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Tiempo de lectura: 4 minutosLa torre oscura

Por Federico Karstulovich

The Dark Tower
Estados Unidos, 2017, 95′
Dirigida por Nikolaj Arcel.
Con Idris Elba, Matthew McConaughey, Tom Taylor, Katheryn Winnick, Abbey Lee, Jackie Earle Haley, Fran Kranz, Claudia Kim y Michael Barbieri.

Tonight is what it means to be young (forever’s gonna start tonight)

Para Dani, porque todos necesitamos creer en algo o en alguien alguna vez

  1. Va a sonar elitista, pero quienes nacimos entre mediados de los 70’s y mediados de los 80’s somos los últimos exponentes de una estirpe generacional: hablamos de la última generación que experimentó con un mínimo de conciencia el paso del mundo pre-internet (antes de 1995) al mundo posterior. Pero no sólo eso: la generación que menciono es aquella última que vivió los últimos estertores de las formas más consolidadas de la narración clásica (a manos de los directores del llamado New Hollywood, al menos en gran medida: los Scorsese, Coppola, Spielberg, De Palma, Bogdanovich, Friedkin, Cimino…y por fuera del New Hollywood a Carpenter o a Eastwood) y que incluso formaron parte de un canon que además los premió con cierta popularidad. La relación entre internet y cine clásico en decadencia no es menor: la multiplicación informativa que provee internet nos hizo (nos hace) creer que la experiencia es equivalente a la información. Y por ende la multiplicación de datos suple a la transmisión de experiencias.
  2. Incluso una generación posterior a ellos supo integrar algo de ese mundo en el que la claridad narrativa tampoco le hacía asco a la conciencia sobre los géneros, sobre las formas canónicas de la narración industrial y sobre las posibilidades de que ese cine permita una reflexión desde el estómago mismo de la ballena (es decir: desde el interior del sistema): los Cameron, McTiernan, Verhoeven, Mann o incluso Walter Hill. En sus películas también se evidenciaba la conciencia de un límite para las formas clásicas del relato y para la fe en los géneros populares tal cual y como los conocíamos desde su refundación neoclásica post 70’s.
  3. Pero ese tiempo que fue hermoso (y que justo fundó el imaginario de la infancia de muchos de nosotros, por eso cuando vemos esas tradiciones reivindicadas no sentimos un gesto nostálgico necesariamente, sino un gesto empático con un mundo que está dejando de existir y que nos tiene a los de 30 y algo como últimos testigos directos de esa revolución silenciosa: la de un cine popular, inteligente, reflexivo y con corazón, que sea clásico y moderno a la vez) ya no existe, ya no atraviesa al mainstream actual, ya no es popular sino que es oldie, old fashioned.
  4. Si, esto que viene es Walter Benjamin, es robo a mano armada: que se vaya diezmando la capacidad de narrar (cinematográficamente) la experiencia (cinematográfica) es una pérdida irreparable, precisamente porque habla de la disolución de una de las formas más sofisticadas de la cultura popular a cambio de una experiencia sensible que, cuando apela a revivir aquella experiencia (que una franja etaria experimentó sin cinismo y sin nostalgia) solo puede hacerlo mediante una pose, mediante un gesto de anclaje excesivo (a mi gusto injustamente adjudicado a Stranger things).
  5. Nos estamos quedando sin narradores clásicos, sin narración ajena de cinismo y, en el peor de los casos, sin narración que pueda ser la la vez transparente y reflexiva con su propia naturaleza enunciativa. La sensación es la de un cine que se va. Y uno sabe que para generaciones posteriores toda esta cantinela que les cuento se siente como un discurso reaccionario y conservador. No, no lo es ni busca serlo. En todo caso el intento es dar cuenta de un estado de la cuestión: el fin de la narración clásica también es, en alguna medida, el fin de la inocencia y de la suspensión de la incredulidad.
  6. Y sin suspensión de la incredulidad no hay distancia que nos permita revisar el mundo de los deseos. Y sin deseos (y sin conciencia del carácter formativo de ellos) lo que nos queda son las hienas y la dominación del falso platonismo, que no es otra cosa que el ideologismo que descree de la potencia política de los géneros y de las convenciones del clasicismo: si hay mundo posible (al que podamos criticar o admirar, poco importa) es porque hay quien buscó narrarlo. Y narrar no es dominar, sino constriuir para las generaciones futuras, para que los mitos no terminen en nosotros. Narrar clásicamente, si me preguntan, es un modo de salir de nuestro centro de la experiencia, porque en esa universalidad nuestra experiencia (como espectadores) continua por otros medios. En el desprecio o en el gesto retro no hay continuidad de experiencia sino, en el mejor de los casos, explotación de un nicho.
  7. La torre oscura es hermosa por diversos motivos. No solo porque sus pies encuentran raíces en la gran tradición del cine clásico (la referencia inmediata es Hawks, no el de las películas grupales sino el de las películas de pares), sino porque lo hace con una conciencia que se vincula al mencionado cine de la transición hacia los 90’s: por un lado recuerda a Laberinto (Jim Henson, 1986), por otro a La historia sin fin (William Petersen, 1985) y especialmente a El último gran héroe (John McTiernan, 1993).
  8. LTO es noble, además, porque tiene personajes con carnadura a la vez que personajes unidimensionales. Esto quiere decir que oscila entre la necesidad de construir personajes con una psicología definida (un preadolescente con problemas vinculares y con necesidad de entender el mundo que lo rodea) y una clara confianza en el mito como fuente de los personajes (un malo mítico, unidimensional y un héroe aún más mítico, pero bidimensional y con una presencia como pocas en el cine contemporáneo: Idris Elba)
  9. Pero todo eso no es lo único que hace interesante y hermosa a esta película (que, como en la tradición clásica, está dirigida por un director del montón, un artesano anónimo pero lo suficientemente preparado para que ese mundo exista), sino que, como los mejores exponentes del “cine para niños”(por no decir el barbarismo de “cine infantil”) pone en el centro el dolor, la pérdida, el encuentro con una identidad provisoria y un espacio de reconocimiento. Todas esas ideas prácticamente no existen en el mainstream actual. Y en caso de hacerlo son vistas con algo de desprecio.
  10. LTO no cuenta otra cosa que un hermoso coming of age, no cuenta otra cosa que una familia que no escucha a su hijo y no cuenta otra cosa que la emoción de crecer, de darse cuenta que la gente no va a estar siempre. Pero que siempre aparece gente nueva en el camino, que es la gente que te acompaña. Hace todo eso con el lenguaje de una película de aventuras que a la vez es western. El cine clásico tiene ese poder: son las posadas de descanso y reparo en un camino empedrado. Que se pierda la transmisión de esa experiencia debería preocuparnos más de lo que creemos: quizás también se pierda una sensibilidad que no podamos volver a recuperar.

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