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Tiempo de lectura: 3 minutosLina de Lima

Luciano Salgado

Lina de Lima 
Chile, 2019, 83′
Dirigida por María Paz González
Con Magaly Solier, Emilia Ossandón, Javiera Contador

El mundo inmaterial

Por Luciano Salgado

El cine latinoamericano construyó un desencuentro pronunciado y estable durante años con respecto al cine musical. Pero esa separación (que en el período de estudios supo dar cuenta de un matrimonio feliz y promiscuo entre los géneros y el cine popular), de a poco comenzó a cerrarse, ya no por las vías del mainstream latinoamericano, sino por medio de un cine que de a poco comenzó a re-vincularse con los géneros, que es el cine que habitualmente vemos en festivales. Y es que la absurda divisoria entre cine arte vs cine industrial no solo es estéril, sino que nos ha habituado a demandarle a ciertos cines la necesidad de respetar determinadas coordenadas mientras que los únicos que terminábamos perdiendo éramos los espectadores.

Si el cine de géneros pervive hoy con mayor vida (o para decirlo mejor, con ideas mas eficientes) en el marco del cine de festivales quizás no sea porque uno u otro cine de los lados de la grieta sea el poseedor de una imposible llave mágica. En todo caso también debemos pensar que el público es menos una unidad estable y previsible a una multiplicidad siempre dispuesta a ser convocada y seducida con las armas que se tengan a mano. Y como la construcción de públicos es también una cuestión de ghettos de consumo, nuestro presente líquido no hace otra cosa sino ofrecernos las condiciones como para que demos testimonio de esos diálogos, desplazamientos, superposiciones territoriales y de público, donde todos compitan con todos. O en donde en todo caso la multiplicación de micromundos de consumo nos permita llegar a un utópico universo de consumos en donde la segmentación sea tan fuerte y extraordinaria que todos podamos reconocer un producto para cada uno de nosotros.

En esa dirección líquida de consumos y acontecimientos culturales, Lina de Lima construye un mundo en el que confluyen el interés de un retrato de clases con el proceso de liberación y auto-reconocimiento de una mujer con el musical como vía de liberación con las variaciones de cierto cine contemporáneo fascinado con la construcción de expectativas quebradas. Pero, a decir verdad, la claridad conceptual de la película es justamente la que la habilita a surfear por distintas superficies sin perderse en ninguna, como si en alguna medida tuviera muy claro como abordar cada uno de los universos que se propone recorrer, pero al mismo tiempo nos provee una sensación acaso tímida: casi nada de lo que la película cuenta decide avanzar mas allá de las posibilidades iniciales, como si en alguna medida la película estuviera cuidándose de los excesos justamente ahí donde el mismo film demanda materialidad: el sexo no tiene peso corporal, el musical responde a segmentos separados que no penetran en la realidad del personaje, los problemas que afronta nunca se convierten en problemas graves, el proceso de liberación y autodescubrimiento parece estar signado por la timidez.

La historia de una mujer que trabaja como empleada de una familia en Santiago de Chile, pero que debe volver a Perú para las navidades (aunque nadie parece echarla de menos ni extrañarla demasiado), que en el camino de la planificación de su viaje se reencuentra con una sexualidad activa, en una casa que debe cuidar pero que no es suya y llevando adelante una vida de privaciones económicas intermediadas por números musicales que funcionan como vía de escape a la vida rutinaria parece encontrar en todas las decisiones narrativas elegidas por María Paz González un instrumento adecuado para la repreentación. Ahora bien: ¿por qué andar adecuándose, midiéndose, administrándolo todo?

Nada de lo que narra Lina de Lima parece incorrecto, ni parece ser un proceso de elecciones inadecuadas. Pero es justamente su carácter apolíneo, su administración emocional la que vincula extrañamente a la película con los tonos con los que coquetea. Uno bien podría preguntarse: ¿ese tono, ese acercamiento, puede ser, entonces, acaso, otra de las maneras de acercarse a los géneros desde este presente cínico y descreído de la potencia que supone la construcción moral de esos mundos que los géneros nos proporcionan? La película no exuda cinismo ni muestra nada que se parezca a un gesto de desprecio. Mas bien lo contrario: percibimos en ella una piedad por sus personajes que se agradece. Pero es entonces, quizás, la sustracción del placer, del exceso, del gasto, de la recuperación cinematográfica de lo material la que indique la pertenencia de Lina de Lima a un presente desesperado, bonito, elegante, pero también incoloro, inodoro e insípido.

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