Maléfica: Dueña del mal (Maleficent: Mistress of Evil)
EE.UU., 2019, 119′
Dirigida por Joachim Rønning.
Con Angelina Jolie, Elle Fanning, Harris Dickinson, Michelle Pfeiffer, Sam Riley y Chiwetel Ejiofor.

La reina queer

Por Ludmila Ferreri

“Qué mala que es esta película, tío” me decían mis sobrinas cuando las llevé al cine siendo más bien chiquitas hace cinco años y algo. Las había llevado a ver Maléfica, que era floja con ganas. Tuve que sobornar a mis sobrinas con pizzas y coca a pocas cuadras del cine. La tía a la que le gusta el cine se había equivocado. Pero en realidad la tía siempre tuvo una fascinación malsana con Angelina Jolie, a la que le pasa los años y se va convirtiendo cada vez más en una reina travesti perfecta. De hecho no puedo entender cómo nadie observa eso. Es como si se tratara del gran subtexto de su vida actoral: terminar por convertirse en una heroína travesti. Pero ella no va a ser mapuche como esta tía salteña que escribe estas líneas para que sus sobrinas, ya adolescentes, las lean. No, la reina queer que compone Angelina es blanquecina como ella sola. Tiene unos pómulos monstruosos, no parece una persona común y corriente (bueno, nadie lo es). Pero por el contrario, es un exceso de personalidad. Será por eso que cuando se estrenó Maléfica: Dueña del mal no lo dudé un solo segundo: volví a invitar a mis sobrinas, pero esta vez nos fuimos luego del cine a comer pizza y tomar cervezas, porque ya tienen más de 16 a esta altura. Sea como fuere fue la mejor excusa para que ellas largaran los estudios el viernes luego de la escuela y nos viéramos para ir a visitar los pagos de la Jolie (que como siempre les digo a mis sobrinas: me hace acordar a las fiestas increíbles con ese nombre cuando vivía en Buenos Aires: ustedes sabrán googlear, estimados lectores).

La cuestión es que esta segunda parte de Maléfica es más bien un spinoff de La bella durmiente, es mala con ganas, pero al mismo tiempo es tan honesta en su propuesta festiva, en su necesidad de convencernos de su mirada queer reprimida que, de algún modo se ganó mi corazón. Porque el mainetsream vive de esa clase de represiones que se le escapan en la superficie de sus posibilidades. Y esta segunda entrega hace eso: es malísima, pero todo lo que se le escapa es gozoso en su medida más insólita: es la gran celebración de la alteridad ganando lugares ahí donde siempre fue expulsada y denigrada.

Por qué queer? Porque no hay otra cosa que la celebración de una mirada ex-céntrica en esta película que pone el centro en la unión entre el mundo cis-hétero normativo del castillo humano y el mundo queer del pantano, con sus bestias sexuadas (excepto Angelina, que parece ser una reina travesti asexuada, aséptica, hiperbólica, una suerte de Moria Casán del mundo desarrollado). No, claro, ese es el eje reprimido, como te gustaba observar a Quentin Tarantino debajo de la estructura narrativa de Top Gun. Pero aquí tenemos una mezcla curiosa de cosas y casos: hay mucho del cine que toma de la literatura maravillosa (Tolkien mediante, pero no es la única referencia) para acelerar los recursos hacia una catarata de excesos visuales que no tienen nada para narrar pero si mucho para describir: el gesto del exceso es el gran significante queer de Maléfica: Reina del mal. Si: hay confrontaciones pedorras, épicas de un mal gusto gigantesco y CGI horrible. Hay traiciones palaciegas y finales kantianos y reveladores de una armonía entre mundos. Pero no es lo que importa. Lo que importa es que su exceso deja escapar cosas maravillosas: no hay que esconder lo que se es.

Su épica artificial al extremo no puede conmover a nadie, a ningún corazón, sino más bien lo contrario: provoca un goce inevitable por su incapacidad de narrar. Asi las cosas una no puede sino disfrutar instalarse con sus sobrinas a contemplar la celebración ridícula y en loop de esta reina travesti blanca que es todo lo que hubiéramos querido ser con mis sobrinas pero que mejor se lo dejamos a ella (porque como les dije, es una reina sin vida ni alma: solo sus excesos como latigazos son lo único disfrutable de esta olvidable película).

Nada de lo que narra esta secuela inútil e innecesaria es importante para nuestra vida. Pero su existencia me reunió con dos integrantes de mi familia a quienes no veía desde hace años. Pero claro, quizás lo más importante no es que nos reunimos como en cualquier otra ocasión, sino que fue una película, centrada en una mujer excesiva y travesti la que reunió a dos sobrinas con su tía, pero cinco años después de haber visto la primer parte con su tío. Si no se entendió, vuelvan al inicio.

A veces, no lo sabemos, las películas nos acompañan, nos permiten entendernos, nos reencuentran y nos reconcilian. El cine es una experiencia humana. Las peores películas también pueden hacernos mejores, entre otras cosas porque nos juntan con quienes más amamos. Aunque sea para comer un par de porciones, un viernes a la noche, entre risas y burlas.

Comentarios