Las grietas de Jara
Argentina, 2017, 100´
Dirigida por Nicolás Gil Laavedra
Con Joaquín Furriel, Soledad Villamil, Oscar Martínez, Laura Novoa, Santiago Segura.

Cabezas parlantes

Por Hernán Schell

Me sucedió algo raro durante el visionado de Las grietas de Jara: la película me recordó a Hitchcock. No, no en el buen sentido. Y es que en el momento en que miraba algunos de sus muchos diálogos no podía dejar de pensar en una escena muy específica de esa obra maestra que es La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954). Se trata de una en la cual su protagonista (un hombre que, recordemos, tiene una pierna enyesada y está dificultado para moverse) empieza a hablar de que lo que él necesita. El protagonista, encarnado por James Stewart, dice que necesita una chica aventurera, que no tema entrar en territorio peligroso. Hitchcock toma este discurso de aires hemingwayanos mientras el protagonista es asistido por su kinesióloga como si fuese un bebe, moviendo su cuerpo de un lado al otro mientras intenta acomodarlo en la silla de ruedas. Hitchcock sabe que esto produce un contrapunto irónico tan elegante como gracioso, pero también sabe que el cine, arte inevitablemente visual, no puede nutrirse sólo de palabras y discursos, que mientras escuchamos un diálogo es interesante también que veamos otra cosa mientras tanto. Si no es algo tan sofisticado como lo que hace Hitchcock en la mencionada escena, al menos que quien conversa haga otra cosa mientras habla: que se mueva de una habitación a la otra, que tome agua, que ponga alguna expresión sutil que muestre algún tipo de sentimiento más allá de sus palabras o que incluso contradiga su propio discurso. Pero nada de eso pasa en Las Grietas de Jara.

Nicolás Gil Laavedra filma a sus personajes como cabezas parlantes, jugando al plano contraplano en estado puro sin que estos hagan otras cosas que hablar y hablar y sin otra idea visual que acercar el plano a la cara cuando el diálogo entra en una fase de mayor tensión. Ese problema es lo que hace que los diálogos suenen ya de por sí más falsos, más acartonados de lo que parecen, porque acá los personajes parecen meros receptores de discursos, y esos discursos ni siquiera parecen particularmente interesantes. Muchas veces son reflexiones rebuscadas, que difícilmente puedan darse en charlas cotidianas, pensamientos acerca de “los de abajo” y “los de arriba”, del poder y la hipocresía, expuestos con un nivel de solemnidad de una película que no puede o quiere darse el lujo de poner un solo chiste (pero ni uno) en sus 100 minutos.

En una escena, por ejemplo, encontramos  al personaje de Joaquín Furriel hablando con su hija acerca de su sexualidad. La hija está confundida respecto a que su madre no entienda que el hecho de que haya besado una chica no la convierte necesariamente en lesbiana. A partir de allí ella empieza a reflexionar acerca de qué es lo que nos define o no sexualmente. Pero lo hace en un lenguaje acartonado, insólitamente artificial, ante la mirada reflexiva de su padre quien, de todos modos y por lo que muestra la película, ya acostumbra a tener con su hija momentos reflexivos en situaciones extrañas e inverosímiles.

Claro que en medio de esto hay otras cosas potencialmente interesantes. Quizás la más notable sea la del personaje de Oscar Martínez interpretando aquí un villano parco, psicópata inquietante que sabe tirar indirectas respecto de su potencial peligrosidad. Pero ese interés termina pronto. Martínez termina muerto en circunstancias doblemente absurdas: primero por una muerte resuelta a las apuradas, segundo porque esa muerte se resuelve a partir de una deducción que hace Joaquín Furriel que no tiene ni pies ni cabeza. Pero como si esto fuera poco, el psicópata personificado por Martínez termina transformándose en un símbolo de otra cosa: el del hombre que le proporciona lecciones de vida post mortem a Furriel, mostrándole lo triste que es su existencia en relación de dependencia.

En medio de todo esto también hay alguna que otra cosa efectista que tampoco viene demasiado al caso: un asesinato imaginado, un coqueteo que termina en una escena de sexo, otra escena bastante ridícula en la que Furriel imagina tener sexo con dos mujeres distintas, y una alusión culta a La Divina Comedia. Mención especial es la que se lleva la música, plagada de “intenciones inquietantes”, que no parece callarse nunca, que insiste y machaca una y otra vez sobre una cantidad innumerable de escenas, desesperada por crear tensión en un largometraje con menos nervio que un trapo rejilla.

A este largometraje, sí, a este largometraje, varios colegas críticos supieron verle virtudes que francamente no puedo comprender. Yo, particularmente, me vi incapacitado de hallar siquiera alguna. Quizás sea excesiva generosidad ajena o mezquindad propia. Vaya uno a saber.

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