Allá lejos y hace tiempo, en la época en la que varios de los integrantes de Perro Blanco escribíamos en El Amante, usábamos un criterio para las notas que incluían una entrevista y una crítica breve que a su vez se complementaran mutuamente y que se publicaban en dos páginas. Esa clase de notas llevaban el formato cariñoso de La Doble Castagna (Gustavo, integrante histórico de la revista que luego se alejó de la misma). Hoy EA no existe más como revista, pero en PB recordamos ese formato con cariño por eso la llamamos #LaDobleC. En esta caso Marcos Rodriguez habla largo y tendido con el director de Los corroboradores, película que es un ovni y que ha pasado por las salas con menos repercusión de la que merecía. En la entrevista hablan de muchas cosas, pero fundamentalmente de la fabulación, de la creación de mitos y la relación de estos con el espacio, en este caso el espacio de la Ciudad de Buenos Aires, que aquí casi casi adquiere una refundación mítica. Tómense su tiempo, pasen y lean la crítica y la entrevista a su director.


Los Corroboradores
Argentina, 2017, 70′
Dirigida por Luis Bernárdez.C de Copia, C de de Conspiración

Por Marcos Rodriguez

La conspiración, el thriller, marcan el tono de este ¿documental? Lo que se cuenta en Los corroboradoreses una verdad tangible como los edificios que uno puede recorrer, tocar y estudiar en un paseo por la Capital Federal (y, de paso, en los nombres afrancesados de diferentes localidades del conurbano), pero es también una ficción, un gesto que le hace un guiño a un cine regido por parámetros genéricos que la propia película expone con una cierta precariedad: el testimonio a cámara con la cara en sombra, la pared cubierta de fotos e hilos que unen los puntos dispersos y aparentemente inconexos de una trama que se nos irá revelando, los planos de cámaras de seguridad, de una mujer que camina sola en la noche, de un auto negro. La propia película traza las líneas de ese supuesto thriller, pero no termina de tensar sus hilos: lo que le interesa contar no es la historia de una periodista francesa que se ve enredada en una trama que la supera, sino que esa voz, ese personaje funcionan como mecanismo (casi) explícitamente hueco para articular revelaciones y, sobre todo, para contar otra historia: la historia de cómo se hizo Buenos Aires.

En ese doblez es donde entra el juego, porque Los corroboradores no es un documental sobre historia y arquitectura, no porque no cuente la historia y la arquitectura de Buenos Aires, sino porque para hacerlo se propone recurrir a un elemento que, desde la sombra de lo inverificable e infilmable, le da sentido a esa historia y a esa arquitectura. Ese elemento es el mito. El mito no como mentira, el mito no como elemento antropológico a registrar, investigar e interpretar, sino el mito como una de las formas de la verdad. ¿Cómo se filma el mito? Se lo construye.

El cine, que es una de las formas de la mentira, sabe de mitos. Pero el documental, ese territorio al parecer poblado de gente seria, responsable y de visión siempre clara, tiende a escapar del mito como estrategia. Como si la máquina/cine debiera ver siempre más allá. Más allá de la verdad está el mito y quien sale a buscarlo, lo encuentra. El mito, ese manto de cosas que elegimos creer o que nunca podremos probar, puede ofrecer una luz inesperada.

El juego es el primer gran hallazgo de Los corroboradores, una película que se permite contar una historia real y atravesarla de ficciones. El segundo hallazgo, que se despliega en ese campo abierto por el juego, es haberse alejado a la vez del discurso rancio que busca la certificación de afrancesamiento y también del tono didáctico que podría haber venido a explicarnos cómo tenemos que pensar. Si Buenos Aires quiso ser una copia de París, a través del juego de conspiraciones y contra conspiraciones que propone la película, al final resulta que la propia París es una copia de París, que Buenos Aires esconde los originales y que al final todo esto va a ser controlado por China.

Si la copia se vuelve el original y el original pasa a ser una copia, ¿qué significa copiar?

 

Espejos: entrevista a Luis Bernardez, director de Los corroboradores

Por Marcos Rodriguez

 

PB: ¿Cuánto de mentira, cuánto de ficción y cuánto de juego hay en Los corroboradores?

No lo plantearía en términos de mentira, pues toda ficción es mentira. Lo plantearía más en términos de realidad y ficción y del juego que la película propone es el de borrar el límite entre realidad y ficción para trabajar sobre un mito olvidado que, a los porteños, nos configuró. En Los Corroboradores pueden ser verdad o mito. Ficción o realidad. La película le plantea ese juego al espectador que es quien debe responder.

PB: ¿Cuánto tiempo de conspiración, de preparación y de rodaje llevó esta película?

De preparación fueron siete años, de lecturas, investigación, entrevistas, búsqueda de material de archivo, etc. De rodaje, muy poco: seis semanas. Pero de montaje fueron casi tres años interrumpidos por otros trabajos. Entre esas interrupciones, la conspiración se afirmó, creció y aún persiste…

PB: ¿Trabajaron con alguna referencia en mente a la hora de pensar este proyecto?

La referencia somos los porteños y nuestro imaginario. Prefiero no trabajar con referencias pues achata el imaginario de los participantes. Aunque hubo un referente, que fue Cesar Aira. Me encantan sus novelas que empiezan de una manera (o género) y mutan a otro. Los Corroboradores muta en su relato y termina en el lugar menos esperado.

PB: ¿Cómo se acercaron al material de archivo? ¿Fueron a buscar lo que necesitaban? ¿Descubrieron ideas para el proyecto a partir de lo que iba apareciendo? ¿Y/o adaptaron lo que aparecía a lo que necesitaban? ¿Qué tan documentales son las imágenes documentales que vemos? ¿Qué es copia de qué?

Todo eso junto. Hubo una investigación previa para el desarrollo y escritura del guión. Luego, durante la Preproducción, dos archivistas trabajaron consiguiendo los materiales solicitados para el rodaje. Finalmente, durante el montaje otro archivista aportó lo que faltaba y yo personalmente terminé yendo a buscar las imágenes que faltaban para armar las secuencias, ya con un montaje afilado. Pero es esa instancia, ocurrieron sorpresas inesperadas, regalos fortuitos del azar que mejoraron lo que teníamos y sugirieron ideas nuevas, secuencias mejoradas y nuevos caminos que no creíamos posibles pues no estaban las imágenes.

Las imágenes pertenecen, en su mayoría, al Archivo General de la Nación. Casi todo lo que se ve es acervo cultural nuestro. Muy pocas son de otras fuentes. Y las copias que se muestran en la película son copias reales.

PB: ¿Qué te llevó a meterte en el terreno del mito y de la arquitectura?

Creo que con cualquier obra que uno haga, debe intentar aportar al terreno en que esté trabajando, como a la reflexión y la cultura de su país. Me interesaba reflexionar y provocar con mi identidad de porteño. Replantearme concepciones sobre mi clase (la media), trabajar sobre el lenguaje del cine y crear un borde difuso entre lo real y lo verosímil.  Básicamente, trabajar sobre el imaginario de la Generación del ‘80, que nos configuró como nación. La arquitectura es, en cierto punto, un ideal encarnado que nos moldea y nos define como sociedad.

El mito se difumina, desaparece su origen. La arquitectura queda, se nos impone como recuerdo de lo que podríamos haber sido y funciona como recordatorio de lo que debemos ser. ¿Pero eso queremos ser? ¿Una copia?

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