Mama_Mama_Mama_01+(1)

Tiempo de lectura: 3 minutosMamá Mamá Mamá

Por Carla Leonardi

Mamá, mamá, mamá
Argentina, 2020, 65′
Dirigida por Sol Berruezo Pichon-Riviére
Con Agustina Milstein, Siumara Castillo, Chloé Cherchyk, Camila Zolezzi

Un lugar para volver

Cleo, una niña de 12 años, en plena pubertad, se prueba vestidos y collares frente al espejo, mientras su pequeña hermana Erin mira dibujitos en la Tv del living de la casa quinta de la tía. Su madre no está. Es verano y el ventilador apenas consigue refrescar la habitación por lo que Erin, se calza su malla, sus antiparras y se zambulle a la pileta. 

Como todo acontecimiento del orden de lo traumático, la muerte de Erin, implica una ruptura en la continuidad de la cadena simbólica. Por ello, es un buen trabajo por parte de Berruezo que el acontecimiento terrible nunca se presente al espectador de manera directa y completa y que en cambio, lo imposible de representar y de explicar de la pérdida abrupta, retorne de modo fragmentario a través de imágenes de detalles del contexto del hecho, del recuerdo de su voz (que irrumpe llamándola) o  de ensoñaciones de momentos anteriores; modos donde la hermana ausente recobra la vida de manera fantasmagórica en la memoria de Cleo. 

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En la linea del coming of age, la muerte de Erin coincide con la menarca de Cleo, días después. Ambas situaciones marcan el crecimiento de la protagonista, el pasaje de la infancia a la adolescencia. Muerte y despertar sexual se enlazan configurando lo traumático por excelencia. 

La tristeza sobrevuela la casa en la apatía y la mirada extraviada de Cleo, pero Berruezo no ahonda en el patetismo, sino en los modos posibles de tratamiento de lo imposible de representar. En este sentido, su tres primas tratan de distraer a la protagonista con distintos juegos que intentan bordear lo imposible de decir. La frescura de la mirada inocente de las niñas atenúa el peso de la tragedia, la cual se juega más bien del lado de los adultos, especialmente en la madre de Cleo, que sumida en un dolor desgarrador y en el desconsuelo, ya no puede conectar afectivamente con hija que sigue viva y que la necesita. 

De los juegos se deduce que estas niñas ya no creen en el amor romántico, en la espera pasiva del príncipe azul o en una maternidad que las realice como mujeres. Su deseo femenino se juega en las  coreografías que practican, en la toma de iniciativa en relación a seducir al varón y en los comienzos de la auto-exploración de la sexualidad. 

En el tramo final, lo onírico va dando paso al terror. La hija de la muchacha de servicio, que se suma al grupo, cuenta la anécdota de una niña desaparecida, que se supone raptada por el chófer de un bus escolar. En este punto, Berruezo da cuenta del elemento peligroso que significa advenir a lo femenino. El deseo de apoderamiento y posesión del varón cuando se expone sin semblantes y  la cosifica, reduciéndola a un mero instrumento de satisfacción, puede resultar intrusivo y temible para una mujer. Encarnar la causa del deseo, no es cuestión fácil, requiere la astucia de un saber hacer que llega con el tiempo.

El conejo blanco que siguen las niñas hacia el exterior del hogar, resuena claramente con Alicia de Carrol, donde claramente se trata de la deconstrucción de las identidades predeterminadas, para encontrar la propia identidad. Esta búsqueda conlleva un perderse del ámbito de la esfera familiar, internarse en un terreno nuevo y desconocido junto al grupo de amigos con primer espacio de transición hacia el mundo adulto. Y es en ese extravío, que Cleo pone en acto una pregunta dirigida hacia la madre: ¿Puedes perderme?, que apunta a localizar, ante el silencio materno, qué lugar ocupa ella en su deseo. 

La película de Berruezo es un buen ejemplo de cómo el drama, puede narrarse sin patetismos ni bajadas de linea directas, al incorporar elementos propios de otros géneros. A su manera, Mamá, Mamá, Mamá da cuenta de que aunque crezcamos, de tanto en tanto, siempre necesitamos una madre como hogar al cual volver.  

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