Lucky
EE.UU, 2017, 88′
Dirigida por John Carroll Lynch
Con Harry Dean Stanton, David Lynch, Ron Livingston, Ed Begley Jr., Tom Skerrit

Elogio del secundario

Por Rodolfo Weisskirch

Los hindúes pensaban que el mundo entero estaba sostenido por una tortuga. La tierra yacía sobre cuatro elefantes y ellos reposaban sobre una tortuga gigante que andaba por el universo. De esta forma justificaban que la Tierra esté en constante movimiento, pero un movimiento lento, casi imperceptible. La tortuga representa el tiempo. La vida de una tortuga es longeva. Es un animal que puede vivir hasta más de 100 años, siendo el animal más longevo junto al ser humano.

Harry Dean Stanton no llegó hasta los 100. Falleció el año pasado a los 91, pero por lo menos llegó a ver el estreno de Lucky, una de sus últimas obras que lo tuvo de protagonista absoluto. Un testamento de su talento, de su austeridad, del tiempo encarnado. Según figura en IMDB, el intérprete tiene más de 200 créditos en su haber, una cifra nada desdeñable para para haber sido casi toda la vida un secundón, un actor que no tuvo personajes demasiado memorables o interpretaciones galardonadas. Y no porque no tuviese talento o expresividad; por el contrario. Con austeridad y mínimas expresiones, era mucho más cinematográfico que la mayoría de las grandes estrellas que inventa Hollywood; pero siempre fue un intérprete de perfil bajo, no fue un galán de época, y tampoco generó un solo escándalo en su carrera.

Pero a la hora de hablar de actores secundarios, Dean Stanton siempre fue un rostro familiar, tanto como actor invitado de televisión como en westerns o clásicos de la ciencia ficción como Alien. Y quizás por el aura misteriosa que generaban sus austeras interpretaciones es que Wim Wenders lo llamó como protagonista de su único film memorable, París, Texas, y no sería demasiado lejano pensar que la actuación de Harry es una de las razones por las que la película es hoy en día, un clásico.

Dean Stanton fue el último cowboy de una edad dorada, y Lucky, su personaje, el protagonista de la ópera prima de John Carroll Lynch -otro notable secundón que nunca desentona- representa eso. Un mito de otra era, un héroe solitario, inmortal que se niega a enfermarse y siempre estará presente para reírse del paso del tiempo. Carroll Lynch construye la película alrededor del carácter de su intérprete, pero también sobre un concepto filosófico nihilista.

Lucky trata sobre la muerte. Cada plano, cada diálogo, cada personaje, representa la cercanía de la muerte, la idea de que el fin está cerca, y a pesar de todo, tanto el protagonista como el director se ríen de cualquier concepto relacionado con la posteridad. Estamos vivos más por azar -a eso remite el título del film, que también es el nombre del protagonista- que por algún motivo existencial.

El director evade cualquier connotación religiosa, e incluso se burla de los abogados y los testamentos. La película hace apología de la soledad, y funciona como sátira de todos aquellos que buscan un propósito en la vida. Todos los días de la vida de Lucky podrían ser el último pero no lo son. Deambulando por un pueblo fantasma que representa los sets de westerns independientes de los años 60 y 70, Lucky es una especie de antihéroe, un quijote impávido, que lucha contra los idealistas y románticos. Su vida rutinaria cambia cuando sus piernas no le responden y cae al piso de su casa. Ese es el máximo plot point de una narración que se burla de las estructuras convencionales de los dramas contemporáneos. La vida de Lucky no cambia. Y a pesar de eso, Lucky siente miedo de no seguir vivo, de no seguir completando sus crucigramas o yendo a tomar sus Bloody Maries al bar en donde se encuentra con su único amigo, Howard, interpretado por un David Lynch que parece salido de Una historia sencilla, obra con la que Lucky guarda una relación casi directa -no olvidemos que Dean Stanton tiene una participación fundamental en el final de dicha obra- y casi se podría ver como la contracara de aquella, aún cuando su visión de la vida de pueblo en Estados Unidos es prácticamente igual.

Lucky es un personaje onanista. Su casa tiene solamente cuadros suyos. Es un solitario orgulloso de su soledad, y la película se pone mucho más crítica con su entorno que con el personaje, al que revindica por la vida que eligió. Alejada de cualquier vestigio de solemnidad, Lucky funciona como sátira al sueño conservador estadounidense. La longevidad depende de la soledad. Carroll Lynch construye una obra con un humor seco y efectivo, alrededor y para el lucimiento de su protagonista, quien se entrega completamente al personaje. Tal es el amor que se le tiene al actor, que el único personaje con que logra una suerte de empatía está interpretado por un miembro de la Nostromus. La reunión es antológica.

Visualmente, el film no es completamente prolijo, y se enorgullece de eso. Incluso cuando en numerosos planos de transición remita a París, Texas -más guiños para los fans de Dean Stanton-  el film tiene su propia autonomía visual,  con planos que remiten a John Ford o Howard Hawks. Lucky es una declaración de amor a los mitos estadounidenses, a esos íconos que son más grandes que la vida y que sobreviven a las tendencias, a las nuevas tecnologías, a las modas narrativas. Es un homenaje a Harry Dean Stanton, una leyenda del cine, que con su mínima expresividad, su típica sequedad y austeridad, nos entrega su última carcajada para que lo recordemos como uno de los grandes intérpretes del cine estadounidense.

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