Volver

Por Rodolfo Weisskirch

“Vuelvo a Mar del Plata con la curiosidad del estudiante, la credencial de prensa, y la experiencia de haber trabajado casi 8 años en el Festival”. Ese fue el primer pensamiento que tuve ni bien volví a pisar suelo marplatense. Otra vez acá. Pasaron tres años. La ciudad está igual. No veo nuevos negocios ni construcciones. Por el contrario. Establecimientos históricos a los que visitaba usualmente para almorzar, cenar o merendar están cerrados. La crisis pegó duro. A Mar del Plata y al Festival. Está lógicamente más reducido. Es un sentimiento triste. Pero al menos, hay espíritu de Festival. Los años de glamour han quedado atrás.

Volver. No trabajar más para el festival, me hace sentir de nuevo un pibe de 25. Volver a ver películas, armar cronogramas, pensar cuándo voy a almorzar, cenar, dormir una siesta. Donde puedo tomar un café para despabilarme. ¿Podré volver a correr como antes de una sala a la otra? ¿Me interesa eso? Son vacaciones. Sí, estoy acreditado. Tengo que pensar cuando escribir. Organizarme para escribir informes diarios para tres medios. ¿Que películas escribiré para cada medio? Por suerte tengo los grupos de whatsapp y sé qué ven mis compañeros.

Volver al hotel que me albergó cuando recién descubría el Festival. Descubrirlo renovado me alegra un poco. Está más chiquito, pero más moderno. Una metáfora del festival en sí. Se han reducido algunas cosas, pero el sistema de venta de entradas se ha modernizado. Al principio, parece complicado. Después, uno se da cuenta que es muy práctico.

La primera película que veo es en el Auditorium. Reencontrarme con el olor de la sala es maravilloso. No ha cambiado nada. Incluso te cortan el ticket las mismas personas, que han envejecido, pero siguen ahí. El Festival de Mar del Plata es como el último vestigio del cine de barrio. No es peyorativo. Es positivo. Pudimos defender el último bastión cinéfilo que nos quedaba. Que lindo no volver al Paseo Aldrey. Las salas vuelven a ser las de siempre.

Las salas están llenas. Pero Mar del Plata está silenciosa. La fiesta silenciosa. Así es el título de la nueva película de Diego Fried, protagonizada por Jazmín Stuart. La acompañan Esteban Bigliardi y Gerardo Romano. Me da miedo Romano. La película empieza bien. Una pareja llega al campo del padre de la protagonista. Ella está incómoda. El padre es un terrateniente bastante autoritario. Por la noche, decide escaparse y termina en un campo vecino con veintañeros que escuchan música con auriculares y bailan aisladamente. La fiesta silenciosa. Cada uno disfruta la fiesta a su manera. Casi como un espectador cinematográfico. En el medio, el alcohol. Baile y sexo con el anfitrión de la fiesta. Elipsis. La protagonista regresa con su pretendiente descompuesta, confundida. Fue violada. El silencio. A partir de ahí, el film cambia de tono. “Violación y venganza” es un subgénero explotation clase B de los 70s y principios de los 80s. La última casa a la izquierda y Escupiré sobre tu tumba, son apenas dos de las referencias más trascendentes. Ambas tuvieron patéticas remakes. Fried intenta tomarse seriamente el tema, apuesta por la confusión y la contradicción de la protagonista. Lo que sucede luego es una verdadera ola de violencia. La idea es transparente: lo único que genera la violencia es más violencia. Hasta aquí todo bien. Sin embargo, cuando se van metiendo otras aristas, ahí el director pierde un poco la brújula. La crítica al machismo está representada no solo por la actitud de los violadores -pero también por el desinterés del novio del personaje de Stuart- sino más que nada por el padre (me daba miedo Romano), que representa el summum del patriarcado en su peor versión.

Lamentablemente -en parte por el desborde interpretativo del actor, que tiene demasiados vicios televisivos- el film no encuentra nunca el tono adecuado. Más bien lo contrario: genera risas involuntarias. Hay un nivel de absurdo y grotesco del que no se hace cargo nunca. Si el humor hubiera sido consiente quizás la película tendría una respuesta más interesante. Pero el compromiso por diseñar un cine de denuncia social, hace que se pierda un poco ese espíritu jugetón clase B, proveniente de las fuentes del subgénero. Si, es una película oportuna y pretende concientizar, pero no es necesario poner eso en primer plano. El contraste entre la pertenencia genérica y la solemnidad hacen que el artefacto termine por funcionar a duras penas.

Pero no todo son decepciones. Ya no estoy aquí, del mexicano Fernando Frías de la Parra es una odisea maravillosa para seguir creyendo en el relato cinematográfico. El retrato de las tribus urbanas de Monterrey, fanáticos de la cumbia colombiana, es fascinante. Hay olor a espíritu adolescente linkletiano, pero del primer Linkleter. Intimidad, coming of age, encuadres que explotan la geografía de la región (pero sin volverse pintoresquismo). Al mismo tiempo, violencia. Seca y dura. Como si por momentos Linkleter se transformara en Michael Mann. Y luego un viaje. El protagonista, Ulises, un joven con ética en medio de un panorama desolador, solo quiere bailar. Vivir de su arte. A través de flashbacks, el espectador irá construyendo como y por qué el personaje termina en Nueva York. En la terraza de un almacén chino, empieza una hermosa amistad con la nieta adolescente del propietario. Pero el idioma es un impedimento. El personaje no logra adaptarse. Frías de la Parra exhibe el desarraigo sin golpes bajos ni sentimentalismo, pero sí con nostalgia. Corren también por la película reminiscencias de Sean Baker. El personaje está solo. Su madre, en México le pide que no vuelva. Es su Penélope. Ya no estoy aquí es épica. Se destaca en todos los rubros. Descubre una comunidad con idioma y códigos propios y la exhibe genuinamente, sin vicios videocliperos o kitsch. Y después, aunque la odisea en tierra estadounidense es dura, no hay morbo ni demagogia. Es emotiva sin ser forzada. Cruda sin vueltas, y esperanzadora y romántica sin cursilerías. Una apuesta notable a un nuevo cine de autor rico y ecléctico.

Ne croyes surtout pas que je hurle, de Frank Beauvais, debería ser placer culposo cinéfilo del Festival, pero en cambio, es un experimento fallido con ideas interesantes, mal ejecutadas. El director se separa de su pareja y convierte su duelo en un collage de 400 planos con todas las películas que vio en el 2016. El montaje es excepcional porque cada plano elegido coordina perfectamente, aunque a veces en forma redundante, con el relato en voz del realizador. Desde el recuerdo de la muerte de su padre hasta reflexiones (miedos) sobre los atentados que sucedían en París por ese entonces. Ningún plano elegido muestra un rostro. Son planos detalles o grandes planos generales. Cada encuadre encaja bien con el anterior y el siguiente. En ese aspecto, el film, es impecable. Desde Clint Eastwood hasta el cine de vanguardia de principios del siglo XX, no hay un criterio estético, pero sí rítmico. Del color al blanco y negro, y viceversa. Si fueran solo imágenes y un texto, el resultado sería estimulante, pero el problema es el relato en off per sé. La voz monocorde del realizador, fría distante, sin emoción, como un mal tributo (o no haber comprendido) a Chris Marker, convierten al director en un personaje pretencioso, aburrido. Es tanto lo que dice, lo que narra, lo que expresa, y siempre en el mismo tono, tan obviamente leído y calculado, que el film es agotador. Previsible, monótono, repetitivo hasta el cansancio. La idea era buena, visualmente es una curiosidad para el cinéfilo con ganas de descubrir las referencias, pero el producto final no se rescata. De los 75 minutos de duración hay una hora de más.

El regreso a Mar del Plata con la radiografía de estas tres obras, parece no haber sido positivo, pero esta crónica termina siendo un poco mentirosa. También vi cosas ejecutadas con maestría que dan esperanza. El cine de autor no está muerto. Pero eso, lo dejaré para la próxima crónica. 

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