Las Vegas
Argentina, 2018, 75′
Dirigida por Juan Villegas.
Con Pilar Gamboa, Santiago Gobernori, Valentín Oliva (Wos), Camila Fabbri y Valeria Santa.

Tiempo al tiempo

Por Hernán Schell

No pasan cinco minutos del inicio de Las Vegas y es posible ver ahí varias de las virtudes y atractivos que tendrá la película. Hay una discusión acerca de cuánto es exactamente en tiempo “un rato”, un gag dejado fuera de campo con un bus que recibe un piedrazo de mano de Pilar Gamboa y sobre todo una aceleración narrativa dada por una serie de elipsis bruscas que nos ahorran información para ir directamente a un chiste o a un momento clave de la narración.

Hay mucho en esos primeros minutos. Primero, la prueba irrefutable de que Pilar Gamboa es una de las mejores actrices argentinas, logrando hacer un personaje que podría ser insoportable (una suerte de madre atolondrada, torpe y a veces maliciosa) absolutamente querible. Sospecho que buena parte de esto viene dado por sus inflexiones de voz (fijarse en el gag de “mirame, mirame”, o la charla en la que pasa de un enojo genuino a una amabilidad impostada luego de enfurecerse con un nene de la playa), que muestran una mujer que hace lo que puede para transfomar un carácter cabrón e impulsivo en uno civilizado y maternal.

Segundo, la cuestión de la percepción del tiempo, mencionada primero verbalmente en esa definición del rato pero que se siente durante toda la película. Las Vegas es, después de todo, una película que gira mucho en torno al tiempo: al tiempo pasado, a la juventud que se perdió y que se intenta recuperar, a las confusiones etarias que hacen que adultos actúen como jóvenes y el joven como adulto. Sucede esto con sus protagonistas: Martín, Laura y Pablo. Los dos primeros fueron padres de Pablo hace 18 años y con 18 años, y no mucho después se separaron. Buena parte de la película es un intento consciente o inconsciente por parte de estos personajes por lo que pareciera ser recuperar o acelerar etapas. Así es como Martín, con sus 36 años, se vestirá como un pibe, hará chistes propios de un adolescente y saldrá con una chica mucho más joven. Laura, en tanto, parece tener una energía juvenil que trata de reprimir por todos los medios (aún cuando nunca será más feliz y sincera en la película que cuando se encuentre en un boliche rodeada de adolescentes) y en tanto Pablo parece preocupado no pocas veces por introducir calma y sentido común, y también de paso por una costumbre de otros tiempos, como el escuchar CDs.

En algún punto, Las Vegas es un poco también el proceso de tres personajes por aceptar su propio tiempo, tanto el que tienen por delante como el que pasó, y tratar de construir algo con eso.  Es un proceso al fin y al cabo sobre el que giran históricamente muchas comedias románticas, que es el de la maduración y aceptación tanto de la propia edad como de los sentimientos personales. Creo incluso que la película de Villegas da cuenta en este sentido de uno de los aspectos más generosos de las mejores comedias románticas: la de mostrar personajes cuyos errores e incluso horrores pueden ser vistos como parte de un proceso necesario de crecimiento y cambio, y que cualquier juicio moral sobre ellos sería una actitud errada.

De todos modos, de todos los tiempos más interesantes que tiene la película de Villegas quizás sea el del propio relato. Al principio de esta nota se mencionaron las elipsis, y es probable que en este hecho esté una de las curiosidades más interesantes de Las Vegas: en la forma en la que salta en el tiempo dándonos sólo la información que necesita para contarnos la historia de sus protagonistas. Las Vegas va rápido, muy rápido. Se permite sintetizar en una escena sola tanto rupturas como reconciliaciones, y le basta un solo momento intimista con Martín hablándole a Pablo de su madre para que el intento de Martín por madurar y el acercamiento de un padre a un hijo suene convincente.

Es una velocidad y espíritu de síntesis narrativo que recuerda no tanto a las comedias románticas contemporáneas sino a las de Hawks o McCarey de la década del 40. Incluso Las Vegas propone, como las películas de esa época, a la relación sexual como un elemento finalmente clave para la maduración final del personaje. Lo hace incluso de manera muy sutil, apelando a un paralelo del debut sexual de Pablo, con la vuelta de Martín y Laura a tener relaciones sexuales (que por otro lado le recuerda a Martín su debut sexual hace 18 años). Si en el primer caso será la aceptación de su condición adolescente, en el segundo será la formación de una pareja que en un tiempo fue irresponsable y que ahora debe de volver a armarse.

Son todas formas de recuperación de ciertos códigos en desuso, que puestos en una película contemporánea terminan pareciendo extrañamente modernos . Por eso quizás también una de las cosas más curiosas que tiene Las Vegas en el contexto del cine argentino hoy, es que su espíritu clasicista, su amor por un género tantas veces ninguneado pero al mismo tiempo tan habitual, se sienta como un acto curiosamente transgresor en el cine actual. También hay otro momento clave, que en algún punto también recuerda a un cine de otras épocas. Se trata del instante en el cual dos personajes empiezan a enumerar datos turísticos de Villa Gesell y Villegas termina construyendo con ello un gag donde la trivia sobre la ciudad que se está filmando termina transformándose en un enfrentamiento verbal que asciende a escalas cada vez mayores. Es una escena que recuerda, al menos en su espíritu, a aquella de Pizza, Birra, Faso en la cual los directores Stagnaro y Caetano hacían que el Obelisco porteño fuera un espacio lúdico para que sus personajes transgredieran la ley. Apropiarse de un espacio local de manera creativa para volverlo propio, tomar influencias foráneas en películas que se sienten absolutamente argentinas, era uno de los elementos más fascinantes que supo tener en algún momento el Nuevo Cine Argentino y que los años fueron haciendo cada vez más infrecuente. Las Vegas no sólo es la recuperación de un clasicismo americano sino de un rasgo de modernidad argentina que se estaba extrañando. Que hoy estos dos aspectos se sientan tan frescos y hasta renovadores tiene que ver quizás también con estos tiempos, pero también con una verdad en el mundo del cine en particular y el arte en general, que dice que a veces para sorprendernos con algo nuevo, hay que saber cómo resignificar pasos ya dados.

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