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Tiempo de lectura: 3 minutosÚltimas conversaciones

Fernando Luis Pujato

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[et_pb_column type=»4_4″][et_pb_text admin_label=»Text»]Últimas conversaciones (Ultimas conversas)
Brasil, 2015, 87’
Dirigida por Eduardo Coutinho

Adiós… a todo aquello.

Por Fernando Luis Pujato

Ya no más el intento por capturar algo casi irremediablemente perdido veinte años después de aquél primer proyecto interrumpido por el golpe de estado contra Joao Goulart: mostrar la vida del líder campesino João Pedro Texeira conjugándola con los movimientos campesinos en el norte brasilero. También, ya no más, exponer flagrantemente un doble artificio -el teatro y el cine- pero sí empeñarse por volver indistinguibles la ficción y lo real mezclando voces y posturas de mujeres que no son actrices y mujeres que sí lo son. Ya no más el deambular un tanto erráticamente por el sertão hasta encontrar el umbral de acceso -el informante clave en antropología- a un mundo olvidado por los dioses y los hombres aunque profundamente humano y religioso. Y también, finalmente, ya no más transitar por oscuros pasillos de un monstruoso edificio cercano a las playas de Copacabana deteniéndose cada tanto para ingresar a departamentos tan ascéticos o barrocos como sus propietarios.

La recreación de Cabra, marcado para morir (1984) y la representación de Juego de escena (2007); el discurrir por el espacio público en Fin y principio (2005) y auscultar el espacio privado en Edificio Master (2002): todas ellas estrategias, formas y maneras de aproximarse al pasado, a través de la memoria de personas determinadas, en lugares determinados, intentando dilucidar no solo porqué hemos llegado hasta aquí sino también como y de qué manera. Todo este discurso inscripto en las imágenes imperecederas del cine -o al menos así nos gustaría que fuera- construido afanosamente a lo largo de más de un cuarto de siglo sobrevuela fantasmagóricamente el último film de Eduardo Coutinho; pero es poco más o menos inaprensible.

Sí, están los testimonios de varios adolescentes, mujeres y hombres -en el segundo bloque de Últimas conversaciones – hablando de sus padres separados o no, de su paso por el secundario, de sus ansias por ingresar a la universidad y no mucho más que esto. Casi todos viven en las favelas o muy cercanos a ellas pero no son personajes surgidos de las páginas de Los condenados de la tierra (1961) -el libro de Franz Fanon-, los desheredados de todo. Sus madres y sus tías, y en alguna medida sus padres, han trabajado duro para que puedan tener ese porvenir que ellos no tuvieron, y si bien es cierto que algunos han sido maltratados en la secundaria esto no significa que su condición racial y social haya sido la causa excluyente; en algunos casos sí, en otros no aunque, ya lo sabemos, el bullying funciona para todos aunque para algunos funcione más que para otros. Nada de su niñez, muy poco de su pre adolescencia, algo de su hipotético futuro. Sí, en el tercer y último bloque también aparece por la puerta, algunas veces abierta y otras veces cerrada de la habitación en la cual se llevan a cabo las entrevistas, una niña de tres años con toda su inocencia a cuestas y sus respuestas del tipo “Jesús es un hombre que se murió” -algo que Coutinho repite varias veces en voz alta encantado con esta frase. Perteneciente a la pequeña burguesía brasilera, de padres médicos, con dos niñeras, colegio privado e, imaginamos, sin apremios económicos de ningún tipo, es un soplo de aire fresco a la abulia de haber escuchado más o menos lo mismo durante el segmento anterior; pero es sólo eso: un soplo. Hay algunos acercamientos de cámara a primeros planos cuando la situación deriva hacia un llanto contenido o alguna sentida confesión o algún karaoke con el celular o algún silencio prolongado y dos variantes con respecto a si la bendita puerta de acceso debe quedar abierta o cerrada. Punto. Y finalmente esa primera parte, que es en realidad la cuarta jornada de un rodaje que duró cinco días, en la cual Coutinho, solo frente a cámara, se queja de que los adolescentes no tienen mucho para decir -“¿qué memoria puede tener alguien de diez y ocho años?”- y le hubiera gustado filmar solo a niños “que son maravillosos” pero conseguir el permiso de los padres era un problema difícil de resolver. Se queja de su vida y de este mundo que ya no alcanza a comprender y que debe cumplir un contrato porque tiene que vivir de algo. Se queja amargamente Coutinho y discute con su montajista, Jordana Berg, y fuma mientras los horrendos jump cuts provocan saltos en el plano fijo de su figura y pienso hasta cuando este recurso demodé y cuál es el problema de fijar el plano unos instantes para sentir o al menos imaginar el paso del tiempo; el problema es, por supuesto, ninguno. Fuma Coutinho y dice basta, ya está, no se puede remediar lo ya hecho. Corten.

Uno de los testimonios más críticos e irónicos de Fin y principio es el de Chico Moisés, un jornalero de ese sudeste brasilero sin zamba, praias, y garotas, que solo posee su fuerza de trabajo por lo tanto trabaja muy poco por lo tanto vive con muy poco pero sin embargo se ha esforzado por dejar de ser analfabeto. Casi al final del rodaje le pregunta a Coutinho, que ha permanecido junto a todo su equipo fuera de campo durante el documental, “¿soy inteligente -tal vez quería decir interesante- porque estoy siendo filmado, como los otros?” La respuesta a esta pregunta se encuentra en la primera parte de Últimas conversaciones y en (casi) toda la filmografía de alguien que dedicó mucho tiempo y esfuerzo en escuchar a los otros y hacer visible esa escucha. Más que suficiente con esto, por cierto.[/et_pb_text][/et_pb_column]
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