Donde viven los monstruos (I)

Por Federico Karstulovich

Mi festival de Mar del Plata en este año fue inusual por donde se lo mire. Por un lado fue feliz, porque por segunda vez participé como jurado en representación de Fipresci. Por otro fue duro, por motivos que contaré en otro momento. Sea como fuere, en la primera jornada lo inusual persistió. Y se extendió hacia la competencia que me tocaba analizar como jurado, dado que este año, a diferencia de los anteriores, la Federación Internacional del Periodismo Cinematográfico no premiaba la competencia latinoamericana en Mar del Plata, sino que nos dedicamos a premiar al mejor largometraje argentino de todas las competencias, categoría algo extraña, que me hizo sentir como en esos partidos de fútbol amistosos en los que jugaba Argentina contra un conjunto improvisado llamado “resto del mundo”. Bueno, esto de premiar “la mejor película argentina de todas las competencias” tenía también aire de Copa Conmebol. Así y todo, con mis compañeros de Fipresci comenzamos el trabajo. Cada uno entró por distintos lados. En mi caso, fue una asociación azarosa, reuniendo películas que parecían compartir cosas, pero que al mismo tiempo no podían ser más distintas entre sí.

Muere monstruo muere venía con pompa y circunstancia tras su paso por Cannes. En la misma dirección en que había pensado su primer largometraje, Fadel vuelve a plantear puntos de partida reconocibles en la lógica de ciertos géneros (en Los Salvajes era el policial de fugitivos de la ley y la road movie, aquí es el thriller policial de asesinos seriales pero también el terror clase B de monstruos fuera de campo) para luego desvirtuarlos, eligiendo vías alternativas a cualquier forma de resolución clásica, como si en alguna medida su cine fuera una convivencia de Jeckyll y Hyde. Una parte de su cine se declara amante de los géneros en sus diversas posibilidades, pero otra parece despreciar cualquier tentativa de contrato entre el espectador y la película (al fin y al cabo los géneros son un poco eso: un contrato con reglas previsibles, con variables y constantes, en donde el juego no es llevar al espectador hacia lugares en donde los marcos del género no importen porque se los viola todo el tiempo sino donde las posibilidades sean elásticas). El problema de las películas de Fadel es que esa segunda personalidad, ese alterego de su propio cine no radica en la persistencia de un componente moderno que se desplaza sobre una superficie clásica (David Lynch -para Fadel una referencia evidente y admirada- al fin de cuentas no hace otra cosa que eso en buena parte de su cine), sino en un componente paradójico. Lo de Fadel, a partir de la mitad de sus películas en adelante (ya que tanto adora las simetrías) es una paradoja. Su cine, pero particularmente MMM está intervenido por una experimentación controlada. Y, a título personal, no se me ocurre una paradoja mayor que esa. O se experimenta con libertad, o se somete al control de estructuras más o menos previsibles. Sí, claro que se pueden hacer las dos cosas.

El problema es que cuando el director hace ambas su cine deja de ser interesante, porque se convierte en material de festival. En la convivencia de ambas, el cine clase B se vuelve material arty a su vez que la experimentación termina reducida a un cliché snob. Esto sucede porque, contrario a asumir un riego, la película siempre queda a mitad de camino, como si en el fondo no le interesara ni la ruptura ni la narración clásica enraizada en los géneros. Lo que resulta inquietante de todo esto es que buena parte de estas decisiones parecen provenir de una especulación (que no puedo justificar, sino apenas intuir) en relación a ciertos movimientos tectónicos que de a poco parecen demandar esta clase de películas en diversos festivales clase A. Por eso, en alguna medida, la película de Fadel, contraria a ser libre, parece más bien programática: tiene salvajismo, pero elusivo, tiene sangre, pero bellamente filmada y fotografiada, tiene monstruosidad, pero elegante, tiene hermetismo pero en el marco de géneros bastardos. Tiene, para decirlo de modo académico, todo lo que las wachas (Fremaux) quieren. Pero lo que no tiene es libertad, porque sus tentáculos expandidos hacia distintos horizontes y posibilidades (por momentos coqueteando con el musical, en una escena que lo que tiene de divertido lo tiene de cálculo) se cortan en algún momento por el tono que el mismo director le ha impreso: una solemnidad galopante, un tono grandilocuente, una pretensión intelectual inadecuada para los personajes. En el medio de todo eso quedan algunos crímenes bestiales y muy bien resueltos, algunas posibilidades para resolver el whodunit y un SPOILER SPOILER SPOILER SPOILER: NO SIGAS LEYENDO SI NO QUERÉS LA RESOLUCIÓN monstruito hermafrodita que se las trae. Y cuya connotación de color va a tenernos discutiendo largo y tendido en nuestra contemporaneidad de pañuelos verdes. Recuerden ese dato.

Primer día de festival. Pensé que iba a poder hablar de tres películas sobre monstruos, y apenas hablé sobre una. En la próxima salida prometo más. Tengo que correr a seguir viendo cosas.

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