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Tiempo de lectura: 6 minutosMar del Plata 2021 – Diario de festival: Quién lo impide, All light everywhere, Yo y las Bestias

Por Sergio Monsalve

Quién lo impide ganó premio de interpretación en el reciente Festival de Mar del Plata. Fue un reconocimiento a su experimento de imbricar el documental con la ficción, en un híbrido de notable ascendencia dentro la oferta ibérica más indie. Sin ir tan lejos, el año pasado El año del descubrimiento, del mismo país, obtuvo la corona del certamen argentino, utilizando un procedimiento análogo. Por cierto, en el 2021, el estimado León Simiani conquista la competencia con el cortometraje “El Síndrome de los quietos”, activando el ejercicio de la creatividad a partir del montaje del material de archivo. Otra de las tendencias celebradas y establecidas en los últimos años, a modo de ensayo “markeriano” o “godardiano”. La de Jonás Trueba es una película libre y cercana, una “Boyhood” en plan “Elephant”, cuyo reparto coral habla por Zoom, actúa su propio papel y encarna el magnetismo del paso del tiempo en la juventud de los famosos “preparados”, estudiados por autores como Remedios Zafra en “El Entusiasmo”, libro clave de la vida pospuesta y de la “precariedad laboral en la era digital”. “Quién lo impide” filma y vampiriza dicha “miseria”, pero sin pecar de explotador del porno ajeno como el dispositivo discutido de “Las cercanas”, acusada de “crueldad” en la exposición de la ruina de dos hermanas pianistas, venidas a menos. Si bien su denuncia es oportuna e incontestable, nos toca analizar e investigar el impacto de semejantes propuestas, al predicar lo que condenan. Esto es, valerse de las urgencias y necesidades de los demás, para los fines del arte y el diseño de largometrajes al gusto de los comisarios de los festivales. Urge una conversación al respecto. Por lo pronto, con “Quién lo impide”, me temo que puedo ser productivo y aportar en algo que vengo realizando desde hace 20 años. El filme de Jonás, como el de sus homólogos españoles, sufre una hinchazón con una nueva enfermedad de importancia, que se pueden permitir los directores privilegiados en los países del primer mundo. Nosotros, en el tercero, tenemos que resumir por costos y presupuestos, así como debemos editar cuestiones breves, pues nuestro público paga caro y en dólares el internet. De modo que lo piensa dos veces para ver una cinta de tres horas como “Quién lo impide”, la cual se va a tiempo extra en un partido que tranquilamente se resuelve en los dos tiempos reglamentarios. Siendo así, la atención se diluye conforme el trámite cae en la meseta del cine directo o del reality show, para audiencias hípsters. Son bastantes guapos y carismáticos los chicos del filme, después de todo. Así que su proceso de angelización e idealización, comienza a oler a embellecimiento publicitario de una pobreza o una clase media de relumbrón, lista para empaquetar en los Goya. Tanta hermosura no la aprobaría Wiseman. 

All light everywhere, en cambio, tiene más capacidad de resumen y de conciencia autocrítica, tal como el cortometraje existencialista “Sad Machines”, de apenas 9 minutos, o de la obra maestra “The Taking”, auténticas gemas de la muestra. Podría agregar a la barra de la calidad, “Estrella Roja” y “Danubio”, también sintéticos y contundentes, aunque lastrados por un tufillo de victimización marxista. Es una de las narrativas que se imponen en el Palmarés, hacernos creer que los rojos son los únicos que sufren y padecen a manos del fascismo, la censura, el abandono y la intolerancia. A “Estrella Roja” le falta hablar de por qué Rusia se hastió directamente de la Unión Soviética, sin olvidar el genocidio de Stalin, que tampoco se menciona. “Danubio”, como el cine de memoria histórica de mi país, prefiere refugiarse en la comodidad del pasado, ocultando las cacerías de brujas del presente, los aprietes y los filtros que se tejen en los Festivales de Hoy, de una manera menos escandalosa que antes. La burocracia y el conocimiento de la ingeniería social, dotan de técnicas suficientes que sirven para discriminar y excluir silenciosamente, a los que piensan diferente. De ahí que los Festivales se contenten con instaurar la diplomacia, el consenso y la premiación de la narrativa progresista. De vuelta a “All light everywhere”, nos encontramos con una exposición del no futuro de la hipervigilancia. Lo que se cuenta es la instalación de dispositivos de control con cámaras y algoritmos sofisticados, en zonas urbanas pobladas por guetos, donde cualquiera es sospechoso, como en “Minority Report”, hasta que se demuestre lo contrario. El largometraje expone todas las aristas del problema, conversando con víctimas y victimarios. Una decisión más honesta que la de “Estrella Roja”, por ejemplo. El resultado es una pesadilla distópica y paranoide, a la altura de cualquier thriller de totalidad como conspiración. Somos ratas de laboratorio en pandemia, nos manejan mal, hay que resistir a la invasión de nuestra privacidad.  “All light everywhere” arroja luz al abismo nazi que nos construyeron los gobernantes del planeta, cual panóptico, con el fin de clasificarnos como en un campo de concentración global. Bienvenidos a otro siglo eugenésico. Como soy un invitado incómodo de la casa, me permito disentir y preguntar “cuál será la raza o la especie perfecta que se ha diseñado para consagrar en un festival”. Es un robot orgánico? O un programa que de repente arroja un dato como “Jesús López”, típico filme argentino que, como afirma Leonardo D Esposito, se parece a las películas de Alejandro Doria donde siempre llueve y la gente tiene caras tristes. 

Yo y las Bestias es la única representante de mi país en el Festival Mar del Plata 2021. Buena noticia que el certamen se actualice con lo mejor del patio criollo, que a pesar de sus desigualdades, continúa resistiendo y aguantando con dignidad. La ópera prima de Nico Manzano rompe con el canon de lo que aprueba el régimen cultural de Maduro, es decir, puras críticas al pasado o afirmaciones del procerato de la independencia, en forma de sermones bolivarianos de un costo obsceno, con el cual se harían veinte Yo y las bestias. Agradecemos que el caso Venezuela se visibilice en los Festivales, donde se tiene miedo a debatir adultamente en base a nuestras diferencias ideológicas. Los certámenes pierden una bonita oportunidad de generar espacios de intercambio real, al optar por entubarnos en una membrana de buenismo y corrección política.Yo y las bestias expresa la disconformidad que siente una amplia mayoría del país, ante el fracaso del liderazgo político, de lado y lado. El protagonista renuncia a una banda, porque no desea colaborar con los militares que organizan el Festival progre de Suena Caracas. Una historia basada en hechos reales que dejo hasta aquí, pues los implicados se señalan sutilmente en el armado del filme, ocupando uno de sus chistes internos. Manzano y su hermano son insiders de la movida musical en Venezuela, y conYo y las bestias ejecutan una de las revisiones descarnadas que merece el mundito de los grupos del llamado sifrirock en Venezuela. Al ver la película, los satirizados sabrán identificarse en canciones, situaciones absurdas y tramas familiares de chicos hartos de tocar música ligera, para no desentonar con la dictadura. Por ratos, la película radiografía al pelo a una Venezuela insegura, de destino incierto, plagada de alcabalas, sueños quebrados, emergencias de migración forzosa y melancolía profunda que solo algunos pueden canalizar a través de la música y el arte, como el antihéroe de la tragicomedia que interpreta Jesús Nunes, en uno de los unipersonales del año en Venezuela. Me cuenta Max Manzano que trabajó con él para enseñarle acordes y tocar la guitarra con propiedad. La labor de los hermanos Manzano traspasa la pantalla, agregándole una veracidad triste y nostálgica que me recordó al Kubain introspectivo y terminal, zombie y ensimismado de “Last days”. Mientras el dispositivo de Gus Van San es crudo y contemplativo, el de Nico conserva un minimalismo que se eleva con notas de fantasía al estilo de Wes Anderson y “Ghost Story”. La profesora Malena Ferrer agrega que la película acierta al reproducir una temperatura y un código de habla, de quienes pertenecen a la clase media del país, debatiéndose entre quedarse o irse por la frontera. Precisamente, una de las conversaciones emotivas del filme comprime la decepción del protagonista al no contar con el respaldo de una amiga incondicional, porque ha preparado sus maletas para partir, considerando la música un privilegio que para ella está en un tercer plano, al punto del olvido. Arte o sobrevivencia es uno de los grandes dilemas que repercuten en la estética de cabezas cortadas e incomunicaciones varias de “Yo y las bestias”, inspirada en una corriente de influencias “martelianas”, jugando con el fuera de campo y la huella surrealista. Nada más espero que llegue a la cartelera nacional y que la audiencia millenial la disfrute como un resumen de una nación inconforme que busca desesperadamente por un rumbo, por un desahogo de un grito y un malestar que nos supera.Recientemente, hubo elecciones en Venezuela y se alcanzó la más alta abstención en nuestra historia.Estimo queYo y las bestias proponga una catarsis necesaria, para los que disentimos en el país.Lo hace sin estridencias, sin aires de panfleto, con la dosis justa de humor negro y anarquía punk.Es de una generación de relevo que merece nuestro respeto, por no hincarse de rodillas ante los reyes desnudos. Rodeado por sus bestias, el alter ego de Nico Manzano nos interpela y representa a la distancia, con nuestras virtudes y defectos, nuestros límites y posibilidades de escape. Es el exilio que llevamos por dentro. El desarraigo y la soledad. Algo que es mejor no guardarse y convertir en poesía rock, en una película de signos y sentimientos encontrados. Una fuga a contracorriente con un sonido atmosférico que embriaga como su fotografía. Mención especial para la escena del “munchis” y los “nombres” de la banda, comiendo cereal.Uno de los secretos del guion que te harán reír para no llorar.  Prepárense para la secuencia con los “pacos”.En fin, humanidad y desazón por los cuatros costados. Lo que estamos reclamando en el cine venezolano. No por casualidad, su director pertenece a la diáspora. 

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