Experiencias (I)

Por Rodolfo Weisskirch

El término experiencia en español tiene dos significados: por un lado sabiduría, conocimiento, derivado del tránsito vital. El segundo significado precede a la experiencia como algo que se porta, sino que refiere a algo que se vive. Una oportunidad única de vivir situaciones que no vas a vivir ni en otro lado ni en otro momento.

En Mar del Plata, la experiencia va de la mano de la experiencia. Porque a veces, las experiencias cinematográficas más intensas y relevantes en una sala de cine refieren a vivir ese momento de experimentar ver algo único, realizado por alguien único que puso toda su experiencia…al servicio de que nosotros como espectadores podamos testimoniar una experiencia cinematográfica puntual.

Es así que nos encontramos con Diego Maradona. Asif Kapadia, su director, arma en este trabajo una interesante disección sobre Diego y Maradona. El hombre y el mito. El mito que se comió al hombre. El hombre que cayó ante el mito. A diferencia de Kusturica, que se limita a tratar a sus criaturas como héroes sociales, sin profundizar en sus contradicciones, a Kapadia, le interesa muy poco el mito de Maradona. El futbol para Kapadia es un McGuffin para mostrar otra clase de cosas. Pero el director no juzga al personaje, sino que se apiada de él. Lo desnuda como víctima de su propia fama. Fama creada por él mismo, de la que se alimentó y alimentó a millones de parásitos alrededor.

Pero toda la película carga sobre la cabeza del protagonista. Kapadia no describe al jugador argentino, sino a UN jugador argentino que se convirtió en el ícono del club más pobre, marginado y discriminado de Italia: el Nápoli, como si en el fondo se tratara de una película sobre un arquetipo antes que sobre una persona. Ese lapso de tiempo es el único que le interesa al director para mostrar las relaciones del personaje con la Camorra, los napolitanos, los medios y especialmente, la cocaína.

Kapadia no reniega del talento del Diez. Pero los partidos y los goles, y esas jugadas increíbles, solo sirven narrativamente para mostrar a Jeckyll y Hyde. Afuera quedarán muchos, demasiados aspectos que los argentinos conocemos de memoria, pero que no hacían a las necesidades narrativas de la película. La ausencia de Guillermo Coppola, de su relación con Bilardo, de los hijos extramatrimoniales (salvo Diego Jr.) no hacen a la narración de Kapadia. Es su cabeza, y los personajes italianos circundantes como el jefe de la Camorra o el presidente de Napoli que se vuelven personajes mucho más relevantes para entender esta etapa del Diego, que lo catapultó a la fama y lo convirtió en lo que es ahora.

La experiencia de Diego Maradona vista en cine fue única. La sala se convirtió en un estadio. Si habla Pelé y critica al Diego, el público abuchea. Si el Diego cae por culpa de una infracción, el público sufre. Si el Diego mete un gol, el público festeja. El gol de los ingleses se gritó como si fuese una transmisión en vivo. Kapadia consigue emocionar a puro movimiento, creyendo en las imágenes. Porque el gran mérito narrativo es que prácticamente no necesita voz over. Algunas íntimas e inéditas, el resto harto conocidas. Lejos está de ser solo un documental. Es una biopic en su sentido más cinematográfico, épico y trágico. Para Kapadia, Diego Maradona es el T.E. Lawrence de nuestros tiempos.

Y si de tragedia se trata, Lucy in the Sky, podría haberse tratado de una. Noah Hawley es el experimentado director de esta obra protagonizada por Natalie Portman que viene precedida de las peores críticas. Es casi sarcástico hablar de experiencia cuando se trata de una ópera prima, pero Hawley es uno de los nombres más importantes y trascendentes de la televisión estadounidense contemporánea. El hombre que le encontró una vuelta intelectual, personal, ingeniosa visual y especialmente narrativa, a dos productos prefabricados como una película de los hermanos Coen y los X-Men (leánse Fargo y Legión respectivamente). ¿Que es lo que le interesó a Hawley de la historia de Lucy, una astronauta de la NASA, que atacó a su amante, un compañero de trabajo?

En los papeles, se trata del telefilm de la semana, pero Hawley enrarece todo. Al igual que en Diego Maradona, la protagonista llega alto, muy alto literalmente para caer bajo y humillarse. Si para Kapadia, el fútbol es un mcguffin, para Hawley la experiencia espacial, es solo una excusa para exhibir la psicopatía de un personaje. Un personaje que no puede ser segundo y crea un mundo de fantasías alrededor, diseñando mentiras, mitos y monstruos. Lucy es una representación desarmada de eso. Y Hawley como ácido representante de una minoría crítica se agarra de ese aspecto para desarrollar un relato que siempre está al borde del absurdo, al igual que su protagonista. Natalie Portman consigue un trabajo que va de la austeridad y la represión de la Jacky Kennedy que creó para el film de Larrain hasta la demente bailarina de El cisne negro de Aronofsky. Hawley destroza a la NASA como ya hiciera Damien Chazelle en First Man, y hay algo de eso que no le gusta ni siquiera a los críticos estadounidenses más progresistas.

Al igual que en Legión, Hawley no sale de la cabeza de su criatura. La juzga pero también tiene piedad por ella. Es cierto, el film es irregular, repetitivo y por momentos, inconsistente, pero toma riesgos. Desde el tono dramático absurdo hasta el cambia constante, a veces dentro de un mismo plano, del formato de pantallas. Continuamente, Hawley pasa de la relación de aspecto de pantalla de 4:3 a 16:9. Y lo hace con criterio personal, a veces, caprichoso. Arbitraria o justificadamente, estas decisiones convierten a Lucy in the Sky en una experiencia irrepetible, que necesita verse en pantalla grande.

Para cerrar, una experiencia personal que arranca con una confesión: nunca vi El exorcista en una sala de cine. Cuando tenía 16 años alquilé en vhs la película de Friedkin -el corte del director que se exhibió en el Festival- y El resplandor. Demás está decir, que una estuvo a la altura de las expectativas -o mejor- y la otra me pareció sobrevalorada. De ambas ya había visto las escenas más conocidas, pero verlas en forma lineal, era una experiencia distinta. Ahí es donde uno puede comprender la solidez y experimentación como narrador de Friedkin (que aún era bastante novel) y la caprichosa mente de Kubrick, que solo estaba interesado en la creación de climas pero manifestaba un claro desprecio al género.

Ver El exorcista en pantalla gigante, acompañado por decenas de personas es una experiencia sin igual. La gente no se reía. La vivía como si la estuviese viendo por primera vez, como si fuera un estreno que nunca había visto o sobre el que nunca escuchó. Es fascinante ver como en el film de Friedkin van confluyendo todas las lineas narrativas, todos los personajes, hacia ese final maravilloso, ese enfrentamiento magnífico. Porque más allá de la fe, El exorcista habla del sacrificio. Y hay un camino del héroe clásico en Karras, que se trasciende el horror y el drama, la culpa y la creencia en algo divino. Es el hombre que debe enfrentar su destino.

Hay varias cosas que no recordaba: la introducción brillante en Iraq, más cercana al cine de aventuras que al terror psicológico. Y por otro lado, la subtrama referida a la ciencia. Los métodos casi anticuados para hacer análisis, la rendición de la medicina ante la brujería o lo métodos esotéricos. En una era, donde lo sagrado ha perdido la batalla contra lo científico, El exorcista plantea lo opuesto, su perfecta inversión.

A 46 años de su estreno, la experiencia de Friedkin (en todo sentido) brinda una experiencia cinematográfica maravillosa. Tanto para cinéfilos, como para la nueva generación de espectadores. Y confirma, a su vez, la falta de ideas e ingenio de miles de cineastas contemporáneos. Ninguno podrá ponerse alguna vez en los zapatos de un Friedkin, un Carpenter, un Romero o un Craven. Experiencia que se ha vuelto experiencia y tiene la capacidad de producirnos experiencias nuevas cada vez que testimoniamos sus imágenes inoxidables.

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