La Quietud
Argentina, 2018, 117′
Dirigida por Pablo Trapero.
Con Martina Gusman, Bérénice Bejo, Graciela Borges, Edgar Ramírez y Joaquín Furriel.

¡¿Qué carajos?!

Por Hernán Schell

En lo que va del 2018 se estrenaron varias películas argentinas con una producción importante y afán de masividad. A saberse: Las grietas de Jara, Perdida, Animal, Re Loca, El amor menos pensado, El ÁngelMi Obra Maestra y La Quietud. Si sumamos Acusada y El Potro, la película sobre Rodrigo (ambas de inminente estreno) y si tenemos la enorme generosidad de llamar película a ese despropósito que es Bañeros 5, estaríamos hablando de nueve estrenos argentinos que buscaron de alguna manera, con estrellas y una importante inversión atrás, llegar a una cantidad importante de espectadores. Lo que llama la atención es, salvando el caso de Re Loca y (de nuevo, si es que podemos llamarla película) y Bañeros 5, los otros largometrajes están apuntados a un público adulto, ya sea porque tratan temáticas turbias, porque apelan a edades de 40 en adelante, o giran en torno a cuestiones que no interesan tanto ni a los adolescentes ni a los chicos. Es curiosa la situación, y no estoy tan seguro que esto suceda en todos los países. Mientras el cine comercial más masivo (obviamente, hablo de Hollywood) tiene su mayor caudal de entradas apuntando a la adolescencia para abajo, en Argentina, su industria intenta apuntar al espectador de mayor edad, llegando a veces a hacer películas notablemente osadas. La Quietud es quizás el caso más contundente de esto.

Película sobre una familia de clase alta que vive en una estancia llamada, justamente, La Quietud, en una historia donde justamente, todo parece estar revuelto en una serie de intrigas, secretos, furias contenidas, engaños y deseos incestuosos entre dos hermanas. Esto último, dicho sea de paso, no es una interpretación mía; no es ni siquiera una insinuación de la película, más bien se trata de algo que la película manifiesta primero lateralmente en el primer y efusivo encuentro entre las hermanas Mía y Eugenia (Martina Guzman y Berenice Bejó respectivamente), y luego de una manera gráfica cuando estas dos hermanas se masturban al mismo tiempo, en la misma cama, mientras expresan sus fantasías con un hombre al tiempo que se excitan escuchando sus propias voces. No sé cuántas veces el cine argentino industrial se atrevió a mostrar algo parecido. Hay que reconocer que, además, la escena es muy virtuosa. Trapero sabe filmar muy bien las escenas de sexo, no tanto por el erotismo que pueden producir, sino porque es un momento en el cual el sexo expresa algo importante de los personajes. Así es como si en El Bonaerense el sexo era una continuación de la furia, en Carancho, es el único momento de alivio de dos vidas atravesadas por la tensión permanente. En La Quietud, el sexo tiene siempre una característica oscura, casi furiosa, quizás porque en todos los casos expresa un deseo incestuoso no concretado. Así es como uno puede pensar que si Mía es amante del marido de Eugenia, no es sólo por el deseo que le causa el marido de ella, sino también porque en algún punto compartir el novio es una manera de acercar indirectamente sus cuerpos.

Hablo de los cuerpos y el sexo en esta película porque no sólo es lo mejor que tiene sino que francamente es a lo único que puedo encontrarle más o menos un sentido y una coherencia. La Quietud es extraña, extrañísima. Ojo, no me refiero al  extrañamiento que puede proveernos Mullholand Drive (David Lynch, 2000) o alguna excentricidad magistral del Godard de los 60. No, es extrañísima porque está repleta de decisiones narrativas insólitas e injustificables. El ejemplo más claro de esto lo da la película en los últimos cuarenta minutos, acumulando un conflicto atrás de otro con una velocidad y una torpeza que parece paródica, porque tiene diálogos altisonantes y sobreexplicativos (uno de ellos, cuando Eugenia le dice a Mía que no le importa que sea amante de su marido) y porque si no fuese por la dignidad que le da Graciela Borges a su interpretación de Esmeralda, ese personaje no sería muy distinto de cualquier villana sufrida de telenovela de las cinco de la tarde. Pero La Quietud no juega al culebrón.

Hay incluso en esta película algunas situaciones dispersas, que no se sabe bien qué otro fin tienen que una provocación gratuita, como el momento en el cual el personaje de Esmeralda empieza a excitarse escuchando a su hija teniendo sexo, o secretos turbios revelados hacia el final de manera apurada, o una discusión insólitamente violenta por el sólo hecho de que una madre y una hija no se ponen de acuerdo respecto al año de un suceso. Son situaciones que pueden producir rechazo, pero también desconcierto, y hacen que uno se pregunte hasta qué punto no puede haber un humor subterráneo y malicioso dando vueltas en una película que aparenta tantas fallas tan evidentes.

Pienso, en el mejor de los casos, que quizás se trate de una de esas películas que van a tardar en entenderse, una de esas cosas desconcertantes que puede que sean más inteligentes que su propia época. Aunque hoy por hoy, me inclino por el peor de los casos, y es que de alguna manera esta ilusión de que hay algo más sofisticado de lo que realmente esconde tiene que ver con la trayectoria y el virtuosismo técnico de su director. Trapero es, después de todo, el director de Mundo Grúa, de El Bonaerense, de esa película carcelaria sensible que es Leonera, y ese film noir del conurbano que es Carancho, y ese currículum hace que uno vea (o al menos yo lo haga) sus películas con cierto respeto previo. También es verdad que Trapero sabe filmar planos muy atractivos. Pasa al principio de La Quietud, cuando vemos a Mía entrando a la casa de la estancia en un complejo plano secuencia. Cuesta creer que tanta precisión con la cámara en un plano pueda estar en una película con una organización narrativa tan deshilachada. Pero, por alguna razón, esto mismo está pasando en las últimas películas de Pablo Trapero, donde ciertas imágenes virtuosas estaban mezcladas con situaciones que no podían sostenerse, o que caían en escenas que rozaban la bizarreada.

Así es como en El Clan teníamos un plano secuencia perfecto que mezclaba la supuesta normalidad de la familia Puccio a punto de cenar con un secuestrado atado en un baño, metido en una película dueña de una musicalización torpe y que cometía el mal gusto increíble de poner en un montaje paralelo un orgasmo y una ejecución. En tanto Elefante Blanco juntaba sofisticados movimientos de cámara con una torpe organización narrativa, y un insert grosero homenajeando al padre Mujica. Hay algo que está pasando con el cine de Trapero, y es que parece ir por caminos que uno no sabe hasta qué punto son producto de un afán de experimentación o simples decisiones muy erradas. Quizás en algún punto sean las dos cosas. Quizás, en resumidas cuentas, La Quietud no sea otra cosa que una película muy fallida, con vueltas de tuerca innecesarias, trazos gruesos varios y escenas poco creíbles hecha por un realizador que sabe cómo preparar escenas y planos secuencia atractivos. Después de todo, las dos cosas no tienen por qué ser excluyentes, y hay veces en las que ante una situación así, simplemente hay que aplicar esa lógica de aquel buen fraile franciscano que propuso que ante un dilema complicado, muchas veces la solución más probable es la más simple. Así que en nombre de la Navaja de Ockham, declaro en esta humilde crítica que La Quietud es simplemente una película malísima.

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