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Lightyear

Por Rodrigo Martín Seijas

EE.UU., 2022, 100′
Dirigida por Angus MacLane
Con voces de Chris Evans, Keke Palmer, Peter Sohn, Taika Waititi, Dale Soules, James Brolin, Uzo Aduba, Mary McDonald-Lewis, Isiah Whitlock Jr., Efren Ramirez y Keira Hairston

El hombre fuera del tiempo

No es dificultoso analizar a Lightyear partiendo desde la concepción de que es un film de segundo orden dentro de la vasta y rica filmografía de Pixar. Más aún si se tiene en cuenta que hay bastante de cierto en esa afirmación: no estamos a una cumbre del estudio que nos dio maravillas como Ratatouille, Buscando a Nemo o Coco, por nombrar solo algunas. Sin embargo, la película de Angus MacLane es un poco engañosa y, tras su apariencia esquemática, esconde unas cuantas capas de sentido que la hacen trascender su carácter de spinoff de la saga de Toy Story.

Esa ambigüedad ya aparece con el pequeño texto introductorio que aparece antes del arranque, que nos indica que vamos a ver la película favorita de Andy, el dueño de Woody y Buzz. Eso que podría parecer anecdótico o una mera apelación a la nostalgia es también una toma de posición. Al fin y al cabo, los realizadores nos están señalando cuál es el tipo de cine que puede cautivar a un niño, qué dispara su imaginación y empatía. Y lo que vemos es un film que, dentro de su esquema aventurero, no deja de ser un relato plagado de rugosidades y amarguras, de nociones sobre temas complejos como el paso del tiempo, la muerte y la pérdida. Ya desde el vamos, la gente de Pixar nos dice que sería un error subestimar al público infantil y que ellos no lo van a hacer.

En Lightyear los interrogantes existenciales comienzan con el mismo carácter de la misión, que progresivamente irá cuestionando las convicciones del protagonista. Todo comienza con una exploración aparentemente rutinaria en la que todo saldrá mal y que dejará a Buzz (voz de Chris Evans) y la extensa tripulación que lo acompaña en su nave espacial varados en un planeta donde todo es hostil. Eso llevará a que, con la ayuda de su compañera, Alisha Hawthorne (voz Uzo Aduba), deba hacer múltiples viajes con el objetivo de perfeccionar una nueva tecnología de hipervelocidad que les permita salir de allí. Claro que esa aventura estará plagada de obstáculos y repercusiones temporales que alterarán la percepción temporal de Buzz y lo colocarán en una especie de no-lugar, tanto espacial como temporal, a la vez que pondrán en crisis su autoestima, ya que su personalidad no suele admitir errores y aquí se encontrará de manera permanente con fallas que no puede corregir.

Si la premisa plantea un cierto grado de complejidad, Lightyear es capaz de resumir buena parte de los dilemas que afronta el protagonista con una secuencia de montaje tan inteligente como desoladora, en un tramo que acerca a la película a esa obra maestra que es Up. Es un tramo que nos recuerda que Pixar suele tener al paso del tiempo como un eje de constante interés y cómo es capaz de retorcer géneros y subgéneros para repensar tópicos y estéticas. Y lo hace para transformar ese abismo que es el espacio exterior y la incidencia a veces siniestra de los avances tecnológicos en síntomas de la soledad personal -potenciadas por un héroe que choca una y otra vez contra el fracaso, y que ve el éxito como una posibilidad cada vez más improbable-, pero sin caer en las solemnidades típicas en las que han caído otros exponentes.

De ahí que, a pesar de que nunca deja de ser una aventura sumamente dinámica donde conviven primero lo individual y luego lo grupal, Lightyear es, en el fondo, un drama cargado de amargura, donde es decisiva la consciencia sobre lo que se pierda y se gana con cada decisión tomada. Eso explica asimismo que el antagonista que surge de forma sorpresiva en la segunda mitad es el típico villano de Pixar que no puede asumir la pérdida propia y quiere llevarse puesta la realidad a partir de sus deseos egoístas, interpelando las propias motivaciones del personaje principal: de hecho, es, en cierto modo, una reversión del Oloroso Pete y el Oso Lotso, de Toy Story 2 y 3, respectivamente.

Se podrá cuestionar que Lightyear no presenta el esplendor visual o la solidez en la narración de otras obras de Pixar. También que la sutileza que maneja en la secuencia de montaje previamente mencionada no llega a consolidarse del todo en el resto de la historia, que en ocasiones abusa de un tono algo sentencioso. Pero, en contraposición, el film ratifica la enorme capacidad del estudio para construir personajes inolvidables -el gato SOX es sublime en su gestualidad y acotaciones-, además de ideas puntuales que no son simplemente chispazos de creatividad, sino declaraciones de principios. Por ejemplo, lo del sándwich con el pan en el medio: Lightyear nos dice que no hay narraciones por inventar, pero que la imaginación estética y formal puede accionar como puente para sentir que estamos ante algo nuevo y estimulante, algo que nos transporta a otros universos sin dejar de dialogar con nuestras propias experiencias. En eso, una vez más, Pixar vuelve a marcar la diferencia.

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