Las hijas del fuego
Argentina, 2018, 115′
Dirigida por Albertina Carri.
Con Disturbia Rocío, Mijal Katzowicz, Violeta Valiente, Rana Rzonscinsky, Ivanna Colonna Olsen y Canela M. 

Libertad y placer

Por Fernando E. Juan Lima

Difícil comenzar a escribir sobre una película contradiciendo a su directora. Y no porque mi consideración hacia aquella sea negativa. Muy por el contrario Las hijas del fuego es una hermosa y potente anomalía que viene a dinamitar un sinnúmero de prejuicios, malos entendidos y prácticas que se relacionan no sólo con el cine sino con la vida misma (cómo me cuesta escribir estos dos términos uno a continuación del otro…).

Me explico: Albertina Carri ha dicho y repetido que su última creación se trata de una película pornográfica. Y estimo que esa afirmación puede ser confusa o poco atinente si no se aclara qué es lo que se entiende cuando se habla de “porno”. Porque si atendemos al porno sociológicamente vigente, aquel que constituye una industria tanto como una particular cultura, está claro que Las hijas del fuego difícilmente encuadre en sus parámetros y lineamientos. Sólo en su acepción o idea más restringida (aquella que identifica al porno por la presencia en una película de escenas de sexo explícito -que no la de pene/s erecto/s, que en alguna mirada pareciera delimitar la frontera del softcore o cine erótico-) la personal última obra de Carri podría participar de esa categoría.

Las hijas del fuego es también una road movie, un ensayo que no le teme a experimentar formalmente, con una cámara que es parte de la vida que vemos reflejada en las imágenes. La dimensión política (ineludible en la obra) se completa con su visión en la gran pantalla, a oscuras, en la colectiva comunión de una sala de cine. Aquí las protagonistas son las que llevan la trama, son sujetos, no objetos (tal como sucede con el porno dominante), tienen una presencia, una vida y una sensibilidad que excede a las experiencias y encuentros sexuales. Pero el dato más inquietante y subversivo tiene que ver con el modo en que esos cuerpos ocupan la pantalla, sin remilgos ni tapujos, exhibiendo felizmente el placer del goce sexual. Debo confesar que siempre me sorprendió el lugar común que indicaría que todo hombre se calienta con la representación que del encuentro entre dos o más mujeres ha construido el porno. La estilización de una coreografía entre cuerpos tan supuestamente bellos como inertes y plásticos resulta en un agotador y gélido ejercicio, en una árida construcción deshidratada y mustia.

¿El cine imita la vida o la vida imita al cine? No sé realmente cómo han de ser las relaciones sexuales entre dos o más mujeres (en el caso, por ejemplo, me llamó la atención la omnipresencia de dildos). Por lo demás, ¿existe algo así como una única manera de participar de ellas? Seguramente en todas las felices combinaciones posibles de las distintas práctica haya influido la totalitaria ideología del porno. ¿Nos gusta realmente eso que dicen que debe gustarnos? En todo caso, Las hijas del fuego es más caliente, real, mórbida, húmeda y gozosa que todas las (no pocas) películas en las que se retratan encuentros sexuales entre mujeres que he visto hasta hoy. La sensación de realidad, el placer implícito y explícito en los cuerpos reales, más atentos al goce que a la cámara, generan una inquietante experiencia voyeur. No me refiero necesariamente a la excitación, sino a ese cosquilleo, a ese dulce dejo de incomodidad e intriga que conlleva asomarse a otro mundo, a espiar ese algo que puede ser tan íntimo o público como deseen sus participantes.

En el cine también (como en la vida pública, antes y ahora) las mujeres nos muestran el camino. Alegato sin discursos (por más que Albertina siga prefiriendo la voz en off a los diálogos); política y sexo en acción. Nada más contagioso que la libertad y el placer.

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