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Let him go

Por Federico Karstulovich

EE.UU., 2020, 114′
Dirigida por Thomas Bezucha
Con Kevin Costner, Diane Lane, Jeffrey Donovan, Booboo Stewart, Lesley Manville, Kayli Carter, Will Brittain, Bradley Stryker, Greg Lawson, Ryan Northcott, Aidan Moreno, Ryan Bruce, Caillou Pettis, Adam Stafford, Tayden Marks, Amber Shaun, Connor Mackay, Misty Kay, Will Hochman, Bram Hornung, Otto Hornung

La luz que se apaga

A mi vieja y a Mario, que también es mi padre.

“Las obras maestras son los padres” dice un antiguo dicho cinéfilo que se pretende contestatario. “Y a los padres, simbólicamente, hay que matarlos para poder crecer ” remata la frase que mezcla cinefilia combativa con psicoanálisis de primer año. “El cine clásico son los padres” bien podría rezar la otra variante. “Al cine clásico hay que superarlo, matarlo simbólicamente, para poder crecer y crear” podría decir un proclama moderno-vanguardista de esas que desprecian las tradiciones (en vez de aprender de ellas).

Pero cuando las vanguardias, cuando la pretensión de ruptura, cuando la proclama de resistencia supone el reconocimiento canonizante de lo que alguna vez fue nuevo, no resulta cuando menos más estimulante volver al pasado y dialogar con los padres, con el canon y con lo que alguna vez fue? Porque al final de cuentas el canon y el poder de turno no son unidades inamovibles, compartimentos estancos. Más bien lo contrario: lo que hoy es nuevo en algún momento envejecerá. Y lo que ayer fue viejo quizás retorne mañana con una furia rejuvenecida.

Lo cierto es que los padres siempre retornan (no necesariamente los reales: algunos de ellos brillan por su ausencia), pero con formas misteriosas, a conjurar un grupo de principios, de ideas, de climas, de texturas y emociones. Pero no lo hacen en forma física. Al menos no necesariamente. Lo hacen más bien en forma de canciones, en forma de películas, de libros, de pinturas. Vuelven por medio de invocaciones, como remolinos de viento. Por eso cuando los padres retornan, es bueno escucharlos. No porque les confiemos nuestra existencia (tampoco porque se la debamos), no porque acordemos con lo que nos dicen. En todo caso debemos confiar cuando los padres se manifiestan por otros medios, como si algo de su existencia nos hablara y reverberara en nuestro propio cuerpo, a través de nuestros órganos. Para mi esa paternidad que me retorna a mis abuelos está en el cine de Eastwood (a quien mis abuelos seguramente denostaban: poco importa si compartimos gustos, sino qué herramientas encontramos para convocar a quienes nos preceden). Pero el cine clásico es otra clase de paternidad. Expresa una forma de cuidado que cumple otra clase de funciones.

Recuerdo algunos años atrás, casi una década, pero también incluso todavía más atrás, al cine clásico cuidando mis noches de angustia, mis noches sin trabajo, mis noches sin casa o noches de agobio laboral, allá por el turbulento 2002. Siempre el cine clásico estuvo ahí. El clasicismo es eso: una posibilidad de mundo, un modo de habitarlo con una ética precisa. Por eso cuando huelo clasicismo me entrego a los padres, me entrego al cuidado. Algo de eso me pasó cuando di con la extraordinaria Let him go (que comenzó a circular silenciosamente a finales de enero de 2021, pero que recién a finales de abril adquirió un cierto estado público), con sus personajes capaces de entregarse al cuidado mutuo con una sabiduría casi ausente en nuestra contemporaneidad.

La película, como ya se ha dicho una y mil veces, es un western trasladado de tiempo: tiene a personajes con una mirada de mundo que remite al centenario género, construye una narrativa que bordea con el melodrama familiar, pero a la vez un código de violencia que nada tiene que envidiarle al llamado cine criminal de los 40s. De hecho la historia que narra es simple, directa: una muerte, un nieto criado a la distancia de sus abuelos, la de una búsqueda y la de un rescate con consecuencias inesperadas. Si: la matriz es fordiana y algo más. Pero tiene en su centro a personajes tan queribles (lo de Costner es de otro planeta: la tradición de Wayne a Eastwood está presente en esa humanidad; lo de Diane Lane, con su parquedad pero a la vez firmeza supone la recuperación de las heroínas duras del western de los 50s), una cosmovisión compleja, ausente de simplificaciones (está bien lo que hacen esos abuelos al intentar secuestrar a su nieto…porque está siendo criado por la otra parte de la familia, que es en esencia violenta?) pero, ante todo, su centro está formado por una ética (que también es estética: la composición de planos fijos y la confianza en el montaje invisible son también un modo de enfundarnos en el poncho paternal que nos provee el imaginario audiovisual que propone Let him go), que logra que confiemos y apoyemos las iniciativas de los personajes, incluso cuando las mismas sean polémicas.

En su recorrido multigenérico ausente de explotación retro, la magia que concibe Let him go reside en la sabiduría de recalar en las formas del lenguaje de los padres, esos que con el tiempo se comportan como una luz que se apaga. Pero que cada tanto, oscuridad de por medio, brillan para dejar entrever la posibilidad de un camino hacia algún lado imprevisible.

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