3 From Hell 
EE.UU., 2019, 111′
Dirigida por Rob Zombie
Con Sheri Moon Zombie,  Bill Moseley,  Kevin Jackson,  Wade Williams,  Sid Haig, Jeff Daniel Phillips,  Clint Howard,  Danny Trejo,  Pancho Moler,  Emilio Rivera, Daniel Roebuck,  David Ury,  Sean Whalen,  Austin Stoker,  Dee Wallace, Richard Brake,  Bill Oberst Jr.,  Richard Riehle,  Dot Jones,  Tom Papa,  Jan Hoag, Lucinda Jenney,  Chaz Bono,  Barry Bostwick.

Hay que

Por Federico Karstulovich

Hay que volver a mezclar la guasca y la sangre. La mierda y el pis. La basura y toda la bosta que tengamos a mano para recuperar al terror al terreno subalterno al que pertenece. Porque sino nos vamos a quedar con nada. Y los civilizados habrán ganado. Hay que sacarle la pátina de estilo. Hay que convertirlo en algo grasa. Hay que retrotraer al género al porno. Hay que hacerlo mierda para que reviva. Hay que sacarlo del lugar en el que está (cada vez más sofisticado para los jueves de estrenos, cada vez más bonito y estilizado para los festivales que buscan directores que experimenten con cosas raritas). Pero politizarlo no es ponerlo a decir cosas sobre Trump. No es hacerlo hablar sobre cuan progre somos (pobre Carpenter, que no paran de saquearlo una y otra vez para usarlo como carnada de pique progresista cada vez que se invoca a Sobreviven y a La Cosa), sino que una repolitización del terror pide a gritos un retorno a las fuentes catárticas. Al miedo. Y si no fuera el miedo, así asco. A la repulsión. Pero no a la gratuidad sádica de los maleantes de turno que vienen bien vestiditos a la alfombra roja en done el género se desangra. No, el terror también tiene un código y una ética que piden a gritos ser respetados.

En un mundo en donde se reconocen cada vez menos especialistas y sobran quienes manejan un amplio marco de posibilidades y recursos, ser especialista es también una declaratoria de principios. Rod Zombie decidió, desde su ingreso al mundo del cine, ser un especialista. Con mayor o menor suerte intentó revisitar, releer, reescribir aquello que siempre lo ha fascinado: el cine de los 70s en general, la violencia en particular, el slasher, Peckinpah, el western crepuscular. Y algunas cosas más. Pero casi siempre con el marco del terror como género unificador de obsesiones. Posiblemente en ese registro la trilogía de los asesinos es lo mejor que haya concebido. Por su salvajismo, por su reticencia a ser leída como un mero juego de estilo con el pasado y con la nostalgia. Porque los tres filmes de RZ que componen la trilogía en cuestión, en escencia, son películas incómodas. Anómalas, extrañas tanto en 2003 (año en el que estrena La casa de los 1000 cuerpos), como en 2005 (cuando estrena Violencia Diabólica). Pero hoy más que nunca. Con esta -al menos hasta la fecha- culminación de la fiesta que proporciona 3 from hell (que como era de preverse no tuvo estreno argentino como tampoco lo tuvo la segunda parte de esta saga).

3 from hell es una película que tiene un montón de limitaciones, ciertamente. Pero también un montón de ideas. Es una película que nace y muere viva porque se equivoca y arriesga. Porque no especula, sino que juega, como hacían las vanguardias, a patear la pelota hacia adelante y correr detrás de ella e improvisar un infernal luego de posibilidades que sobre la marcha se van modificando -porque la película es una gran huída mutante-. Muerto Sid Haig (en la realidad y en la ficción, como el Capitan Spaulding, el líder del clan de asesinos de los primeros dos films) RZ se las rebusca para encontrar los medios para reemplazarlo. No para sustituir su aura pero si, en todo caso, para prolongar su legado de violencia. Porque si algo marca el ritmo vital de esta película-lodo es la violencia como factor rítmico. Como si fuera un film porno, como en un rape and revenge (aquí hay, inevitablemente, algo de ese género marginal y salvaje como pocos: un trío masacrado por la violencia institucional vuelve para vengarse), la violencia desatada va contrapunteando todo el devenir en donde el origen verosímil de los hechos (tres asesinos huyen de la carcel y continúan sus matanzas en un improbable exilio a México, en una frontera pensada con cartón pintado) hasta el paroxístico final, que en alguna medida el director opta como reescritura del final de la segunda película (como si ese cierre peckinpahiano de Violencia Diabólica se transformara aquí en una celebración libertaria de la vida y no de la muerte).

Pero lo que resulta estimulante de esta tercera entrega es que RZ parece cada vez menos deudor de un pasado en particular al cual, a primera vista, parece añorar. No: parece, en todo caso, un director consciente del tiempo que le toca y convierte a esa conciencia en expresión (algunas de las líneas expresadas por los personajes dan cuenta de esto, solo es cuestión de poner atención a algunos de los parlamentos sostenidos por cada uno de los protagonistas), como si en alguna medida la película tuviera un pie puesto en la violencia genuina del espectáculo del horror (al final de cuentas estamos frente a un ejercicio híbrido de gore y western) y otro en una reflexividad sutil, discreta, que aflora en momentos contados. Esa conciencia de clase de género habilita a la película a un extraño slalom entre momentos de humor zumbón, una cinefilia más o menos explícita (con homenaje lateral a Tod Browning y Lon Chaney incluídos), salvajadas representadas con diversos modos de estilizar la violencia (desde un montaje elíptico hasta una sucesión de virtuosos ralentis) y momentos para la comedia negra. Pero el gran punto es que Rod Zombie filma como si jugara al amateurismo, a la clase B. Pero no es Robert Rodriguez, quien deja su marca de distanciamiento. En RZ la operación es realmente afectiva: no hay un cine al que desprecia pero representa porque comprende que es cool. En su cine hay una apreciación de los géneros desde el costado más cruel. Por eso sus películas no parecen las de un visitante ocasional, sino las de un profesional que desea ser amateur. En esa vitalidad amatoria con el cine es en donde 3 from hell resulta vitalizante para el contexto de corrección política presente.

En este contexto de terrores epidérmicos, ordenados, programáticos, elípticos, incoloros, inodoros e insípidos, hay que defender a esta clase de películas. Su salvajismo es algo más que un gesto. Es la última frontera que debemos defender frente a quienes quieren destruir, estilización de por medio, un tiempo que fue hermoso y fue libre de verdad.

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