Nace una estrella
EE.UU., 2018, 135′
Dirigida por Bradley Cooper.
Con Bradley Cooper, Lady Gaga, Sam Elliott, Andrew Dice Clay, Rafi Gavron y Dave Chappelle.

The Same Old Story

Por Rodrigo Martín Seijas

Quizás no se trate de una simple casualidad que Bradley Cooper haya elegido para su debut en la dirección un proyecto que antes había sido considerado por Clint Eastwood, quien lo había dirigido en Francotirador. La puesta en escena de su versión de Nace una estrella se construye casi como una declaración de principios, una reivindicación del clasicismo y la necesidad –en tiempos marcados por el cinismo- de rescatar historias transitadas numerosas veces, en pos de hallar los elementos que las hacen actuales. El film se permite hacerlo explícito en el discurso, con unas líneas de diálogo estupendas: “la música es esencialmente doce notas entre cualquier octava, doce notas y la octava que repite. Es la misma historia contada una y otra vez, eternamente. Todo lo que un artista puede ofrecerle al mundo es cómo ve esas doce notas. Eso es todo”.

Esa cita ya bastaría para explicar las metas y las formas de alcanzarlas por parte de Cooper, su conciencia plena de que el amor casi predestinado y pasional al extremo puede -y merece- seguir siendo contado. Pero hay también imágenes y sonidos, momentos puntuales que se van sumando: Nace una estrella es una película despareja, con unos cuantos desniveles y excesos, pero que posee varias secuencias memorables, que van de lo épico a lo sutil, y que definen a los personajes con un par de trazos, a puro golpe de clasicismo (nuevamente la estela de Eastwood). Es que el amor entre Jack y Ally, ese encuentro romántico casi casual, donde se cruzan y retroalimentan lo ascendente con lo descendente a nivel artístico y existencial, se va construyendo desde la acción más pura. Esa acción que toma forma de canciones, de letras que dicen mucho sobre lo que piensan y sienten, pero también de conversaciones, de miradas, de cuerpos encontrándose, conociéndose, aprendiendo a quererse. Y de momentos espléndidos, como el que ocurre en el garaje de un supermercado –donde Jack y Ally empiezan a decirse eso que no le dicen a nadie- o en el primer recital en el que Ally se anima a cantar, mostrando todo su potencial, sacando todo lo que tiene adentro, revelándose ante el público, pero también autodescubriéndose.

Porque lo mejor de Nace una estrella surge cuando se hace carne cinematográfica (es decir, cuando se confía en el cine como un lenguaje con dispositivo que es capaz de expresar emociones) desde lo expresado en las canciones, los silencios o los momentos de pura química entre los protagonistas, como un drama musical y romántico sin vueltas ni subrayados, con personajes rotos, tratando de repararse a sí mismos y al que tienen al lado, aunque la tragedia y la pérdida estén acechándolos desde las sombras. Distinto es cuando la película –especialmente hacia su último tercio- se obliga un poco a sobre-explicitar lo trágico y autodestructivo en Jack, su pasado que condena su presente y le imposibilita delinear un futuro posible. Allí es cuando aparecen los excesos, las instancias donde se roza la manipulación, que van a la par de una mirada un tanto facilista sobre el mundo del espectáculo y la superficialidad que lo caracteriza. Pero también esas decisiones atentan contra el cine físico y emocional (y presente) de acciones, ese que no precisaba de ningún backstory de personaje.

Así y todo, con algunos deslices, Cooper no pierde de vista que lo importante son los personajes, sus emociones, sus deseos, las cicatrices que los atraviesan y los gestos que los definen. Eso es lo que también explica que el propio Cooper –particularmente en sus momentos más relajados y sinceros, en los que baja la intensidad- esté muy bien; que lo de Lady Gaga sea pura belleza interpretativa; pero que además Sam Elliott vuelva a dar una lección de nobleza cinematográfica; y que Andrew Dice Clay la rompa cada vez que aparece. Sus actuaciones responden a un clasicismo esencialmente afectivo, que emparenta a esta versión de Nace una estrella con otros films recientes como Loco corazón, donde lo autodestructivo también jugaba un rol determinante, pero especialmente la nobleza y la sinceridad en la narración. Esa misma nobleza y honestidad impregnan la mirada de Cooper, que todavía está lejos de la maestría pero que a su opera prima llega con conceptos claros, palpables, y una férrea voluntad por releer y reinventar esas doce notas.

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