La noche de las nerds (Booksmart)
EE.UU., 2019, 105′
Dirigida por Olivia Wilde
Con Kaitlyn Dever, Beanie Feldstein, Lisa Kudrow, Jason Sudeikis, Jessica Williams, Will Forte, Mike O’Brien, Molly Gordon, Billie Lourd, Skyler Gisondo, Noah Galvin, Diana Silvers, Mason Gooding, Victoria Ruesga, Austin Crute, Eduardo Franco, Nico Hiraga.

La empresa de vivir

Por Sergio Monsalve

Hay un público joven que se quiere reconocer en la pantalla. Que necesita reconocerse. Los años cincuenta, si vamos algunas décadas atrás, trajeron un quiebre generacional que se tradujo en la creación de una industria que debía reconsiderar el modo de pensar y complacer los gustos adolescentes. Marlon Brando y James Dean como estandartes de un momento, pertenecientes a la historia de un subgénero -el cine de jóvenes?- que tiene picos y caídas.

Los setenta, algún tiempo después, consolidaron el filón creativo, abrazando a los movimientos de vanguardia de la década. El mainstream masificó el mercado de las fiebres del sábado por la noche, de los baños de sangre y figuraciones varias como las que exhibían El Exorcista y Carrie, pero también las aventuras mesiánicas en clave -esto en particular en películas como Star Wars- asi como el cine físico, hormonal y descontrolado con películas como Animal House. Al fin de cuentas un descontento (pero también una necesidad de explosión) lograba canalizarse y domesticarse a través de los mecanismos de la producción en serie.  

Luego, los ochenta y noventa diseñaron un patrón clásico, de personajes románticos y tramas existenciales, que hoy se revisita por el dominio de la nostalgia millennial. Booksmart se encuadra en una época de reconfiguración de los modelos señalados, buscando comunicarse con los espectadores que amaron a Lady Bird y que están preparados para consumir la respuesta femenina a Superbad. A ver: la película de Olivia Wilde es eso, pero también una lograda adaptación del arte de la comedia de John Hughes. O al menos es un intento de reconfiguración, al menos tras el declive de la imagen de Judd Apatow, quien ha salido del cuadro momentáneamente, quizás por haber generado más prole y más imitadores de los que hubiera querido. Al mismo tiempo su cine recupera vigencia por otras vías y formas de expresión. Pero la influencia que supo tener a inicios de los 2000s parece haber desaparecido de escena. Pero la herencia cultural del Appatow de hace casi dos décadas continúa o ha cambiado el panorama?

La película de Olivia Wilde manifiesta un claro sentido de revancha para la mujer en el mundo de la comedia. Sin embargo, el visionado del largometraje no se reduce a un mero trámite de dorarle la píldora al target progre de la corrección política y la representatividad. Booksmart, en realidad, condensa las mismas virtudes que le reconocimos a En los 90, con la cual comporte la empatía y la gracia de sus criaturas protagónicas, dentro del esquema de una tradicional coming of age. Pero qué es lo que cuenta la película concretamente? Dos chicas viven preocupadas por sus estudios, descuidando en exceso a los demás, olvidándose de socializar y enfocándose en alcanzar el éxito como alumnas intachables con gran futuro en la carrera universitaria. Pero su idea se desvanece en el último día de clase, bajo la presión real de abandonar el nido para celebrar con los compañeros de la promoción. Desde entonces, el guion profundiza en los miedos de ellas y en los de un mundo que se encierra en sus algoritmos, en sus cuentas de Instagram, en sus aplicaciones de filtros y fotos fijas; en definitiva, que se esclaviza a voluntad. 

Sin hablar directamente de la red, como su hermana Eight Grade, la estimulante película de Wilde cuenta la historia de aquello que ocurre cuando soltamos el teléfono móvil y vamos al encuentro de los que nos rodean, sin tantos prejuicios de por medio, sin especulación y sin tantas certezas. Para poder comprender este proceso se nos hace partícipes de la evolución de la química entre las protagonistas, durante el desarrollo del  arco dramático, al romper con viejas ataduras y abrir su existencia al devenir, que implica descontrol, libertad, conocimiento y madurez. En este periplo la cámara respalda y densifica el concepto del guión (algo que no siempre pasa en esta clase de películas) en instantes que se agradecen y recuerdan, como el plano secuencia donde las diferencias de las amigas se hacen una grieta que se graba en paralelo con los celulares indiscretos que manipulan los invitados a una fiesta.

La trama, en términos de matrices narrativas reconocibles, conecta con el absurdo de Después de hora en el desmontaje negrísimo de una ilusión, de un sueño americano que al final se despeja como la pesadilla agridulce que significa admitir que una parte de nuestras vidas terminó. 

La película, entonces, no es contemporánea por la alusión directa a la dinámica de comunicación de los jóvenes hoy. Lo es, curiosamente, porque no queda anclada en la agenda actual de la corrección política y de lo que debe decirse sino que permite que reconozcamos problemas tan viejos como el mundo: al final de cuentas lidiar con la dureza que supone concluir las clases y empezar de nuevo, de cero, ante un contexto cada vez más hostil no es una historia nueva. Hay películas vitales y Booksmart es una de ellas. Lecciones de humildad que se aprenden fuera de los libros y de los cerebros que se autoexprimen y se explotan a si mismos como la empresa más cruel y espantosa: la de vivir diariamente.

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