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Tiempo de lectura: 2 minutosLas mil y una

Por Federico Karstulovich

Argentina, 2020, 120′
Dirigida por Clarisa Navas
Con Sofia Cabrera, Ana Carolina García, Mauricio Vila, Luis Molina Casanova, Marianela Iglesia, Pilar Rebull Cubells, Facundo Ledesma, Leo Espíndola

Goce y roce

En Las mil y una lo personal es colectivo y político. Pero no por ampliar los modos de representación de las disidencias sexuales (si así fuera no estaríamos sino corriendo el eje hacia la corrección política), sino, precisamente, por la ausencia de énfasis, por la confianza en el cuerpo y en el modo de mirarlo (Navas construye grandes planos en dos niveles: a partir del encuadre reducido, amuchando personajes y con la cámara fija, por un lado; por el otro con planos secuencia con cámara en mano, en perpetuo movimiento). En la película el espacio no es cualquiera sino que resulta estrictamente funcional: un barrio popular de monoblocks en Corrientes que se percibe como una mezcla de hormiguero y laberinto; al mismo tiempo una mirada tierna y no exenta de amor por los personajes pero superponiendo el crecimiento, del desarrollo sexual, las confusiones en el escarceo con la libertad de las prácticas en donde el goce sexual es al mismo tiempo celebrado como señalado por terceros. Lo mas interesante es que Navas nos lleva por un slalom de ritmos y tonos, que logra alterar, cambiar y aprovechar con una libertad envidiable. Hacia el final la decisión es elíptica y poética. Favio ha engendrado prole.

Pero en una segunda mirada nos obligamos a preguntar(nos): lo que narra Navas es nuevo? Es algo distinto de lo que ya conocemos o que hubiéramos visto previamente? La llamada agenda suele condicionarnos y no nos permite tomar distancia y recuperar la mirada sobre el objeto. Y vista con distancia, en una segunda pasada, Las mil y una construye un mundo autónomo, de personajes cuidados, si, pero tampoco revela ese mundo a nosotros. O por lo pronto no lo hace como podía parecer a primera vista. Y es que en el recorrido de las sexualidades disidentes que describe, si bien hay un modo de encarnar una mirada sobre la que el cine argentino no se ha posicionado históricamente, lo que narra en el fondo no es mas que un recorrido de descubrimiento dado por esa sexualidad.

Quizás entonces la politicidad de Las mil y una no esté en aquello que describe y su agenda (la corrección política corriendo a la crítica no mira certeramente si no estamos frente a una reescritura política de algo que ya conocíamos y esa reecritura no está en condiciones de repensar el fondo sino los rituales de representación: la heteronormatividad de muchos coming of age como lugar a revisar) sino en el modo en el que el registro elige mostrar los cuerpos. Ahora bien: en esa materialidad es en donde se recupera el componente que la misma corrección aplana. En ese goce por el roce es en donde la película vive y se recupera de su contemporaneidad. En la recuperación de las pajas, de las cogidas, de las tocadas, de las miradas calentonas es en donde, amén se su universalidad, la película se vuelve una y propia. En ese cine la agenda no se impone, sino que activa una forma política distinta: el cuerpo (disidente o no por sus prácticas) como el gran misterio de lo político en el cine contemporáneo.

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