Los extraños: Cacería nocturna (The Strangers: Prey at Night)
Estados Unidos, 2018, 85′
Dirigida por Johannes Roberts.
Con Christina Hendricks, Bailee Madison, Martin Henderson, Lewis Pullman, Leah Roberts, Emma Bellomy, Damian Maffei, Lea Enslin y Preston Sadleir.

Las secuelas, los efectos

Por Ignacio Balbuena

Recuerdo haber disfrutado Los Extraños en su momento, o al menos su primera mitad, que lograba generar una tensión casi insoportable a partir de un buen uso de la composición, el encuadre, el diseño de sonido. Recuerdo un plano general con Liv Tyle en el borde del cuadro, y un asesino enmascarado en el extremo opuesto, apenas visible. La seguridad de la casa se deshacía en una amenaza inminente, el plano abierto resultaba claustrofóbico. Un recurso común para el género quizás, pero mayormente utilizado en espacios abiertos. Aca Bryan Bertino, el director, lo llevaba al interior de una casa, demostrando un manejo del espacio inteligente, sobre todo en una época caracterizada por el terror más bien orientado al torture porn de El Juego del Miedo.

Hacia el final caía en lugares convencionales, y pasaba de lo atmosférico a un costado más visceral y sangriento que anulaba un poco la potencia de las primeras escenas. Había suficientes elementos para conservar un buen recuerdo de la película, y los puntos altos me hicieron pensar que tal vez Bertino podría tener eventualmente una gran película de terror bajo su manga. Hace poco volvió con The Monster, una película de terror old-school que mezclaba una gran performance dramática de Zoe Kazan con una premisa simple: madre e hija en una relación conflictiva, solas en la ruta enfrentando a un monstruo. Allí volvía a pasar lo mismo, había momentos altos, y Bertino seguía demostrando una artesanía sólida para construir escenas de suspenso, terror y violencia, pero tampoco la suficiente para hacer algo extraordinario. No perdí la fe y por eso tenía bastante expectativa por la secuela tardía de Los Extraños. Bertino acá se ocupó solo del guión pero la dirigía el inglés Johannes Roberts, que venía de 47 Meters Down, otra película de terror no extraordinaria pero competente y con algún que otro momento destacable. A veces son los artesanos de este estilo los que ocasionalmente brillan en un género como el terror.

Lamentablemente, Los Extraños: Cacería Nocturna fue una decepción importante. Es una película de terror de una sensibilidad dispersa, que no termina de acomodarse en una estética cohesiva, y al apuntar en varias direcciones diferentes, no es efectiva en ninguna. No hace falta decir mucho sobre la premisa: una familia de cuatro (madre, padre, hijo e hija, ambos adolescentes) van a pasar una noche a un parque lleno de casas rodantes, en un momento del año bastante solitario y desolado. Son las últimas noches antes de despedir a la hija, dado que los padres la van a mandar a un internado por quilombera. Eventualmente son atacados por tres enmascarados que los quieren asesinar, fríamente y sin motivo aparente. La premisa es básicamente la misma que en la original (hasta en el conflicto familiar, Lyv Tyler y Scott Speedman hacían de una pareja en crisis), pero en un nuevo espacio y con nuevos protagonistas. La primera es un ejemplo de terror gritty: realista, violento, tenso, sin humor ni referencias paródicas, sin guiños al espectador.

La secuela parece querer ubicarse en otra vereda, la del terror tongue in cheek, principalmente por el uso de canciones de los 80’s a modo de musicalización, muchas veces diegética, para remarcar el sadismo de los personajes, o bien para recontextualizar hits populares y contrastarlos con un imaginario violento. Podría ser efectivo, pero la película no construye un mundo acorde a esta propuesta, y el uso de las canciones termina siendo un gimmick. No estamos en el mundo autoconciente, casi paródico, de las películas de Adam Wingard, que también exploró el subgénero de supervivencia hogareña ante invasores enmascarados en You’re Next, exito del mumblegore con excelentes y creativas escenas gore y mucho sentido del humor. Los Extraños: Cacería Nocturna, desaprovecha entonces las posibilidades de resignificación de los ‘80 en favor de escenarios de violencia sórdida construidos sin demasiada imaginación (ni demasiada violencia). Es decir, no hay humor ni ironía, o más bien, una ironía que se agota pronto, la de la escena de terror con una canción de sensibilidad opuesta, pero sin que esto implique esto un diálogo con el imaginario ochentoso. Tampoco hay escenas de gore que puedan llamar la atención de los iniciados en el género, los asesinos de Los Extraños, para ser psicóticos que matan arbitrariamente, bien podrían recurrir a películas de terror más extremas a modo de ejercicio para incentivar su creatividad. Acá simplemente se revolean puñaladas y hachazos pero no demasiado más. El asesinato más violento (por los restos que vemos) ocurre fuera de campo.

Y sin lugar a dudas no es una película artie, tal vez una tercera dirección posible para las películas de terror además del posmodernismo irónico o la violencia total. Hay un pequeño amague en dos o tres planos que juegan con el encuadre (un plano general similar a aquel mencionado al comienzo), el zoom, la luz, y el uso de la banda sonora para construir tensión y suspenso, pero son efímeros, volátiles. Es imposible aferrarse a ellos, más que un mérito son una excepción en una película poco inspirada. En el tercer acto hay una cita explícita a los momentos finales de La Masacre de Texas, algo que debería situar la película en la tradición del slasher setentoso y brutal antes que en los juguetones años ochenta. Pero la cita es tan evidente y arbitraria que no funciona, igual que con las canciones, para recontextualizar o establecer un diálogo con lo ya visto. Simplemente está ahí. Y no le hace ningún favor a la película invocar el recuerdo de una película sensiblemente mejor.

Si hay un mérito es que la película decide eventualmente abrazar los tropos con mayor transparencia y apuesta con todo a la final girl. La adolescente conflictiva del comienzo, que fumaba a escondidas de los padres y no levantaba la cabeza del celular, toma el lugar de heroína salvadora, para defender a su hermano y salvarse ella misma de los atacantes. Es decir, el personaje vira hacia un costado virtuoso que justifica todo el drama familiar, hasta el momento innecesario o insignificante para la trama. Esto se suma a una mayor conciencia plástica del plano, que aprovecha un incendio para generar acaso su única imagen icónica, la de un encapuchado manejando una camioneta en llamas persiguiendo a nuestra heroína. Pero no es suficiente para sostener la película en la memoria. El plano final apuesta a la ambigüedad, o a mostrar las consecuencias del trauma en una protagonista que nunca podrá sentirse segura, pero la ausencia de un remate lo deja boyando entre el engaña pichanga y el jump scare. Un poco como la película, que no sabe para donde apuntar. Tal vez Bryan Bertino tenga una película de terror extraordinaria en su futuro, pero definitivamente no es esta.

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