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Tiempo de lectura: 5 minutosMarea y viento

Federico Karstulovich

Marea y viento 
Argentina, 2020, 70′
Dirigida por Ulises De la Orden

La arcilla humana

Por Federico Karstulovich

En la zona del Delta del Tigre, a orillas del Río Carapachay, un experimento es llevado a cabo. Ulises De la Orden lo observa como mosca en la pared, intentando no incidir ni en el menor de los detalles (algo que parcialmente logra, en especial cuando confía en el tiempo real). Marea y viento registra ese experimento (como tantos otros han existido en Argentina) que supone la escuela «Los Biguaes», una escuela de raíz freireiana (el pedagogo brasileño Paulo Freire se convirtió en uno de los mayores referentes de la educación alternativa a los formatos tradicionales) que cambia el eje a la hora de repensar los roles de profesores, alumnos y padres. Al tratarse de una cooperativa la escuela no funciona exclusivamente como escuela sino como lugar de contención conjunta. En el mismo lugar los alumnos, junto a los padres ya los profesores aprenden pero también trabajan en el armado sustentable (forman parte de la preparación de la comida, la limpieza y otras actividades). Puesto que el espacio carece de ayudas estatales o privadas, la única forma que ha encontrado para su mantenimiento es la que le proporciona la panadería propia. Es gracias a esas ventas que subsiste el proyecto comunitario.

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Hasta ahí, mediando una descripción aséptica como la que hice, la película parece asumir un registro desinteresado, ausente de juicio. Y en efecto mantiene esa decisión noble. Quizás sea gracias a esa determinación que muchas de las ideas que se han vertido sobre la película empiecen a encontrar un cauce mas definido, digo, uno que vaya mas allá de la celebración acrítica que he percibido en diversas reseñas, como si no hubiera lugar para la observación crítica. Pero volvamos a la película en concreto y a la escuela como experiencia registrada. Si observamos bien hay algo de esta escuela que puede resonarnos extraño a primera vista: su condición anacrónica. No solo lo que sucede en su interior y los materiales que utilizan parecen, como mínimo, de hace 40 años. Hay, particularmente, en el modo de describir la experiencia, una suerte de aislamiento de la contemporaneidad (incluso hasta en las ropas cuesta encontrar rasgos del presente) que desconozco si supone una elección del director (omitir casi todo elemento que vincule al presente directamente, como la presencia invisible de celulares) o se trata lisa y llanamente de una observación sostenida en un espacio aislado ex profeso.

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Como segunda observación llama la atención el rol de los niños, quienes, mas allá de aprender con herramientas un tanto obsoletas (los materiales de clase resultan precarios, quizás no deliberadamente o en todo caso como producto de una decisión: aprender con menos como un gesto ideológico de desapego), un tanto avejentadas, un tanto empobrecidas, no parecen molestarse con el contraste de la experiencia de la escuela con ese fuera de campo que suponen sus propios hogares (se producirá una experiencia similar a la de la escuela o no?). Ahí hay una idea, que es la de configurar una perspectiva de mundo y de aprendizaje sobre la lógica del empobrecimiento material. En una de las escenas, un hecho que parece menor describe con sutileza al experimento. Uno de los niños hace un barco de papel con sus manos. El profesor le dice entre amable y sentencioso: «Se deshace porque estás más preocupado en terminar el barco que en hacerlo». Son detalles, pero la película no deja de mostrarlos: aquí hay un equipo que también muestra un proceso antes que un resultado. Difícilmente podamos saber (acaso importa?) qué piensa el director de aquello que registra. Lo que si sabemos es que De la Orden muestra los hechos sin enfatizarlos.

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Una tercera observación nos lleva al rol de esos niños en la colaboración para darle sustentabilidad a un espacio gratuito pero que debe autogestionarse y generar sus propios ingresos. En el caso de los padres adultos, como partícipes de la experiencia comunitaria y cooperativa, uno bien puede entender las acciones que den sustentabilidad: algunos de ellos se muestran mas participativos en las labores rotativas que deben cumplir en la escuela, otros tantos menos. El punto es que la película exhibe a los mismos niños («acompañados en el camino de su autonomía», casi citando literal) siendo también parte de esa colaboración. Y lo que en los adultos puede verse como resultado de un proceso político, en los niños (desde la limpieza de baños a la preparación de la comida, por ejemplo) resuena a otra cosa. En los niños resuena a romantización del trabajo. En ese punto áspero casi no he leído a un solo colega hacer menciones. No necesito irme al Dickens de Tiempos Difíciles para recordarle al lector que no estamos en el siglo XIX ni en la Inglaterra victoriana del trabajo infantil naturalizado pero tampoco en el marco de ninguna revolución agraria en donde todos deben participar por igual en el mantenimiento de la tierra. Es cierto, me dirán, «apenas hacen unas hamburguesas», «trapear el piso del baño y vaciar los tachos de basura no es trabajo» y cosas por el estilo, minimizando los hechos. Pero lo notable es que el director muestra esto (ya sea como registro, como celebración o como crítica, poco importa). Y esa percepción queda dando vueltas, como quien se pregunta qué acabamos de ver.  

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Se filtra, a partir de las tres observaciones que mencioné, una idea que subyace el carácter experimental, romántico (autónomo también) de la escuela: para quién está pensado este proyecto? Para los niños? Para los padres? Para los profesores? Para todos? Para ninguno? Pero además surgen mas dudas: a qué tiempo pertenece este experimento? Al presente de niños cuya experiencia en la escuela los aísla de otras posibilidades de autonomía en el contexto espaciotemporal que les toca vivir o al pasado de profesores que rondan los 40 y tantos años y que circulan en un imaginario (acaso leído, acaso también experimentado siendo niños) que está mas cerca de las experiencias utópicas de los 60s/70s que de los 2020’s? Esas preguntas circulan por entre medio de las rondas de juegos, por entremedio de las rondas de padres que parecen incapaces de adaptarse del todo a la escuela o que llevan al extremo la noción de aprendizaje por la autonomía («nosotros no les ponemos límites si se pegan o se hacen daño, sino que queremos que experimenten la autonomía de darse cuenta que pueden lastimar a otro» dice en mayor medida uno de los padres), y por entremedio del experimento que ve pasar a los niños por la experiencia educativa que ha durado un año para ellos.

Desde una perspectiva lateral, casi en sordina, el documental de De la Orden logra hablar de pasado y presente como un circuito de continuidades/discontinuidades sutilmente conectadas. No proporciona respuesta alguna -saludablemente- pero construye un registro plagado de preguntas -directas o indirectas, voluntarias o no- lo suficientemente inquietantes como para preguntarse hasta donde un experimento semejante al que vimos puede ser observado con la benevolencia de la mirada progresista sin preguntarse por el principal elemento que lo conforma: menores de edad en manos de adultos que moldean arcilla humana.

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