La peor semana (The Week-of)
Estados Unidos, 2018, 116′
Dirigida por Robert Smigel
Con Adam Sandler, Chris Rock, Steve Buscemi, Rachel Dratch, Allison Strong, Roland Buck III, Katie Hartman.

El equilibrio

Por Hernán Schell

Si uno visita la página rottentomatoes.com (aquella que reúne la opinión de muchísimos críticos americanos de mayor o menor importancia), va a ver que La peor semana, la última película protagonizada por Adam Sandler, recibe apenas un 22 por ciento de críticas a favor. El resto suele hablar de ella con enorme desprecio, la acusan de perezosa, aburrida, convencional y ser “otra más de Sandler”. En muchos casos de esas notas en contra sin embargo, se le reconoce a Sandler que es un buen actor, pero que está mejor cuando lo dirigen otros que cuando actúa en comedias que, sin estar dirigidas por él, son igualmente DE ÉL. Cualquiera que conoce la filmografía de Sandler sabe de qué hablo. Funny People, Punch Drunk Love o The Meyerowitz Stories son películas en las que Sandler actúa, pero donde hay una fuerte impronta de sus directores. Otras como Happy Gilmore, Billy Madison, Little Nicky o la presente La peor semana son “de Sandler” aún cuando él figure a veces sólo como coguionista o incluso simplemente como actor. Sandler es un caso atípico de actor-autor, como lo fueron Greta Garbo o Los Hermanos Marx, e incluso es posible ver en su filmografía cambios que tienen que ver también con su propio paso del tiempo. El niño grande se empezó a dar cuenta con el correr de las décadas de que su edad le impedía cada vez más hacer papeles como el de Billy Madison, como si ese hombre preadolescente ya no fuera posible en un rostro cada vez más atravesado por las arrugas, incluso cuando estemos ante comedias atravesadas por el absurdo. Así que a partir de un momento, Sandler empezó a hablar de la madurez y el paso del tiempo, a hacer de padre de familia, a entregarse incluso a ciertas situaciones dramáticas. En algunas ocasiones (como en Click por ejemplo), incluso, confundió madurez con sentimentalismo bobo y golpes bajos. En otras, como en No te metas con Zohan, regresó de manera efectiva al humor salvaje de antes, como si el tiempo no hubiera pasado. La peor semana representa al Sandler más interesante de esta última etapa: el que logra ser consciente del paso del tiempo sin abandonar su humor. De hecho, no sólo es la mejor comedia sandleriana de los últimos años, sino que posiblemente sea también una gran película.

La trama es sumamente sencilla. Kenny (Sandler) tiene una hija que va a casarse en unos días con el hijo de un cirujano negro millonario llamado Kirby (Chris Rock). Si bien el acaudalado es este último, Sandler quiere oficiar de padre protector y responsable de su hija y pagar él la fiesta de casamiento en el lugar que él elija. Por supuesto, casi todos los intentos de Kenny por hacer que la boda en cuestión sea algo mágico y  maravilloso se irán por la borda: el hotel en que quiere festejar el casamiento es un desastre de organización y con problemas edilicios, gasta plata en lo que no debe, y ahorra lo que no debería ahorrarse. En medio de esto estará la propia actitud de Kenny de no querer resignar su imagen de padre protector, y un contraste entre la familia más modesta pero finalmente unida y la acaudalada pero separada (y por ende también más infeliz). Sí, claro, hemos visto esto mil veces, y muchas veces de manera horrible. Y es justamente por estas cosas que la crítica americana juzgó a la película de fácilmente olvidable, pero bastaba con mirar con un poco más de atención La peor semana para darse cuenta de que iría para un lado muy distinto al previsto.

Por empezar, La peor semana es una película formalmente menos convencional de lo que suele verse. Sin ir más lejos, la ausencia de música durante casi todo el largometraje -cuando aparece lo hace sin aviso, como en el extraordinario gag de la caza de murciélagos-, la cámara movediza que parece extraída de una película independiente, su rara organización narrativa que hace que los personajes de Sandler y Rock recién se encuentren a los 35 minutos de película, proveen a la película de una sensación anárquica, completamente antitética, si se quiere, a la propia propuesta del lugar común del cuál pareció partir.

Por otro lado, a La peor semana le sobran chistes que no se sabe bien de dónde salen, ya que pasa de manera inmediata del gag más cotidiano y posible al gag venido del humor completamente absurdo, que irrumpe en medio de una comedia costumbrista con una impertinencia brillante. Sí, es cierto, algunos podrán decir que a rasgos generales uno puede saber más o menos qué va a pasar acá; así y todo, en cada escena particular las cosas pueden sorprender, como si las decisiones de forma introdujeran libertad a los lugares comunes. Algunos ejemplos: puede aparecer Sandler vestido de anciana para irrumpir brevemente como la abuela de Kirby, puede irrumpir de pronto un plano detalle a un corazón latiendo en medio de una operación quirúrjica; puede cortarse un momento supuestamente emotivo con dos perros mirando un baile; puede aparecerse un personaje interpretado por el enorme Steve Buscemi dispuesto a desubicarse de las formas más grandes imaginables con una misma expresión de amargura y desinterés. O un tío abuelo sin piernas llamado Seymour -interpretado por un actor con piernas amputadas en serio- al que Kirby debe trasladar muchas veces cargado al hombro por problemas con la silla de ruedas.

El nivel de incorrección de esos gags (que llegan a su mayor esplendor cuando, a partir de una confusión, Kirby aprovecha para hacer pasar a Seymour por un héroe de la Segunda Guerra Mundial)  demuestra que no se trata solo de gags. Es también la recuperación de la salvajada como un modo de atentar contra los lugares comunes. El sistema Sandler supo construir cumbres básicamente a partir de esa coexistencia imposible.

Volvamos a los gags de Seymour para pensar mejor las relaciones entre humor, anarquía y costumbrismo. Más particularmente al que quizás sea uno de los momentos más significativos de la película. Se trata de una escena en la que Kirby habla en el baño lo más seriamente posible con una persona mientras desde un inodoro se escucha al tío Seymour pidiendo toallitas húmedas para limpiarse o haciendo fuerza para defecar.

Leo Gutierrez, compañero de la revista, me observaba que si hubiese sido una película argentina de los 80, ese gag se hubiera extendido de manera desmedida. Es muy posible. También es muy posible que el gag hubiera consistido mucho más en el sonido de las flatulencias que en lo que realmente basa la calidad de ese chiste La peor semana: en la expresión contenida de Kirby, que intenta hablar con la mayor seriedad posible en medio de una circunstancia que remite a todo menos a algo serio. Si lo de Sandler es actoralmente notable en esta escena, es porque puede expresar, mediante un sonrisa  impostada y el detalle de sus manos metidas en los bolsillos como si nada pasara, toda la intención de disimular el carácter más bien asqueroso y disparatado de todo el asunto. En algún punto, los picos actorales de Sandler acá están justamente en esos momentos en los que vemos a Kirby tratando de hacer pasar como normal y sensato algo que no lo es, y varios de los mejores gags (como en esas discusiones a gritos entre Kirby y su esposa que quedan sabiamente fuera de campo), en esos momentos de humor donde intenta contenerse sin éxito una situación desbordante.

Posiblemente, en esos gags están contenidos también una de las cuestiones más importantes de la película: la de un Sandler mismo que, dándose cuenta de su edad, tiene que hacer convivir su madurez con el disparate, la comedia dramática con el absurdo anárquico que lo caracterizó. No es casual que esto pase en una película como esta, que es una que gira en torno a abandonar etapas que se niegan a morir y otras que están naciendo. Dicho así, La peor semana puede verse tanto temática como formalmente como un ejercicio de equilibrio: entre familias de diferentes clases sociales, entre un hombre luchando con sus edades, entre el sentimiento y el humor, y finalmente, entre dos tipos de códigos humorísticos que deben coexistir.
Pienso que esa es una de las razones por las que incluso los momentos emotivos de esta película terminan funcionando, porque en alguna medida no dejan de ser efectivos. Incluso cuando estos puedan basarse en clichés, incluso cuando puedan cortarse abruptamente con algún chiste, se sienten genuinos dentro de un sistema estético y parte de una película inteligente. Algunos lectores de este texto quizás vean esto como un exceso de interpretación y de sobrevaloración de una comedia fallida y menor; en verdad desconozco si es así, quizás, si la película hubiera dicho todo esto, la crítica americana ya se hubiera dado cuenta. Yo, que la pasé muy bien viendo esta película -y a la que le observé muchísimas más ideas que varios largometrajes consagrados y premiados de estos últimos tiempos- no puedo expresar hacia La peor semana más que mis análisis admirados y mi esperanza de que en la despareja carrera de Adam Sandler haya más, muchas más películas así.

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