un tono, que es la épica. Y ese tono grandilocuente no deja pensar. O al menos no se lo propone. Y si bien no adopta el temido y potencial recurso del exploitation (oh, La noche de los lápices y sus torturas detalladas para el morbo de la dama y el caballero), dado que la tortura explícita queda elidida, podemos decir que estamos ante un exploitation arty, algo que en los 70s y 80s supo conocerse con el nombre de “cine testimonial”.

Pero como dije antes, estamos ante un híbrido. Y lo que la película tiene de grande, trascendente, tosca y épica lo tiene también de pequeña, humanista, cuidadosa con sus protagonistas y los detalles de su resistencia en el campo de concentración. Y ahí, frente a las peores tradiciones de las películas de reclusión y tortura, también hay anticuerpos. O antídotos, para ser más precisos. No, no estamos ante Un condenado a muerte se escapa. No hay escape posible siquiera. O si lo hubiera sería estrictamente figurativo. No obstante, el antídoto de lo pequeño frente a tanta grandilocuencia lo trae la precisión detallista de eso que podríamos describir como “las estrategias de resistencia” frente a la reclusión forzada. Esas estrategias son pequeñas acciones vitales, como vincularse con el espacio de las catacumbas como si fueran vistos por primera vez, como si fueran mundos a descubrir de manera táctil, casi a modo de evitar volverse locos. En este aspecto es particularmente conmovedor y humano (y cinematográfico, en una película que cuando hace hablar a los personajes con frases sentenciosas se olvida del cine) el proceso de comunicación entre Rosencof y Fernandez Huidobro a través de los golpecitos en la pared. Esa escena, junto a otras que descubren esas pequeñas estrategias de resiliencia para vencer a la locura de la tortura diaria y las actividades de degradación humana de un campo de concentración, es precisamente la vía por la que la película encuentra una salida. Pero también es la vía por la que encuentra una resistencia a los lugares comunes del imaginario cinematográfico del mainstream latinoamericano cuando es la hora de representar a las dictaduras recientes.

Y si bien La noche de 12 años no es Crónica de una fuga, película en la que Adrián Caetano encontraba, vía géneros cinematográficos y sus reglas (en ese caso el policial de escapa carcelario) una herramienta para no caer en la extorsión moral de la corrección política del buenismo, lo que logra gracias a dar espacio a los elementos cinematográficos de esa reclusión es mucho mayor y efectivo en su carácter de denuncia y narración que toda la suma de aclaraciones obvias sobre el mal que supone cualquier dictadura y la suspensión de cualquier derecho humano bajo una. Sin ir más lejos, aclaramos para el lector: hoy por hoy el consenso de que las dictaduras militares son y han sido una pesadilla a la que hay que repudiar y que no puede reivindicarse bajo ningún aspecto, precisamente porque son ejercicios de violencia desde el aparato de poder del estado, es precisamente lo que supone un piso de representaciones sin imaginación para el cine político mainstream latinoamericano, que ha optado por la nulidad de matices a la hora de pensar las figuras que se opongan a los dictadores.

Es interesante constatar que a la larga estamos frente a un monstruo de dos cabezas: una de ellas que mira y se reconoce en un cine apolillado, que tiene fuertes antecedentes en el cine político testimonial de los 80s y 90s. Pero al mismo tiempo estamos frente a una película que plantea una resistencia posible, una salida lateral por medios no convencionales como lo es un cine de detalles táctiles, que nos vinculen a la experiencia humana del martirio, sin necesidad de propugnarnos un buzón de explicaciones innecesarias sobre el bronce. No hay gloria ni épica alguna en ser víctima. En el mejor de los casos hay dolor, resiliencia, resistencia y, de ser posible, la alternativa de pensar que el futuro pueda traer algo mejor. Ojalá lo haga. El cine político latinoamericano precisa una contemporaneidad más lúcida antes que indignada.

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