Lady Bird
Estados Unidos, 2017, 94′
Dirigida por Greta Gerwig.
Con Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges y Timothée Chalamet.

Tiempos tempestuosos en Sacramento

Por Rodrigo Martín Seijas

A mi hermana Ximena, la Lady Bird de mi vida

En el 2002, yo tenía una edad similar a la de Lady Bird McPherson y tenía dilemas similares: estaba comenzando mi tránsito universitario (o más bien, el CBC), en un país que se caía a pedazos luego del fin del gobierno presidido por De La Rúa y un mundo que se reconfiguraba violentamente luego de los atentados del 11 de septiembre. Yo no era como la rebelde y extrovertida Lady Bird y de hecho era bastante introvertido y hasta pacato, pero eso no significaba que no chocara con nadie: me llevaba para el orto con mis compañeros del colegio secundario, era un solitario nato (por elección pero también forzado por las circunstancias), pero eso no me bastaba, por lo que a cada rato chocaba con mi padre (que no entendía qué demonios era eso de la crítica de cine y la carrera de Artes) y, por las dudas, de vez en cuando con mi madre, que tenía (y tiene) una capacidad infinita para perdonarme, y claro, con mis hermanos, porque bueno, es muy lógico eso de pelearse con los hermanos. No paraba de mirar películas, me enojaba con semiología (porque no la entendía y la terminaba bochando), me emocionaba y desesperaba con Racing (ser de Racing es un acto de emoción y desesperación en sí mismo), y las mujeres parecían ser un dilema eterno. En esa época, todo se trataba de pelearse, de chocar, de enojarse, de no entender: era monumento móvil al conflicto y hasta me chocaba con todo porque no entendía mi propio cuerpo, que crecía contra mi voluntad.

Yo no era como Lady Bird, pero si hubiera estado en Sacramento y me la cruzaba, habría quedado fascinado con ella, y quizás podríamos haber tenido alguna bella conversación sobre cine, pero la veo difícil, porque ella era arrolladora y yo un tímido de campeonato que hasta la habría eludido para no tener que mirarla cara a cara. Hablo de Lady Bird como si fuera una persona real, tangible, con ese deseo de que sea de carne y hueso, y quizás sea porque está viva, aunque seguro que ya no es la misma persona que era en el 2002, cuando Estados Unidos emprendía una nueva guerra cuasi personal con el mundo y Sacramento resultaba un lugar muy chico para ella. A veces el cine tiene esa magia: construye personajes, seres de luz que parecen salir de la pantalla y hablarnos cara a cara, interpelarnos en nuestra propia existencia e historia.

No recuerdo semejante apología del conflicto como en Lady Bird. La protagonista se pelea con todo y todos, y la película no solo entiende su posición, sino que en un punto la avala. Pero ese aval no es una mera pose ni tampoco una visión cínica sobre el mundo, sino una remarcación de la necesidad de pelearse, de entrar en rebeldía, de chocar con todo y todos, para eventualmente aprender a valorar lo que se tiene en su justa medida, a perdonar y pedir disculpas. Y eso tampoco implica ser esencialmente ser conservadora o conformista, sino entender los cambios propios y ajenos, es decir, alejarse del gesto vacío para comprender el mundo que se habita.

Por eso Greta Gerwig trabaja el tiempo y los espacios que habita Lady Bird de manera fragmentada y caótica, reflejando la conflictividad que caracteriza a esa joven en estado de permanente rebelión. Todo es repentino, súbito, incluso antojadizo: ahí tenemos la escena inicial, donde queda claro que esa pelea de la protagonista con su madre no tiene mucha justificación, pero no es la primera ni será la última. Ambas son espejos de sí mismas, reflejos cuestionadores, pasados, presentes y futuros que las ponen contra las cuerdas. Se repelen pero se necesitan, quieren decirse un montón de cosas pero no llegan a encontrar los modos.

Esa constante conflictividad que atraviesa a Lady Bird se da a partir de su búsqueda de una voz, de una identidad que la defina. Ella no sabe totalmente quién es, no tiene claro qué quiere, hacia dónde ir, de qué forma, con quién. Y lo cierto es que muchas veces, la única forma de saber quién es uno es elegir con quién o qué chocar, poner en crisis discursos, arrojarles piedrazos, hasta crear un lenguaje mínimamente propio. Lo llamativo es cómo Gerwig traslada esa tonalidad a la puesta en escena: en Lady Bird podemos ver elementos del cine de John Hughes, de Richard Linklater, de buena parte del cine adolescente norteamericano, o casos puntuales como Juno (Jason Reitman, 2007). También influencias sorpresivas, como la del cine de Terrence Malick (si, créanlo). Pero la película también escapa a esas referencias y hasta colisiona con ellas. Gerwig, al igual que Lady Bird, manifiesta su cariño por todo un conjunto de imaginarios cinematográficos, pero lo hace desde el conflicto, desde la pelea, desde una dulce y amorosa confrontación.

 

Lady Bird busca, explora, elige, comete errores, llora, ríe, se pelea y se da contra la pared una multitud de veces. Saoirse Ronan (luminosa como nunca) construye a este personaje de a retazos, reflejando el camino impredecible que recorre, en constante correlación con una madre que es aún más terca que ella, que no sabe cómo expresar apropiadamente su afecto, que exagera sus enojos y a la que Laurie Metcalf hilvana con una sinceridad conmovedora. Y la cámara de Gerwig (cuyo debut en la dirección se merece el Oscar, no por ser mujer, como parece dictaminar la corrección política actual, sino porque entregó una película bellísima) la sigue con constancia y devoción, dando su propia pelea. De paso, indaga en el valor del lenguaje, de cómo nos definimos no solo por lo que decimos, sino también por nuestros silencios, por lo que escondemos por puro orgullo y obstinación. Su film es una declaración de amor a los tiempos tumultuosos, a las equivocaciones, a las decisiones con consecuencias, a los amores desproporcionados, a las lágrimas sentidas, al dolor, a las carcajadas y la felicidad, a lo que implica descubrir y sentir el mundo. Y de cómo a veces, al encontrar un punto de coincidencia con el otro, al reconocer los errores propios y perdonar los ajenos, podemos llegar a momentos dulces, perfectos, inolvidables, porque encontramos la mejor versión de nosotros mismos, porque el mundo se hace más grande (metiendo la pata cada ves que sea necesario), pero también se hace grande el corazón.

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