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Tiempo de lectura: 3 minutosMar del Plata 2020 – Diario de festival: algunas consideraciones desde afuera y desde adentro

Por Sergio Monsalve

Por su nombre, los Festivales deberían ser una celebración de la diversidad. 

Pero Mar del Plata, a pesar de su buenísmo efusivo, replica la sensación de “familiaridad” que se percibe en casi todos los certámenes del continente, por defecto. 

Ojo que lo digo como una autocrítica, no me siento al margen de lo planteado hasta aquí. 

He sido corresponsal en San Sebastián y otros encuentros clase A, desempeño una carrera como jurado en diferentes plataformas competitivas, actualmente organizo un primer Festival de la crítica en Venezuela, suelo participar con mis documentales en los festivales que me admiten (por ejemplo, al tiempo que escribo se puede ver mi largometraje “Venezuela en Cuarentena” en el Festival “Miradas Diversas”, dedicado a los derechos humanos en mi país). 

Así y todo, tengo la percepción de asistir a un club de amigos, que como tal, se reserva un sutil derecho de admisión, bajo las estrictas reglas de los curadores, quienes darán la cara con una sonrisa, con una buena actitud entre condescendiente y algo rayana en la cultura de la apariencia. 

A la distancia, observo que la grieta se expande en Mar del Plata, al integrar a un grupo de críticos, los del clan de Diego Battle y los de la esfera de Roger Koza, en detrimento de la participación de figuras omitidas y sacadas del cuadro de la organización. 

Ciertamente, cada Festival tiene derecho a invitar y reunirse con quien desee. 

Lo que no me cierra, desde Caracas, es que el discurso integrador del Festival no se corresponda con los hechos y las acciones de una obvia forma de exclusión de las disidencias políticas e ideológicas, al punto que los foros virtuales de la web del Festival quedan como ejemplo de una propagación de consenso, sobre las perspectivas de género, el futuro del cine y el lanzamiento del número tal de la revista equis que sí merece “visibilización”, por encima de las demás.  

Observo que existe el team de Mar de Plata, frente al de Bafici, que hay preferencias en la cobertura para los que comparten el relato de Luis Puenzo y la exaltación ecuménica de Pino Solanas. 

Voy incluso más allá. El caso Venezuela es nuevamente un ausente notorio de la grilla, a pesar de la cantidad de filmes rodados y estrenados en el país últimamente. 

Debe ser porque no se sabe cómo manejar la incomodidad diplomática que significa pasar un documental como “Érase una vez en Venezuela”, por poner un caso de un filme del 2020, ya estrenado en Sundance y seleccionado para representarnos en el Oscar. 

Por tal motivo, he desistido de la idea de enviar mis documentales para la consideración de los festivales del continente. 

Específicamente me cansé de tocar la puerta de los festivales argentinos y descubrir que el discurso de “la inclusividad” no funciona para quienes formamos parte de la resistencia política del cine venezolano. 

En su lugar, Mar de Plata nos representa indirectamente por voz de Andrés Duque, cuyo trabajo se desarrolla más específicamente en España que en Venezuela. 

Aprecio el trabajo de Duque, he tenido ocasión de premiarlo como jurado del Festival Caracas Doc, pero solo con su presencia en una master class no se llena el vacío de la no incorporación de sus coterráneos en la programación.  

Lo menciono para que conste que la imagen del Festival de Mar de Plata, contrasta plenamente con la realidad de su omisiones y adhesiones. 

Finalmente, por mi primera entrega de dos, quiero compartir un último pensamiento incorrecto. 

El de Mar de Plata es un Festival que, a leguas, se nota identificado con la visión progresista del gobierno de Alberto Fernández. 

Cero cuestionamiento a su gestión, nadie refiere de los quilombos en Casa Rosada al momento de escenificarse el desastre del funeral de Maradona, un asunto que es para una reflexión inmediata desde el campo del cine. 

Me pregunto si es el tono de todos los festivales argentinos, o es apenas una impresión que se ventila por las películas seleccionadas y por las actividades de Mar del Plata, donde se desarrolla un concierto de bellas cosas del progresismo, como la sempiterna cuestión de la representación, el uso del lenguaje para no ofender a las minorías, las socorridas banderas de la mujer y la comunidad LGBTI, las victimizaciones y las declaraciones solemnes contra los tanques de Hollywood, contra las amenazas latentes del macho opresor. 

En algunas intervenciones de los foros virtuales, llamó mi atención el forzado uso de “todes” y la apelación recurrente a la falacia del muñeco de paja con lo del “heteropatriarcado”. 

En algunos casos, el concierto de testimonios tomaba la ruta de un argumento monocorde, indistintamente de la persona o el moderador. 

Todas y todos me hablaban de lo mismo con el formato de una lección escolar por Zoom. Por ahí el didactismo articula con las señas infantiles de Paka Paka, con un dejo generalmente matriarcal y esperanzador. 

Después comentaré cómo el asunto se refrenda en los casos de las películas argentinas que vi. 

Un filme animado, un slacker de chicas acosadas, un documental que explora una guerra del pasado, con frialdad, para seguir eludiendo la conflictividad caliente del presente. 

Les prometo que nos vamos a divertir en la disección. 

Como sea, he disfrutado de la oportunidad de ponerme al día con los asiáticos, que se sitúan en lo alto del podio del Festival. 

Acerca de Europa y sus dilemas, también les debo un análisis.   

De África poco, que es materia pendiente, porque de allí he visto de lo mejor del año en otros Festivales. 

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