Mar del Plata 2021 – Diario de festival: Ahed’s knee, Bergman Island, Dive My car

Por Aníbal Perotti

La imagen desoladora y ridícula de los cines cerrados durante los días del festival del año pasado, mientras la playa, los bares y los restaurants estaban repletos de gente, quedó atrás. Este año volvió el Festival de cine a Mar del Plata provocando un impulso vital, estimulante e irresistible por llenar las salas y recuperar algo de aquella experiencia compartida. En este tiempo de arbitrariedades globales insólitas, vivir en un país donde buena parte de la gente se revela contra las normas absurdas resulta una gran ventaja comparativa. Como pasa en los hoteles, los bares y los restaurants, los protocolos en los cines de Mar del Plata son, a lo sumo, un cartelito gastado en la puerta con alguna formalidad que nadie controla y todo fluye de manera amable y feliz. En las líneas que siguen repaso tres títulos de la sección Autores que incluye por lo general películas de cineastas consagrados que pasaron este año por los grandes festivales del mundo.

La experiencia de ver una película de Nadav Lapid en el cine se vive con todo el cuerpo: la placentera evidencia de estar frente a una obra verdaderamente singular se confunde con la sensación de haber recibido un sopapo que nos deja un poco abombados sin poder levantarnos del asiento. Ahed’s knee comienza con el rugido de una moto, un cielo extremadamente blanco y diálogos que apuntan en varias direcciones. Una ciudad bajo la lluvia filmada por una cámara que toma el agua y distorsiona la imagen mientras el sonido de las gotas golpea cada vez más fuerte. La película cuenta la historia de un director de cine kafkiano llamado Y, doble explícito del autor, que llega a la región desértica de Arabah, entre Israel y Jordania, para presentar una de sus películas. El protagonista ironiza con el hecho de que todo es biográfico y puede ser al mismo tiempo un personaje odioso y un hijo gentil, un hombre golpeado y un humanista. También puede sentir una extraña mezcla de desprecio y admiración por la joven cándida y lúcida que lo recibe. Ella ha construido un espacio cultural desde cero para luego vaciarlo de contenido al someterse a un Ministerio de Cultura que ordena lo que los artistas pueden decir por medio de un formulario. El papel que el protagonista debe firmar para poder proyectar su película se convierte en el eje alrededor del cual se articula una danza sensual y feroz entre el director y la joven del ministerio.

La acumulación de horrores cometidos por los líderes de su país con el apoyo de la mayoría de la población genera un estado de furia que enloquece al personaje y también a la película con una serie de movimientos bruscos que evidencian de un modo un poco subrayado el colapso de los valores sobre los que este Estado ha pretendido construirse. Pero lejos de juzgar, el director muestra cuánto se ve afectado el propio protagonista comportándose como un manipulador obstinado. Entre crisis y provocaciones, recuerdos traumáticos de su paso por el ejército, rabia y desorden, el pobre héroe termina encarnando una forma de locura perversa, contaminado por los mismos problemas de la sociedad que desea resistir. El protagonista puede ser tanto el soldado que se alinea sin inmutarse o el que llora, y también el sargento que manipula a ambos. La cámara por momentos se adhiere literalmente a los rostros y los cuerpos con una proximidad intimidante buscando las formas cinematográficas de una angustia brutal y sin salida.

Paradójicamente, la cuestión del formulario israelí pierde fuerza y se vuelve amarga al compararla con la realidad global que comenzamos a vivir poco tiempo después de la filmación de la película, siguiendo como autómatas una serie de medidas despóticas y absurdas que se presentan como condición excluyente para poder vivir en sociedad. Pero por suerte estamos en Mar del Plata y nada es determinante. Como el protagonista de Ahed’s knee, sostenemos la farsa del barbijo unos segundos frente al encargado de cortar los boletos y entramos a ver la nueva película de Mia Hansen-Løve, que también es una suerte de autobiografía. 

Una pareja directores de cine buscan inspiración para escribir el guion de su próxima película en la emblemática isla donde Ingmar Bergman ha vivido y creado tantas obras maestras. Pero Bergman Island no es un homenaje reverente a la obra del gran cineasta sueco, sino que invoca al cine como una forma de vivir con los propios sueños. La directora filma la isla como su propio territorio: se apodera de su museo, de sus casas y su molino, de su cine privado. La película explora sutilmente la relación de la pareja y fluye naturalmente hacia la historia que la mujer está escribiendo. A partir de ese momento, la danza del mar con las grandes piedras erigidas en la playa se funde con los personajes de los diferentes niveles de la narración e incluso con la propia Mia Hansen-Løve. Los paisajes son la continuación del viaje interior de la heroína, entre lo que vio y lo que le contaron, entre lo que experimentó y lo que recuerda, entre lo que escribe y lo que realmente sucedió. El complicado entrelazamiento de los temas evocados, la puesta en abismo de los dos niveles de ficción y el juego con la autobiografía se diluyen bajo la placentera ligereza de unos tonos azulados en Scope, que reverberan con el paisaje que nos encontramos cuando salimos del cine y caminamos por la rambla.

Luego de la maravillosa Wheel of Fortune and Fantasy que se proyectó este año en las salas del Bafici, el prolífico Ryūsuke Hamaguchi ofrece otra película extraordinaria que explora la alquimia entre los silencios y las palabras. Drive my car comienza con una sensual y enigmática escena entre la guionista de televisión Oto y su pareja: el director y actor de teatro Yusuke, que trabaja en una adaptación de Tío Vania de Antón Chéjov. En la misteriosa introducción, Oto deja tras de sí un rastro sonoro que el dramaturgo escuchará durante el resto de la película como si hablara con un fantasma. La discrepancia entre lo que se escucha y lo que se ve encuentra su punto cumbre con los maravillosos ensayos en los que Yusuke les pide a sus actores, que hablan diferentes idiomas, que lean y escuchen el texto sin actuarlo. Escenas de teatro políglota donde los signos afloran y toman mil caminos hacia una claridad impactante. Un proceso lento, repetido como un mantra, para lograr la nueva encarnación de un gran texto y tratar de acercarse a la verdad. 

La película parece revelarse bajo los auspicios del azar, habitada por un misticismo poderoso pero discreto. El catalizador será el mágico encuentro del héroe con la joven conductora de su auto. A medida que esta relación ocupa más espacio, la película se interna en la cabina del brillante coche rojo y se transforma en una road movie pendular, entre el hogar y el trabajo, cuya trama avanza a lo largo de los viajes en lo que los dos desconocidos se descubren. El mundo que los rodea está desnudo, desprovisto de reflejos y señales. Finalmente, en la cima de una montaña nevada los protagonistas parecen capaces de aceptar la realidad: la única manera de mantener a los fantasmas en el mundo de los vivos es mediante la ficción. En ese manto blanco, las huellas del pasado se evaporan y solo queda la ciudad vacía, la claridad diáfana de su luz particular, un gran gesto liberador, el camino poético para hacer el duelo de un amor. 

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