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Tiempo de lectura: 4 minutosNever Rarely Sometimes Always

Amilcar Boetto

Never Rarely Sometimes Always 

EE.UU., 2020, 101′
Dirigida por Eliza Hittman
Con Sidney Flanigan, Talia Ryder, Théodore Pellerin, Ryan Eggold, Sharon Van Etten, Drew Seltzer, Lester Greene, Kim Rios Lin, Luz Ozuna, Brett Puglisi, Aurora Richards, April Szykeruk, Alana Barrett-Adkins, Michael Erik, Guy A. Fortt, Rose Elizabeth Richards, Deepti Menon, Carolina Espiro

La paradoja del gris

En el mundo de la crítica suele haber ciertos conceptos que comienzan a repetirse como un lugar común y que muchas veces impiden reflexionar con cierto criterio. Sirven, al menos en un inicio, como condensación y agrupación de ideas útiles para hacernos entender y marcar un código, pero al final de cuentas, en la mayor parte de las ocasiones se transforman en un lugar común que se aplica con una total irreflexividad. Esas ideas afectan incluso a la experiencia de ver una película, ya que la suma de esos conceptos a los que nos arraigamos interrumpen nuestro visionado, cuestionando lo que vemos. Miramos condicionados, al final de cuentas. Uno de estos conceptos es el remanido golpe bajo. Sin lugar a dudas es una frase completamente aplicable a un grupo de películas en particular -y ocasionalmente un buen recurso para orientar rápidamente la posibilidad de lectura que se le otorga a cierta película- pero el problema está en que este concepto al igual que varios otros se han convertido en una etiqueta, en un definición rápida y automática de los que nos parece una película: ¿Es o no es una película golpebajista? No hace falta explicar por qué esa pregunta analiza la experiencia en vez de amplificarla. Y convierte al ejercicio en un estante de supermercado de las ideas rápidas.

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Esa introducción era necesaria porque Never Rarely Sometimes Always es una película inclasificable bajo aquellos modos de crítica. La película de Eliza Hittman es incomoda si se la quiere pensar como golpebajista o no, tribunera o no, cruel o no. Sea como fuere, lo cierto es que se trata de una película gris en varios sentidos. La protagonista, Autumn, calla y parece retener algo; a su vez Pennsylvania y New York se ven indistintamente gélidas. Lo gris, lo indeterminado, lo difícil de clasificar, en definitiva, es aquello que sobrevuela la película.

En este sentido se me venía a la cabezaThe Assistant, película que tiene muchas similitudes con NRSA: las actuaciones contenidas (no es novedad señalar su constancia en el cine independiente americano de los últimos años) siempre al borde del llanto, como una bola atorada en la garganta, el movimiento de cámara con una constante en el fuera de foco y la fijación por los planos cortos, construyendo un fuera de campo constante son operaciones formales en común entre ambas películas. Sin ir mas lejos podríamos pensar que, en oposición a películas que quieren gritar a los cuatro vientos su feminismo -quedar bien frente a los grandes públicos y ser aplaudidas por «comprometerse en mostrar la urgencia»- este dúo de películas encuentran, al menos en la opacidad ante los hechos traumáticos que las otras películas buscan denunciar, una respuesta política y una mirada lúcida.

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Esa lucidez política marca una diferencia operativa. La comunicación de la denuncia de las películas que construyen mediante la demagogia discursiva queda sustituída aquí por la vivencia afectiva de un proceso, lo que bien podríamos llamar el desenvolvimiento de un afecto. Y aquí, es donde aparece una cuestión que habría que preguntarse. Si es la contención funciona como acto política que se refrena ante la tentación de la parafernalia expositiva de películas demagógicas… ¿cómo debe ser aquel momento en el que la contención tambalee, en donde aparezca el riesgo de que la protagonista quiebre? ¿Debe haber un cambio formal, un salto cualitativo que marque una diferencia con respecto al resto del film? NRSA parece decirnos que no, que lo que sucede debe ser un acto de intransigencia total. Llevar al fondo una de las grandes características formales que la película había sostenido, retener el plano en el rostro de Autumn, inamovible, ignorando el fuera de campo de la doctora que le pregunta (hay poquísimos contra planos en una escena muy larga) y el aún más grande fuera de campo que es el pasado, lo que sucedió antes de la película, fuera de campo que Autumn solo nos deja entrever en ese momento intimo de casi quiebre, a través de monosílabos («Never», «Rarely», «Sometimes», «Always»).

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La intransigencia de Hittman -formal y narrativa- también se puede ver en la figura de los hombres, que en esta película parecerían ser los grandes villanos (desde el chico que le grita a Autumn al principio, hasta su padre, el chico del ómnibus o su jefe) que por donde pasan vuelven más hostil un clima ya de por sí agobiante (por la ya anteriormente marcada gelidez de las ciudades, del fuera de campo sonoro, de la apenas perceptible profundidad de campo). De hecho, en las escenas con Théodore Pellerin, la película logra momentos de enorme tensión, como aquel en el que Autumn está en un karaoke y observa como la mano de él está apoyada en la pierna de su amiga. Al crear estos climas de hostigamiento (los besos a las manos cuando reciben la paga por parte de su jefe) y de tensión, a su vez con la constante contención de su protagonista (olvidado, es verdad, de vez en cuando bajo alguna puteada –eat shit, fuck off-) y la constancia de la directora en retener esa situación formal y narrativa, podemos asumir que Never Rarely Sometimes Always es una película cargada de ira, si, pero también una película plenamente consciente de que el modo en el que la ira se exterioriza es también una decisión política. Una película hecha con los dientes apretados y con las lágrimas contenidas. Se podrá decir muchas otras cosas, pero ese enfado, esa vena hinchada, esas ganas de mandar todo a la mierda es algo a destacar, porque, quizás la conciliación sea una gran salida racional pero no emocional.

Dispuesta sobre la paradoja de construir una racionalidad rabiosa es que comprendemos el juego de la película. A veces hay que abandonar los lugares comunes del pensamiento. Porque en las zonas grises se encuentran los recorridos mas estimulantes.

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