La abulia del yo

Por Luciano Salgado

Por una diversidad de motivos que no expondré aquí (viajes relámpago que se interrumpen por problemas de salud, trabajos que no te dejan ni un fin de semana de paz), mi festival fue un destello que duró lo que duran algunas cosas en las canastas. La realidad es que me fui furioso. No tanto con el festival no con lo que vi, sino con esta sensación de haberme venido para estar tres días y no haber estado más de 17hs y pegar la vuelta de urgencia. Asi las cosas, con toda la calentura del mundo, que prime la profesionalidad. Y mientras el tren me trae de vuelta (qué lindo está el tren a Mar Del Plata, ojalá se mantenga así) yo garabateo cosas en mi computadora antes de hacer el enlace y seguir en micro algunas horas más para el norte (venirse desde Santa Fe y tener que volverse al toque me provoca una alegría inexplicable, pero sigamos). Mi compu se convierte en la confidente. Y mientras le rezo al café y medialunas para que me mantengan despierto me doy cuenta que estoy escribiendo sobre mi mismo para hablar sobre películas que ponen el eje en el yo, en la angustia que en mayor o menor medida no deja de tener un componente confesional (ya sea real y concreto, de origen o simulado). Dentro de lo poco que pude ver, la mayor parte fue argentino. Y la experiencia fue oscilante. Sobre una parte de lo que vi voy a hablar por acá. Pero sobre la otra les pido paciencia.

Quería hacer una mención a algo que hace Perro Blanco (revista a la que primero accedí como lector y en la que hoy puedo escribir) que me parece destacable y que se desmarca de otros modos que tienen los medios especializados para hablar de las películas hoy por hoy. Lamentablemente, en el presente, los medios electrónicos parecen haber perdido como costumbre la idea de escribir selectivamente, de tomarse tiempo de pensar más allá de correr detrás de la novedad (tan Otroscines!): mientras buena parte de esos medios se desesperan por cubrir ya mismo, a los apurones, la mayor cantidad de películas (como si escribir más cantidad o publicarlo antes hiciera que la cobertura fuera más interesante: en todo caso te trae más visitas de los lectores desesperados por recomendaciones, más clics, más visitas, mejores estadísticas para canjear por publicidad o por pauta oficial…), en esta revista le damos pelota a dialogar con el espectador, construyendo ideas pero también impresiones (porque se puede pensar pero también sentir y equivocarse en el durante…y está bueno dar cuenta de eso), pero luego de terminados los festivales, cuando no garpa recomendar, ahí nos tomamos un segundo trabajo: escribir con tiempo, apasionadamente, sobre diversas cosas que vimos. A veces se puede más a veces menos. Este año -vayan agarrándose- el post-mar del plata 2019 va a ser increíble. Digo (como lector y ahora como redactor): también está bueno que los lectores asuman una relación distinta con el trabajo que hacemos con amor y esfuerzo. No vaya a ser que por correr detrás de la primer recomendación terminemos avalando análisis empobrecidos, apurados, laxos. Pero también condicionemos a medios que trabajan con una ética distinta. Digo, qué sé yo: sé que mis compañeros al igual que yo no escriben para primera nada. Escriben porque creen que del otro lado hay alguien que valora las ideas antes que las agendas. Asi que, a contrapelo, van algunas de mis impresiones sobre películas que bien sé que no se van a repetir en el festival, asi que todo lo que escriba no va a servir como recomendación de nada. Apenas dialogar con el lector (o espectador en caso de haber visto las películas o de verlas cuando se estrenen).

La muerte no existe y el amor tampoco fue una de mis experiencias con el cine argentino en el festival de MDQ de este año. Hablamos del segundo largometraje de Fernando Salem (director de una opera prima considerablemente sobrevalorada como lo fue Cómo funcionan casi todas las cosas y de la más que cuestionable serie -por su carácter políticamente adoctrinador de niños- Las aventuras de Zamba), que en este caso se aleja de lo que hizo en tv al mismo tiempo que depura un poco la abstracción de su primer largometraje, quizás, en buena medida, porque el texto de origen (se trata de una adaptación de la novela autobiográfica Agosto, de Romina Paula) le otorgaba al proyecto una condición confesional que funcionaba mejor y de manera más empática que la ópera prima de Salem. No obstante estamos frente a otra de las numerosas ficciones del yo, aunque en este caso con una voz prestada, como si la mediatización lograra bajar algo del efecto extensivo que en muchos casos el documental nos impone. Al tratarse de una ficción, dirigida por un hombre, concentrada en la adaptación del texto personal y biográfico de una mujer se produce un distanciamiento que permite, en los mejores momentos, una sensación de incomodidad, de extravío, que recuerda incluso a la excelente La omisión, estrenada en Argentina en 2018. De todas formas la película no logra evadirse de ciertos lugares comunes, cierta medianía que no deriva del costumbrismo (casi todos los actores están muy bien, exceptuando algún que otro momento de gritos) ni del distanciamiento aséptico, sino de este sistema de distancia-afección que las ficciones del cine argentino contemporáneo han terminado por afirmar como marca, como seña de origen. Hablamos de personajes que no parecen terminados, deliberadamente, como si la empatía en efecto fuera un problema irremediable. En ese marco de un cine de gestos dispersivos, de minimización del conflicto, de desdramatización, Salem enlaza a su film perfectamente con una tradición que lo precede, como si en alguna medida no quisiera diferenciarse demasiado (acaso uno de los problemas generacionales de los directores que oscilan entre los 20 y tantos y los 40 y tantos: pertenecer a algo que proporciona prestigio es también una perfecta manera de evadirse de cualquier posible tentativa de cambio). La película de Salem, por tanto, no está mal. Pero es tan prolija, tan seguidora de la norma implícita que se invisiviliza, atentando contra si misma.

La protagonista es el segundo largometraje de Clara Picasso (El pasante, de 2010, fue su primer largometraje en solitario), que, a diferencia de Salem, proviene de una tradición más distante, más anclada en ciertas formas del minimalismo que Rafael Fillipelli ha logrado instalar en las generaciones que se formaron con él en la FUC (la gesta del film colectivo A propósito de Buenos Aires, de 2006, dirigida por Martín Kalina, Matías Piñeiro, Malena Solarz, Cecilia Libster, Nicolás Zukerfeld, Juan Ronco,  Manuel Ferrari, Francisco Pedemonte, Andrea Santamaría, Alejo Franzetti,  Clara Picasso, es una declaratoria de principios que atravesó a buena parte de esa generación de directores, como si los hubiera marcado un código del que es muy dificil salirse). Hija de ese minimalismo, pero al mismo tiempo con un ojo particularmente puesto en los personajes (al igual que en su ópera prima siempre hay una premisa desencadenante que luego se disuelve en el orden de los personajes, quienes son los reales portadores del foco), en La protagonista todo parte de una confusión, de una fama efímera que adquiere un personaje por haber formado parte de manera fortuita de un hecho que la vuelve famosa por unos días. Pero lo interesante es cómo Picasso indaga sobre esa inercia inicial, sobre ese punto de partida para luego desvirtuarlo, llevándolo al terreno de un resentimiento que se instala como si se tratara de una película de suspenso: cuánto puede aguantar una persona que se siente frustrada consigo misma frente al hecho de ver que quienes la rodean pueden construir una vida que los hace más o menos felices? Algo de esa idea, que puede retumbarnos en la cabeza porque responde a una experiencia más o menos universal, es lo que mejor funciona en una película sin estridencias, ni gran exhibicionismo formal. Picasso parece conocer los materiales con los que trabaja y no da la sensación que le interese mucho más que eso. Indagando sobre la estructura del yo por otros medios logra, curiosamente, ser narrativa (el eje narrativo se localiza en el arco dramático de la protagonista antes que en cualquier potencial trama).

Sostenidas ambas películas en las estrategias para pensar la enunciación de un yo omnipresente en las ficciones argentinas, las dos películas muestran caminos contrapuestos: dar continuidad a lo ya probado o indagar por medios alternativos aquello que, a primera vista, indicaba otro camino de salida. A veces ante un callejón sin salida la única salida es el callejón. Como el que me espera al bajarme del tren.

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