La otra piel
Argentina, 2018, 110′
Dirigida por Inés de Oliveira Cézar.
Con María Figueras, Rafael Spregelburd, Pablo Seijó, Roxana Berco y Mónica Galán.

Laberinto

Por Rodrigo Martín Seijas

La filmografía de Inés de Oliveira Cézar ha girado mayormente en la interacción de diversos lenguajes, con foco principalmente en los cruces de lo cinematográfico con lo teatral. Su cine es uno de reescritura, donde hay un material de origen al cual se lo retuerce y manipula para así crear un nuevo texto, exponiendo que efectivamente ya todas las historias han sido contadas pero que siempre hay formas originales de narrarlas. Sin embargo, esa experimentación constante, que supo mostrar un gran potencial en, por ejemplo, Cómo pasan las horas y El recuento de los daños, ha evidenciado unos cuantos límites en películas como Extranjera y Cassandra.

Esas barreras tan patentes como infranqueables vuelven a aparecer en La otra piel, que toma fragmentos y textos de La terquedad, de Rafael Spregelburd, como puente para contar la crisis de una pareja. Ella (María Figueras) llega a un punto de hartazgo y prácticamente huye en un súbito viaje a Brasil; él (el mismo Spregelburd), que está en pleno proceso de ensayo de una obra teatral, debe lidiar con una repentina soledad; ambos estarán atravesados por una incertidumbre constante durante el relato. Esa inestabilidad se traslada a la película en su conjunto, donde conviven diversos niveles: esa road-movie que protagoniza el personaje de Figueras, que la conduce a encuentros azarosos y situaciones imprevistas (indudablemente la línea narrativa con mayor peso); la espera del personaje de Spregelburd, que pierde la seguridad que lo caracterizaba; y la re-composición de la dramaturgia, adaptada a un nuevo molde narrativo y estético. Pero esos niveles no terminan de confluir de la manera apropiada: hay un evidente intento para que el relato fluya como un río, y es cierto que por momentos estamos ante un film líquido, que hace de lo elusivo una virtud, pero lo que se impone es una rígida fragmentación, como si en vez de una historia estuviéramos ante un rejunte de elementos de distinta procedencia que no hallan vías de concurrencia.

El problema de fondo es precisamente esa infructuosa puesta de distintas piezas, que nunca llegan a encajar entre sí: el drama personal y de pareja no es enriquecido o potenciado por la textualidad teatral de La terquedad, sino empantanado y frenado, como si tuviera que cargar con una mochila para la que no está verdaderamente preparado. No hay suma de partes, sino mecanismos que se restan entre sí, y es por eso que nunca hay empatía con los personajes sino que predomina el distanciamiento. Solo cuando la palabra le cede el protagonismo a los silencios, las miradas y lo que pueden expresar los cuerpos es que La otra pielcobra un mayor interés, ya que desde ese posicionamiento no necesita de una significación extra para transmitir los conflictos que aquejan a los protagonistas, especialmente a una mujer que se ve a sí misma teniendo que escapar de su realidad cotidiana para tomar decisiones realmente propias y que la definan.

Lo que se ve en La otra piel es un laberinto, que encierra a sus protagonistas pero también al film en sí mismo. Si los personajes emprenden viajes exteriores e interiores pero no llegan por completo a encontrar las salidas que necesitan, algo parecido sucede con la película, que quiere salir de la realidad ficcional de origen creando otro tipo de ficción pero vuelve a encontrarse con otro callejón sin salida. A diferencia de unos cuantos cineastas argentinos, no puede decirse que Inés de Oliveira Cézar sea perezosa: podrá repetir métodos básicos, pero siempre como marco de nuevas búsquedas y exploraciones, con la experimentación y el ensayo como normas dominantes. Sin embargo, en La otra piel no hay hallazgos concretos y las ambiciones solo quedan en pretensiones.

Comentarios