El terror del pensamiento único

Por Federico Karstulovich

Llegar a las corridas. Este año me tocó la ardua tarea de jurado Fipresci. Lo de ardua no puede ser tomado en serio: noviembre, ciudad costera, temperatura ideal (aunque un poco de frío: en esta época si te agarra el viento norte en Mar del Plata la temperatura te puede hacer sudar, pero con cambio de dirección, es decir, con viento sur, lo que era sudor puede convertirse en el principal enemigo ya que por la tarde noche uno puede terminar temblando), un mínimo de dos películas por día y cocteles a los que no se puede asistir porque el jetlag de bondi hace que el cuerpo no se acostumbre. Pero en 24hs vamos a estar en un 100%. Asi las cosas luego de la llegada comenzó la maratón. Y paralelo a las tareas de jurado (sobre las películas en competencia no puedo ni voy a hablar) me dediqué a ver algunas cosas más durante el día.

La primer película fuera de la competencia de mi juraduría que me tocó ver fue Zombies en el cañaveral, película que había sabido circular como proyecto por distintos concursos desde hace algunos años y que finalmente encontró la luz. Suerte de falso documental (aunque no demasiado inspirado en esa simulación, como si confundiera los falsos testimonios de las falsas entrevistas con las cuestiones de forma que todo falso documental ostenta: desprolijidad, inmediatez, planos sin mayor variación, ausente transparencia en el montaje) acerca de un presunto film de terror argentino sobre zombies y antecedente de La noche de los muertos vivos (George Romero, 1968), apenas con tres años de diferencia. Hasta ahí, partiendo de la premisa, la película muestra una gran idea: y si uno de los grandes orígenes del terror moderno no tuvo su epicentro en EE.UU. sino en un país subdesarrollado? Claro, el punto es que la premisa nunca le sirve a la película para reírse de semejante pretensión (un nacionalismo bastante pueril asoma detrás de la idea), sino que termina por habilitarla para sostener lugares comunes bastante vulgares y unidireccionales sobre el terror como género político (ahí desfilan imágenes de They Live!, de la ciencia ficción paranoica de los 50s, y otras tantas), sobre el carácter metafórico de esas imágenes (hay que citar a Fort: Basta, chicos. La teoría mimética del terror social no es la única vía de entrada. El progresismo bobo les está comiendo la cabeza. Pareciera que solo hubiera dos extremos posibles: o la literalidad absoluta o la metáfora forzada). El problema no se limita solamente a replicar teorías algo oxidadas (que la película pone en palabras de conocidos colegas críticos, como para legitimar buena parte de las ideas que postula desde el falso documental que promueve), sino que las lecturas que provee son forzadas y erradas. Uno de esos horrores proviene de la misma falsa película, que anticiparía a la de Romero. En aquella, una joven hija de los dueños de una zafra es perseguida por zombies y se refugia en una casa junto a otros personajes que resisten el embate. Pero ahí donde el film de Romero se permitía encontrar matices en esa resistencia, intolerancias a granel, un carácter inquietante y dificil de catalogar para los zombies, en Zombies en el cañaveral se reduce a frases del estilo: “Esos zombies no eran otra cosa que los trabajadores rebelándose contra las clases dominantes que los oprimen”. LO QUÉ? Muchachos, si las a hacer, hace bien. De repente la figura del zombie es tan fácilmente equiparable a la de los trabajadores explotados y la de sus perseguidos a la de sus explotadores?

Lo fascinante es que la película se aleja cada vez más de cualquier pretendido tono satírico (al final de cuentas buena parte de los falsos documentales no son sino grandes sátiras sobre las pretensiones de tal formato) y se pone aún más solemne. En medio del desarrollo de la búsqueda de los originales -el centro de la película está en las entrevistas a especialistas que hablan sobre la presunta película perdida y por otra parte en la obsesión de un periodista por encontrar una copia luego de haberse perdido todo rastro tras un incendio intencional- la película incorpora a la censura y a la dictadura. Y se erige en metáfora aún más vergonzante: “Zombies en el cañaveral fue la primer película desaparecida. Y en este país ya sabemos cuál es el peso de esta palabra”. De repente, sin darnos cuenta, nos metemos de lleno en una película que fantasea una centralidad, que incorpora a las dictaduras y desaparecidos para validarse políticamente y que además se erige como muestra de un cine de resistencia. Pero supongamos que todo esto fuera, en efecto, un gran y sofisticado chiste sobre las formas en las que el progresismo gusta construir un mundo de conspiraciones. Pero lo interesante llega con otras declaraciones. En particular una que indica: “cualquier película que vaya en contra de lo hegemónico es subversiva”.

Es particularmente curiosa una idea que el film pregona: en el pasado cualquier película contestataria que se apartara de las formas más tradicionales funcionaba como perfecto contrapeso contracultural. De hecho la cultura (al menos la que es rica, variada y contradictoria) está plagada de contrapesos. Pero en esta dirección, el film cuenta la historia con el diario del lunes. Y en ese camino entiende que el presente es una continuidad de ese pasado, como si en efecto, siguiéramos bajo la órbita de un totalitarismo que nos obliga a pensar en una sola dirección. Extraño es esto porque ese pensamiento que podía ser contracultural hace 50 años es hoy una de las formas de la cultura oficial en distintos gobiernos pero también es una cultura oficialmente aceptada (hasta Bill Gates y George Soros son progres, imagínense). Asi las cosas el film sostiene un imaginario en el que el terror que podía subvertir reglas (el de Romero y su ambigüedad, el de Torneur y su ambivalencia, el de Carpenter y su capacidad de sátira lo hacían, el discurso con el que se blinda a Zombis en el cañaveral hace exactamente lo contrario: la expone a ser parte de una hemegonía contemporánea, por eso precisa situarla en el pasado) y en donde vendría a abrirnos los ojos en el presente olvidadizo.

El problema es que este falso documental sobre una falsa película no narra la historia de una resistencia, como nos lo promueve. Sino que narra la historia de un discurso que hoy es dominante y que no tiene nada de contracultural ni de resistente sino más bien lo opuesto: es un discurso homogéneo que incluso achata interpretativamente películas repletas de aristas. De esta forma el mismo discurso del film no hace otra cosa que dispararse al pie: no estamos ante una falsa película heroica narrada desde un falso documental irónico sino que estamos ante una película que refuerza el discurso del vencedor, que es el de la corrección política. Tan fuerte es ese discurso opresivo (quieren opresión: convertir a un personaje y llevarlo de la resistencia al discurso oficial en el pasado a la reafirmación del discurso oficial en el presente) que en el final del film se procede a un milagro: el guión original aparece y el film vuelve a rodarse. Pero con una excepción: el héroe no será un hombre sino una mujer. De esta forma la película procede a su último acto de manipulación: usa a su personaje para construir un discurso demagógico, que respete a pie juntillas lo que se espera que se diga en el presente. La película termina y la gente aplaude a rabiar. La pregunta que uno se hace es si acaba de ver un acto de entrega en vivo y nadie se ha dado cuenta.

De lo que no me di cuenta es que apenas hablé de una película. Bueno, para la próxima salida seré más breve. Ahora a comer.

Comentarios