Liberami
Italia – Francia, 2016, 89′
Dirigida por Federica Di Giacomo

El vacío 
(*)

Por Fernando Luis Pujato

El exorcismo en la teología católica se basa en algunos textos evangélicos donde se narran las expulsiones de demonios que realizó Jesús, como la practicada con los endemoniados de Gadara, por ejemplo (Mt. 8:28-34). El primer libro con fórmulas de exorcismo es el StatuaEcclesiæLatinæ a fines del año 500. Si usted no puede creer un poco en lo que se ve en la pantalla, no vale la pena perder el tiempo en el cine.
                                                                                                                                                                                                            Serge Daney

Todos los martes, religiosamente, un grupo de personas más o menos numeroso, algunas de ellas más o menos reconocibles a medida que el film avanza, se reúnen en una iglesia en Sicilia, en el mismo país donde se encuentra el centro neurálgico del cristianismo -lo cual quiere decir bastante más que en un lugar cualquiera de este bendito planeta- para asistir a la misa de liberación del padre Cataldo, el inoxidable sacerdote que ronda los ochenta años, se viste como un eremita y, a juzgar por los muebles de su cocina anclados al menos en los años 40, vive como tal. Pero la admisión no es tan sencilla como podría ser la de un Domingo de Ramos o la de un día de semana cualquiera pues no sólo existe un perímetro geográfico mediante el cual se demarcan las diócesis limitando de esta manera el número de participantes sino también hay que anotarse con bastante antelación para acceder a una entrevista con el padre Cataldo quien es, in extremis, el que decide si la persona en cuestión, acompañada a veces por sus familiares y amigos, podrá o no escuchar su letanía contra Satanás en un pequeño recinto repleto de bancos y sillas de todo tipo. El resultado: un desorden que no pasa a mayores salvo algún que otro grito de protesta, alguna que otra recriminación, y alguna que otra paciente resignación, por parte de aquellos a los que no se les permite la entrada o los que deben esperar una audiencia las más de las veces postergada o los que son recibidos en una especie de confesionario ampliado para analizar si su situación amerita recibir esta suerte de “dirección de la cura” anclada en el catolicismo.

Luego de este prólogo situacional un tanto caótico el film se cierra sobre la ceremonia donde algunos de los asistentes conforme la oración de Cataldo, pronunciada desde una mesa de madera que hace las veces de púlpito, sube de tono y el agua bendita salpica por doquier, empiezan a comportarse de manera un tanto extraña pronunciando palabras inteligibles o cambiando el tono de voz y ese tipo de cosas que ya hemos visto hace un tiempo en El exorcista (William Friedkin, 1973) aunque sin alcanzar la transfiguración de Linda Blair, por supuesto. Conformado por planos de seguimiento con una cámara inmiscuyéndose entre los diferentes grupos que intentan ayudar como pueden a los poseídos y por un par de planos fijos de los sacerdotes auxiliares intentando (también) expulsar algún espíritu maligno -pues hay varias clases dependiendo de la patología del individuo en cuestión- los rezos, el agua y la contención de amigos y familiares parecen surtir efecto y la histeria colectiva se va apaciguando. La secuencia culmina donde empezó, en el afuera, en la puerta de la iglesia, donde, seguramente, Cataldo y sus fieles seguidores volverán a encontrarse la semana siguiente.

Uno puede oponerse a los rituales exorcistas desde su fe, ya sea ésta cristiana, musulmana, hinduista y demás, o dejar las cosas como están y que cada quien se las arregle de acuerdo a los dictados de su religión. Así como también uno puede rechazar tajantemente, ya sea ateo o agnóstico o ambas cosas a la vez, esta praxis por inconducente, retrógrada y toda la serie de adjetivos que bien podrían venir al caso. Y finalmente, desde cualquier lugar donde uno se ubique, uno puede pensar que este uso con al menos unos dos mil años de antigüedad es, hoy más que nunca, un recurso del cual se vale la iglesia católica para no continuar perdiendo fieles a manos de otras iglesias y credos. Pero todas estas posibles impugnaciones -así como también el cómodo laissez faire, laissez passer– no tienen demasiada razón de ser porque, contrariamente a lo que podría sugerir su inicio, este film de peregrinos y peregrinajes no es un tratado acerca de los exorcismos, si éstos pueden ser eficaces y en qué medida lo son; no hay hipótesis por demostrar o simbologías por descifrar ni mucho menos la utilización de metáforas para describir mediante analogías aquello que las imágenes vehiculan por sí mismas.

Lo que en realidad muestra Liberami es la indefensión. No es otra cosa lo que vemos en los primeros planos del rostro grave de una adolescente mientras (no) escucha las quejas de su padre para con su conducta o en el plano cerrado de un joven entrando a una oscura discoteca para comprar cocaína y luego tomarse un par de pases en el descanso de una escalera o en el plano abierto de una mujer atravesando la empedrada calle desierta en medio de la bruma para dirigirse hacia algún lugar que desconocemos. Todas estas frágiles criaturas inmersas en un sistema social -por lo tanto familiar, por lo tanto individual- en el cual no tienen cabida han pasado por instancias tan disímiles como pueden serlo variopintos grupos de ayuda e instituciones de contención, psiquiatras y psicoanalistas, médicos holísticos y gurúes new age, procurando reconciliarse con sus afectos y con ellos mismos, lo que supondría encajar, nuevamente o quizá de una buena vez, en el mundo que les ha tocado vivir; han pasado vanamente, claro está. Sabemos muy poco (casi nada) acerca del pasado de estos tres personajes y sabemos algo acerca de su doloroso presente pero nada sabremos acerca de su futuro. Tan solo tenemos la certeza de que ahora se encuentran aquí, frente a nosotros, adentrándose, literalmente, en otro mundo para intentar sobrevivir.

El barquero de esta incierta travesía es un cura que semeja al padre Pietro de Roma, ciudad abierta (1945) del paternoster del neorrealismo italiano, Roberto Rossellini. Aunque nadie muere en Liberami, de Federica Di Giacomo. Un film acerca de la soledad, también.

(*) Publicada sin nombre como cobertura PostBafici 2017 en Perro Blanco, junio 2017

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