Megalodón (The Meg)
Estados Unidos-China, 2018, 113′
Dirigida por Jon Turteltaub.
Con Jason Statham, Bingbing Li, Rainn Wilson, Cliff Curtis y Winston Chao.

Abortos cinematográficos

Por Sergio Monsalve

Una cosa es Bañeros (cualquiera de ellas, pero especialmente las tres últimas), película chota y chata, y otra muy diferente es Megalodon, una monstruosidad de berretismo cinematográfico, a tal punto que ahora hasta su propio director reniega de ella, porque en el guion dizque era más sangrienta.

No dudo que la casa productora haya censurado la pornografía estética de la película, pero tampoco me extraña que el director abra el paraguas de tal forma para protegerse de las críticas de la corrección política, como si estuviese a punto de desligarse de su bebé Frankenstein, en un supuesto arrebato de mala conciencia y mea culpa.

Recuerdo una época, por allá por los noventa, donde podía leer comentarios de algunas Megalodon del fin del milenio en las páginas de Cahiers Du Cinema. Conforme pasó el tiempo la revista francesa resignó de su interpretación del mainstream, decantándose por unos filmes y unos asuntos más pomposos. La crítica tomaba un rumbo qualité, extraviándose en hipertextos farragos, retóricos, teóricos e hinchados de importancia.

Ahí no entraban los planteos del mundo terrenal. Una parte del viejuno continente olvidaba sus bases fundantes en el gusto por las expresiones del arte de las masas, dedicándose exclusivamente a defender las singularidades de la periferia y las identidades nacionales del autorismo descentrado.  De igual modo, hoy la industria le da la espalda a sus juguetes camp en las entregas de premios, resultando en la necia discusión sobre si es pertinente incluir una categoría de “largometrajes más vistos” en el Oscar.

Así la academia insiste en reafirmar su posición binaria y anticuada, cuando la verdad debería aceptar y laurear a los blockbuster que subsidian al mercado, sin llamarnos a unas jornadas de reflexión y remordimiento intelectual. Aburre la hipocresía de las nuevas ligas de decencia.

Por eso reencontré en su momento en la hoy extinta El Amante la pasión por el cine “serie Z” que había marcado el ascenso de la publicación europea y que se había perdido o depurado con el paso de los años. Los porteños sabían expresar lo que pensaba de genialidades como Starship Troopers y tantas otras bestialidades de la cultura after pop.

Vuelvo, entonces, a la película que nos convoca con el interés de defenderla, incluso de sus mismos padres arrepentidos. Pobre película huérfana de creadores y espectadores que se hagan cargo de los orgasmos que sintieron al proyectarla y comprarla desde la boletería. ¿Qué pasó muchachos, no me vengan ahora con que van a pedir la cabeza de las futuras Megalodón con los argumentos que se utilizan para reprobar a la fiesta brava de los toros?

Voy más lejos. ¿No existe en el relato antiabortista una visión falsa e idílica de la vida que niega la realidad de nuestras vísceras y nuestros derechos a romper con el verso “clean” de la concepción y la maternidad? Por el camino que va la discusión, terminaremos prohibiendo la serie negra de Goya por sembrar ideas negativas en los chicos, alentar la misantropía y glorificar el satanismo.

De seguro, los cortes a Megalodon, sus exigencias de filtración aséptica de sus contenidos, caminan y descienden por el desbarrancadero inquisidor que nos asola en el milenio. Una nueva edad media anticipada por Umberto Eco.

Al final del día, quiero quedarme con la idea original del largometraje casi trash: la de rescatar, del fondo de los océanos audiovisuales, a todo lo que la meca desea enterrar. Es decir: lo feo, lo cutre, lo malo, lo abyecto, lo enfermo, lo incontrolable, lo histórico, lo demencial, lo patológico, lo pasado carente del glamour de las series de Netflix.

Imagino que Megalodon es un mar como el de Solaris, que reencarna nuestro subconsciente y que, por tanto, reclama nuestro fariseísmo, nuestra desgracia global, devorando como Saturno a los hijos de una sociedad conformista, egocéntrica y atontada con sus ilusiones mesiánicas de reflotar  Jurassic Park para convertirlo en una atracción de feria que es la del Hollywood voraz y clónico del siglo XXI.

Por tanto, una película autoconsciente de su ambición, de su derroche y de su pequeña gran contribución al análisis geopolítico de la posmodernidad con su plan de coproducciones con China, mirando a un aliado estratégico futuro e integrándolo al imaginario audiovisual (vean, ya me puse en plan de Jameson y todo). Y sí, en el medio, un homenaje chirriante al Spielberg que murió en las fauces de Sharknado, la síntesis de una escuela cinéfila asentada en una autocrítica paródica, naturalmente estéril, pero sin duda menos inane e intrascendente de lo que parece.

Comentario aparte para el señor Jason Statham que en Megalodon confirma que se toma en serio el laburo de “Expendable” y que ha devenido en símbolo de las fuerzas de la naturaleza que odia el sistema de la estatuillas, aunque les dé de comer a todos los Del Toro (uno que hace las monster movies que sí reciben Leones de Oro).

Paradojas del feudalismo cinematográfico.

 

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