Lazzaro felice
Italia, 2018, 125′
Dirigida por Alice Rohrwacher
Con Alba Rohrwacher, Adriano Tardiolo, Agnese Graziani, Luca Chikovani, Sergi López, Natalino Balasso, Tommaso Ragno, Nicoletta Braschi, Leonardo Nigro

Santa tierra

Por Marcos Rodriguez

La música lo sigue. La Iglesia, no. Y aun así Lazzaro es evidentemente un santo. La película lo dice con sus primeros planos, con su mirada, con un milagro, pero también de forma explícita con una leyenda contada en off sobre un santo y un lobo. Lazzaro es un santo con algunas limitaciones. Sin institución y sin Dios. Un santo no como lo podría haber concebido Rossellini, o siquiera Pasolini. Un santo laico, y aun así problemático y bello. Un santo casi linyera que vive al lado de las vías, un santo que muere por intentar recuperar los derechos de propiedad de la antigua aristocracia.

Lazzaro es feliz. Lo dice el título. Su felicidad parece surgir de un vacío. Ausencia de ego. Falta de pretensiones. Falta de capacidad de comprensión. Carencia de amor. Lazzaro es feliz porque porta la santidad consigo. La santidad no se puede soportar: quema al que la toca. Pero Lazzaro es un santo amable, en la medida en que es un santo autocontenido: encarna la Gracia, pero no recuerda un orden trascendente. Lazzaro, más que un enviado de Dios, parece un enviado de la tierra: es tosco, de espaldas anchas, como una mula sonriente siempre dispuesta a dar una mano, incluso a quien está robando. Su presencia despierta dolor pero solo porque el milagro lo ha preservado del paso del tiempo: sigue siendo el mismo cuando todos los demás envejecieron. Su cara parece salida del recuerdo y trae al presente un pasado que no era necesariamente mejor: esclavitud en pleno siglo XX, feudalismo con teléfonos celulares.

Gran parte de la gracia que logra despertar Lazzaro felice viene de la gracia con la que Rohrwacher filma la primera mitad de su película: el ritmo cansino, el sol aplastante, los colores secos del campo. Lo habíamos visto en Las maravillas, acá está otra vez. Ese encanto que flota en el aire está reforzado por un aire extrañado: vemos a los campesinos, siervos de la Marquesa, comportarse como si estuviéramos en el siglo XVII, pero su ropa es contemporánea y cada tanto aparecen aparatos modernos que no cuadran. Todo va a tener una explicación (y, al parecer, bases reales) pero durante un buen trecho eso no importa: vemos lo que vemos sin terminar de entender, entregados a las vidas de esa familia de campesinos que viven todos en un único galpón, compartiendo una lamparita que pasa de lámpara en lámpara, y cantando canciones tradicionales. La explotación a que están sujetos es explícita. También, las intenciones de Rohrwacher: su protagonista Lazzaro (el que se levanta y anda) traba amistad con el hijo de la Marquesa, llamado Tancredi. No sé en Italia, pero en la tierra de la cinefilia ese nombre corresponde a un personaje solo: el que interpreta Alain Delon en El gatopardo, otra fábula de aristocracia en descomposición. Tancredi, un malcriado y bastante garca, dice querer luchar contra las Marquesas del mundo, y le dona a su “medio hermano” un arma simbólica, que él no ha de perder nunca y que marcará, de una forma un tanto ingenua, su final.

Para cuando la película entra en su segunda mitad, esa llena de mugre, de comentario social y de colores grises, el espectador ya está inundado de aquel aire campestre. Aquel aire campestre flota dentro de Lazzaro: su presencia le recuerda a los personajes quiénes eran, despierta algo así como una inocencia perdida. Lazzaro trae también consigo el olor de la tierra trabajada: es quien volverá a enseñarles a cosechar lo que tienen a su alcance: hierbas, zanahorias silvestres, papas. Un alimento que tenían ahí al lado, y que los ex campesinos se niegan rotundamente a cosechar. Hacia el final, antes del sacrificio, cuando se produce el milagro de la música (¡qué hermoso momento ese en el que las teclas del órgano no suenan!) y el Espíritu Santo Laico desciende sobre los desclasados, se abre un pequeño posible sendero de esperanza cuando el más joven entre ellos de pronto postula una idea: ¿y si nos volvemos todos al campo? Por lo que vimos, esas tierras están abandonadas. Los que alguna vez las explotaron y fueron explotados, los abandonados de todos, los pobres pueden volver a ocupar esas tierras y vivir una vida dura pero justa. Esa es la promesa.

Lo que tiene de progresismo blando Lazzaro felice lo compensa con su encanto, mucho más concreto que ciertas ideas casi reaccionarias que maneja. Lo que su santidad tiene de ingenua lo compensa con la convicción hermosa con la que filma lo que filma sin dobleces, sin sutilezas y sin vergüenza.

Comentarios