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Tiempo de lectura: 4 minutosMar del Plata 2021 – Diario de festival: Memoria, The girl and the spider, ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?

Por Aníbal Perotti

Memoria es una película que justifica por sí sola la existencia del festival. Uno podría ver las tres funciones en la sala principal del cine Ambassador y luego dedicarse a pasear por la rambla. Apichatpong Weerasethakul, el más singular de los grandes cineastas contemporáneos, hace coexistir de manera natural el presente y el pasado, la historia y la política, la realidad y los mitos, el sueño y la vigilia, lo trivial y lo místico. Su última película se abre hacia un nuevo territorio y a la colaboración con actores internacionales: la británica Tilda Swinton, la francesa Jeanne Balibar y el mexicano Daniel Giménez Cacho. El cambio de idioma y escenario amplía el universo sensible del cineasta con una mezcla de cine de género y experimental, instalación sonora y efectos especiales, sondeando el ritmo de la lengua, las cadencias y los silencios. Weerasethakul explora la memoria como una experiencia sonora, buscando los orígenes del tiempo a través de los ecos en el presente, conjugando de un modo sublime su audacia soberana y su inquebrantable dulzura.

Jessica se despierta en la madrugada por el ruido de una detonación. Se levanta de su cama y camina en la penumbra de una habitación con las ventanas veladas como si fuese una sombra. En la escena siguiente las alarmas de varios autos empiezan a sonar inesperadamente en un estacionamiento. La irrupción de lo extraño es el motivo de una conmoción que anticipa nuevos rumbos. La protagonista deambula en busca del origen del sonido que la persigue desde aquella noche: un eco en forma de memoria inquietante que amenaza su equilibrio. El extraño fenómeno se convierte en una especie de contrapunto rítmico y sensorial al curso de la película. Grandes edificios modernos, una galería de arte, un auditorio, un laboratorio, un restaurante, las calles de la ciudad, un río, la jungla o un inmenso túnel, son espacios visuales y sonoros habitados por diferentes vibraciones que recomponen las experiencias y evocan emociones de otros tiempos. 

La película entra en una dimensión completamente diferente cuando Jessica se encuentra con un pescador al borde de un arroyo. El tiempo parece suspendido como una invitación a abrirse a la memoria de la tierra. Las escenas se pueblan con ecos de otros mundos, vibraciones de eventos del pasado y sonidos ancestrales de otras civilizaciones. El personaje se transforma en una suerte de espíritu que resguarda la memoria sonora de los demás. La película se vuelve más misteriosa, hipnótica y fascinante. Los relatos orales, los viajes entre la vida y la muerte a través del sueño y las diferentes capas de sonido conforman una experiencia visual y sonora única e inolvidable. 

The girl and the spider es un estudio sobre el dolor y la melancolía en torno a un evento mínimo que demuestra cómo una situación ordinaria puede ofrecer una visión asombrosa de la naturaleza humana. La más banal de las mudanzas: dos días y una noche durante los cuales la joven Lisa deja un piso compartido con Mara por un departamento individual. Su partida se percibe a través de los ojos de Mara, que permanece enrevesada mientras los demás están ocupados ordenando y ensamblando muebles. El deseo y la frustración circulan según una curiosa coreografía en la que las relaciones se redistribuyen como las cajas. Lo que está en juego parece ser una ruptura, aunque nunca se dirá nada sobre su naturaleza. Sobre este pequeño misterio se construye la historia que agrega una afluencia constante de personajes secundarios. Un ballet de hombres y mujeres que se cruzan, se rozan y se desean entre las puertas cerradas de los dos espacios. Los cineastas orquestan un melancólico ida y vuelta entre los dos departamentos: la crónica de una mudanza vista como un abandono y vivida como una pequeña catástrofe. Los personajes van y vienen entre los dos pisos generando un leve desconcierto embriagador: no entendemos quién observa a quién en estas habitaciones vacías como tampoco sabemos si Mara fue pareja de Lisa o eran sólo compañeras de piso. La cortesía con los amigos se confunde con el coqueteo bajo una luz veraniega que hace que todo sea ligero y colorido. La película se detiene en escenas abstractas como cuando la cámara contempla el humo de un cigarrillo que queda encendido mezclado con sonidos que no sabemos de dónde provienen. El rigor formal y la elegante escritura de los cineastas no les impide jugar con lo fantástico y con algunos detalles locos como telarañas olvidadas en un rincón.

¿Qué vemos cuando miramos al cielo? es una película incandescente y bucólica, moderna y romántica, profundamente humanista y discretamente revolucionaria que transmite la sensación de estar creando un estilo propio sobre la marcha. Una película libre y estimulante que parece reinventarse a cada segundo y encuentra su ritmo singular con una mezcla de formatos, historias, rostros y personajes extraordinarios. Una joven estudiante de medicina tropieza en la calle con un joven futbolista. A ella se le cae un libro, él lo recoge y se enamoran a primera vista. La escena arquetípica de la comedia romántica se repite tres veces pero filmada desde los tobillos de los protagonistas: el ángulo inesperado nos invita a pensar que estamos viendo otra cosa. Con una voz omnisciente y misteriosa el narrador nos advierte que hoy no queda nadie que pueda recordar esta historia. Por momentos, Koberidze se pierde en los recovecos de una ciudad adormecida por un encantador letargo estival, se detiene junto a los chicos que juegan en una canchita de fútbol o se distrae con unos adolescentes que beben, cantan, ríen y se van a una fiesta. La cámara se maravilla con las pequeñas cosas que embellecen la vida cotidiana. El cineasta disfruta el placer de irse por las ramas, se toma el tiempo para instalar una atmósfera de ensueño y logra un equilibrio sorprendente entre realismo y poesía. El vagabundeo embriagador nos transporta con una brisa ligera sobre una ciudad suspendida en el tiempo, poblada por chicos que juegan al futbol y perros callejeros que se ponen de acuerdo para ir a ver juntos un partido del mundial. El placer de compartir las conversaciones y saborear los inesperados interludios, como una cortina danzando con la luz y el viento, genera el deseo de que la película no termine nunca. La misma sensación que provoca el fin del festival, saber que la maravillosa combinación de la playa con las grandes películas concluye y que con el regreso a Buenos Aires el hechizo habrá terminado. 

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