Mute
Reino Unido, 2018, 126′
Dirigida por Duncan Jones
Con Alexander Skarsgård, Paul Rudd, Justin Theroux, Florence Kasumba, Noel Clarke, Daniel Fathers, Livia Matthes, Kirsten Block, Gilbert Owuor, Alexander Yassin, Eugen Bauder, Seyneb Saleh, Nikki Lamborn, Robert Nickisch, Anja Karmanski, Robert Sheehan, Levi Eisenblätter, Rosie Shaw, Luisa Wolf

Una época empobrecida

Por Miguel Peirotti

¿Dónde estás, hermano? No le pregunto a los Coen sino al hijo de David Bowie, al Duncan Jones que nos entrampó a lo lindo con la gran Moon (2009), una maravilla que combinaba arte maestro y entretenimiento popular con el tacto de los grandes contadores de cuentos del cine: una historia redonda en lo narrativo como circular en lo argumental, siendo esa figura, el círculo, un código. 8 minutos antes de morir (2011), regó la planta de la expectativa por el talento de este hijo de aquel marciano sagrado que durante toda su vida nos convenció de que era un vulgar terrícola con talento. Pero luego sobrevino el cataclismo: Warcraft: el primer encuentro de dos mundos (2016), un reguero de de cine sobre pantallas verdes que heló la sangre del más caliente al plantear una nueva dimensión del fracaso en las adaptaciones al cine de videojuegos. Hoy, señoras y señores, los videojuegos están saliendo más honestos: son lo que parecen. El cine está mintiendo a lo loco.

Teatro de revista. ¿Dónde estás, Duncan? Pregunto porque Mute es el puto Cirque du Soleil de ácido, pero de los ácidos que pegan mal, no los que abren la cuca a la que hacía referencia Spinetta, otro extraterrestre que vino a compartir sabiduría ancestral, si de hippismos hablamos. De hecho, la película de Jones se tendría que haber estrenado en el Luna Park, no en los cines. ¿O es que lo único que se nos ocurre con el futuro es un desfile de pelucas azules y aplicaciones tecnológicas pensadas sobre la base de las actuales? ¿No habíamos dejado atrás este capítulo en el que la ciencia ficción solo puede pensarse como una proyección de las especulaciones del presente? Volvimos al futurismo rococó de temporada de Carlos Paz y no fue por gracia de Joel Schumacher ni de Flavio Mendoza.

El canon insuperable del pasado futuro. Por Tutatis, no habrá por largo tiempo, a este paso, una película que, ya no digo supere, sino, cuando menos, que iguale a Blade Runner, ese cáliz sagrado del cine hecho con inteligencia suprema, con un director manipulado cognitivamente por los dioses, con edificios inmundos y resbaladizos, vapores sucios, autos que vuelan pero que están hechos mierda por el uso, como el suelo cubierto de agua y basura, y replicantes que sujetan palomas mientras se despiden de la vida jactándose melancólicamente de las batallas intergalácticas en las que participaron como hijos del hombre.

Sobreproducción. Pero volvamos, porque la irritación me hace desvariar. La ciencia ficción, mejor dicho, la Ciencia Ficción, porque es un terreno mayúsculo, está siendo saqueada. Y el saqueo, a lo vikingo, está ganando la batalla porque ahora todos hablamos de un boom con las manos sudadas de entusiasmo. Boom es cuando la cantidad promedia con la calidad. Esto que ocurre en la actualidad se llama sobreproducción. No son lo misma cosa. ¿O por qué hay tanta pasión por la nostalgia de los ’70 y ’80? “Todo tiempo pasado fue mejor” es la frase más reaccionaria que se puede enarbolar, el eslogan de la barbarie mental. Pero si el cine sigue despreciando así a la cinefilia, en poco tiempo seremos una pandilla de viejos reaccionarios… con la razón en nuestras manos y una remera con la frase estampada.

“Inside the computer”. Mute transcurre en el año 2050 y el protagonista es un flaco tímido pero con alto potencial de peligrosidad que interpreta Alexander Skargard, a quien nunca podremos creerle del todo su reciedumbre mientras recordemos que fue uno de los amigos de Zoolander en 2001 y que se peleaba por un capuchino. Al tipo le secuestran la chica que le gusta y se pasa toda la película buscándola. Al terreno del neo-noir derecho viejo. Pero no hay replicantes ni actuaciones colosales y nadie tiene el pelo tan blanco como Roy Batty. ¿Sueñan los cineastas con espectadores-oveja?

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