Abducted in Plain Sight
EE.UU., 2017, 91′
Dirigida por Skye Borgman
Con Jan Broberg,  Mary Ann Broberg,  Bob Broberg,  Pete Welsh, Karen Campbell,  Joe Berchtold,  Susan Broberg,  Cor Hoffman,  Caroline Pearson, Diana Concannon,  Paula Fass,  Annette E. Belnap,  Danielle Holjeson

La omisión

Por Federico Karstulovich

A principios de los 90, por motivos que desconozco, apenas con 11 años encima, me fascinaba la idea de estudiar periodismo deportivo y trabajar en ello. Hoy no se me ocurre nada más distante. Pero en aquel momento el interés era grande. Coleccionaba revistas sobre el tema, escribía ensayos sobre distintas disciplinas. Pero de tocar una pelota o hacer deporte, nada de nada. Será por eso que cuando una tarde, un vecino de mi edad, que vivía unos pisos más abajo en un edificio gigante, en el que viví durante un año, en Coghlan, me propuso un plan extraño, acepté sin pensar en las consecuencias.

En ese entonces mi vieja laburaba la mayor parte del día. Y durante las vacaciones, si no la pasaba con los pocos amigos que tenía, lo pasaba solo leyendo o escribiendo en el piso 15 de la torre en la que vivía. Esa tarde de verano mi vecino me propuso meternos a escondidas a un edificio en el que vivía el entonces arquero titular de un club de futbol de primera división cuyo nombre no daré. Logró convencerme diciéndome que si íbamos y lo esperábamos en la puerta de su casa no solo nos daría un autógrafo sino que también podríamos entrevistarlo ya que otros amigos le contaron que ya lo habían hecho. La idea no solo me pareció buena sino que a los pocos minutos estábamos metiéndonos en el edificio, esperando que volviera del entrenamiento.

Nos fuimos a la terraza de su casa (un edificio de 10 pisos) y esperamos ahí para bajar cerca de las 17, que era la hora en la que estaría de vuelta. Por un rapto de azar, ese día mi mamá volvía antes y me percaté que si me quedaba a hacer la entrevista al arquero ella se iba a enojar. Me fui y quedó mi amigo, al que nunca volví a ver ni con el que nunca volví a hablar por expresa prohibición. En ese momento no entendí muy bien por qué, luego de contarle a mi madre, tuvo esa reacción. Pero con el tiempo terminé de comprender que esa tarde mi madre pudo haber vuelto más tarde y la historia ser otra. Con esto no estoy sugiriendo ningún abuso posible (aunque en ese entonces, en el historial de River Plate estaba fresco el antecedente de la violación a un menor ejercida por el ex director técnico del club, el Bambino Veira), pero si que las libertades que tenían (teníamos) los niños entre un mundo de adultos podían habilitar, cuando menos, situaciones incómodas, confusas, extrañas. Y eso si lo digo eufemísticamente. Con el tiempo esa clase de exposición a peligros se volvió menos tolerable pero no necesariamente menos repetidos los abusos ni menos visible la pedofilia.

Si a principios de los 90s pudo haber sido natural que un par de niños fueran a visitar por su cuenta a un adulto y que este los recibiera sin mediar presencia de los padres, no puedo ni imaginarme que podría haber sucedido en una comunidad cerrada, al norte, bien al norte del continente pero casi dos décadas antes. O al menos qué clase de cosas pudieron haberse naturalizado en alguna época en algunos contextos.
Es posible que Abducted in plain sight se trate de uno de los documentales más perturbadores de los últimos años. No por sus decisiones formales (en ese aspecto es más bien convencional, casi chata diría: planos fijos, cabezas parlantes, reconstrucción actuada, archivos fotográficos y en video), sino por el abismo que encierra, logrando que a cada paso el asunto se vuelva cada vez más oscuro hasta límites insoportables que no tienen nada que envidiarle a Twin Peaks. Como en aquella hay un pueblo pequeño, silencios convenientes, una familia que prácticamente entrega a su hija a las manos de un pedófilo psicópata. Pero es solo el comienzo: también hay extraterrestres, hay dos secuestros y chantajes. Y un montón de vacíos que si bien inicialmente pueden interpretarse como errores narrativos o de investigación pero que luego se convierten en el centro: por qué esa familia dejó que su hija fuese secuestrada dos veces por la misma persona? Por qué decidieron retirar las denuncias en su contra? Cuál es el rol del pueblo para sostener semejante silencio? Por qué el pedófilo fue sobre sobreseído en todos los casos?

El documental de Skye Borgman no solo es increíble por la historia inverosimil que cuenta. Lo es, precisamente, porque tiene todos los elementos para fundar esa historia en rigor de los acontecimientos. Para peor, son los mismos partícipes de los hechos quienes dan testimonio frente a cámara: la entonces menor de edad Jan Broberg, su madre Mary Ann, su padre Bob, las hermanas de la primera y otros varios. Pero el eje del documental, afortunadamente, no es nunca el caso y su amarillismo. La perturbación no radica en lo dicho ni en lo fundamentado con gestos, llantos y palabras, sino en lo que queda interdicto. Lo que no se dice, lo que no se habla, lo que no se verbaliza o se dice a medias, es el verdadero eje que mueve la rueda-monstruo que nos va dejando pasmados minuto a minuto que avanzamos y nos adentramos en el mundo de esa familia. Y quizás la mayor perturbación le pertenezca, precisamente, a ese fantasma que construye toda naturalización de las aberraciones. Porque ese es el verdadero terror de esta película: ninguna de las aberraciones descritas (violaciones, abusos de distinto tipo mediada por lo que suponemos pudo haber sido la aceptación de los padres de una menor entregada a un adulto y a su perversión sexual) parece ser motivo de espanto. O en todo caso: Abducted in plain sight logra hacer del relato del espanto -como en alguna ocasión lo hizo The act of killing– un hecho cotidiano.

Es por eso que todo aquello que nos preguntamos cuando vemos este documental no tiene respuesta alguna. No solo porque el documental ha optado por la omisión, sino porque el principio de sustracción es el que determina la cadena de los hechos. Acaso estemos ante el gran documental del fuera de campo narrativo-verbal de los últimos años. Pero ante el primer visionado no podemos más que preguntarnos si lo que acabamos de ver pudo haber sucedido realmente, alguna vez, en algún rincón del mundo. Los espantos se susurran y se esconden en la vida diaria. Es cuestión de saber hallarlos.

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