El otro lado de la esperanza (Toivon tuolla puollen)
Finlandia, 2017, 100′
Dirigida por Aki Kaurismäki
Con Sherwan Haji, Sakari Kousmanen, Kati Outinen, Ilkka Koivula

La fórmula de la luz

Por Lucía Ferreyra

Un lugar en el mundo. El mundo es horrible pero hay breves instantes de belleza, de promesa, de sol, por los que vale la pena estar ahí. Sin demasiado elegancia, extravagancia o confort, los personajes de Kaurismäki tratan de ser sobrevivientes de su propio destino amargo. Y acaso esa sea la clave: en el cine del director finlandés todo elemento triste y ridículo es potencial fuente de humor, que no patetismo (siempre juega con ese borde filoso, pero nunca se excede). La precisión con la que se maneja el ingreso de la comedia es casi impensable en una película que toca el tema de los refugiados sirios en Europa. Sí, nos podemos reír mucho. A diferencia de lo que suele ocurrir generalmente, a medida que avanza la trama, las situaciones se van volviendo más complejas, peligrosas o desesperantes pero siempre aparece la comedia del fracaso. A más dolor, más gracia, y se nos permite reír con incomodidad. De repente, sin darnos cuenta, logramos empatía por estos seres sin rumbo.

Espíritus en el mundo material. Khaled tiene menos de treinta años y escapó de la guerra en Aleppo. Wikström más de sesenta y escapó de su casa en Helsinki. Kaurismäki sitúa la historia en la actualidad, claramente, pero no deja de habitar su universo algo quedado en el tiempo. Una Finlandia oscura que ya le pertenece y que nosotros como espectadores conocemos bien: soledad, desempleo, cigarrillos, alcohol y el soundtrack habitual. Acá llega Khaled de casualidad y sólo quiere ser reconocido, burocracia mediante, legalmente como refugiado político, para poder pasar las fronteras con tranquilidad y buscar a su hermana a la que perdió de vista luego del bombardeo que mató al resto de su familia. Desde ese entonces cruza fronteras europeas, viviendo de desventura en desventura.

La música del azar. En el centro de refugiados Khaled conoce a su amigo iraquí Mazdaq, quien será clave en la multiplicación de los cruces. Wikström, por otro lado, decide dejar a su mujer, vender su negocio de camisas y cumplir el sueño de abrir un restaurant. Apuesta todo su dinero en el póquer ilegal y gana suficiente como para hacerse cargo de La Pinta Dorada, donde el plato del día consta de una lata de sardinas con papa hervida. El antro de mala muerte viene con tres marginales más para sumarle a la trama: el cocinero, la mesera y el ayudante. Irrumpe el azar y Khaled termina trabajando en el área de limpieza del restaurant, consiguiendo identificación falsa y viviendo bajo el cuidado de Wikström y sus empleados. “No nos quieren ver. Causamos problemas” dice el joven sirio en la entrevista de la oficina de inmigración, donde se da uno de los momentos más secos pero escalofriantes del relato. En las películas del finlandés más famoso, las personas actúan como pueden ante las situaciones, sin lograr demasiado progreso. Son hombres que quieren cambiar su destino aunque lo tengan marcado.Cada piedra en el camino es peor que la anterior, la frustración silenciosa pero constante.

Luces al atardecer. En medio de la negación del pedido de refugio político, el fracaso comercial del restaurant y las amenazas de grupos neonazis, pueden aparecer momentos hermosos que resaltan con más énfasis por su escasez, ascetismo y calculado timing. La charla de Khaled y Mazdaq sobre la melancolía, la desinteresada ayuda de Wikström para buscar a la hermana, la entrevista con inmigración…pequeños permitidos de calidez en medio de la tormenta. Porque son todas nubes pasajeras. Al final de El otro lado de la esperanza se puede esbozar un rayito de sol, evidencias de vida entre tímidas derrotas, como acostumbra el tono del dueño de casa, un pesimista melancólico llamado Aki.

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