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Tiempo de lectura: 6 minutosAdú

Carla Leonardi

Adú 
España, 2020, 119′
Dirigida por Salvador Calvo
Con Luis Tosar, Anna Castillo, Moustapha Oumarou, Álvaro Cervantes, Miquel Fernández, Zayiddiya Dissou, Jesús Carroza, Ana Wagener, Nora Navas, Marta Calvó, Josean Bengoetxea, Jose María Chumo, Candela Cruz, Rubén Miralles, Emilio Buale

La visibilidad no alcanza

Por Carla Leonardi

Hay películas que parten de la buena intención de visibilizar problemáticas interesantes y relevantes de nuestra época, pero que terminan siendo desaprovechadas debido al tratamiento que se hace de ellas. Este es el caso de Adú (2020), película del realizador español Salvador Calvo que cuenta con producción de la plataforma de streaming Netflix. 

Se trata de un drama en clave de realismo social, pegado por momentos al registro documental, que aborda la problemática de la inmigración, la cual que pone en jaque ético a los países de entrada a la Unión Europea como lo es España. La película está organizada a partir del montaje paralelo de tres lineas narrativas que ofrecen tres puntos de vista que se contraponen temáticamente y que se tocan tangencialmente en la ciudad fronteriza de Melilla sin llegar a entrecruzarse o fundirse en su resolución final. 

La trama que abre la película es la que protagoniza Mateo (Álvaro Cervantes), un policía de la Guardia Civil que patrulla en su turno la valla de Melilla que separa a Marruecos de España. Esta barrera física de 12 km y 6 metros de altura fue construida en el año 1998 con el objetivo de impedir la entrada de inmigrantes ilegales. Está constituida por una doble malla de metal que culmina en alambres de púa y que se halla fuertemente custodiada por personal policial y por cámaras de vigilancia. 

Una noche la patrulla de la Guardia Civil se ve superada numéricamente por una caravana de inmigrantes que intenta saltar el vallado. Un inmigrante, refugiado político del Congo, queda enganchado y herido por el alambre de púa. El cabo Miguel (Miquel Fernández), que lidera la patrulla, intenta bajarlo, pero el inmigrante se niega. En el forcejeo y el movimiento propio de la valla por el peso de los inmigrantes, ambos caen al piso. El incidente termina con la muerte del inmigrante, a pesar de los intentos de reanimación que realiza Mateo. 

El caso llega a instancia judicial porque se viraliza un video y por la denuncia de brutalidad policial que realizan los inmigrantes que fueron testigos del suceso. El objetivo de los policías es conservar sus trabajos y ser exonerados. Por esto, convencidos por Miguel, se ponen de acuerdo en una misma declaración que falta a la verdad. La justicia falla a favor de los policías españoles, desestimando el caso, pero Mateo es acuciado por sentimientos de culpa.

Aquí una cuestión interesante es la diferencia entre la culpa como efecto de un conflicto neurótico entre la prohibición que instala la ley y su transgresión o el deseo de transgredirla; y la responsabilidad subjetiva que implicaría asumir el acto ético de declarar la verdadera versión de los hechos. Es por no poder situarse en esta dimensión ética que Mateo, queda enredado en sus devaneos internos de orden moral. 

Sin intentar romantizar la situación del inmigrante como paradigma de la bondad debido a su condición de pobreza (ya que ellos también son agresivos con la policía en su afán de supervivencia), el director contrapone y evidencia en esta trama por un lado, la disparidad numérica de ambos bandos en el hecho concreto, pero por otro lado, una disparidad de poder, tanto por ejercer la fuerza pública como por los privilegios legales de ser ciudadanos europeos con que cuentan los policías. Si hay violencia por parte de los inmigrantes, es en respuesta a una violencia primera y estructural que coloca en un nivel jerárquico superior al hombre blanco europeo por sobre el hombre negro africano, premisa que les dio derecho a la expropiación de las riquezas de las tierras africanas durante la etapa del colonialismo. Esta disparidad económica y social es la que perdura al día de hoy cuando se habla de países del Primer Mundo o países del Tercer mundo.

Una segunda línea argumental está protagonizada por Gonzalo (Luis Tosar), un proteccionista de elefantes español, de buena posición económica, que dirige una ONG y es asesor en una Reserva Ecológica en Camerún, en la cual se internan cazadores furtivos para procurarse el marfil. Como es quien pone el dinero para pagar los sueldos de los guardaparques africanos, Gonzalo se cree con derecho de mando sobre ellos así como de imponerles su mirada y costumbres eurocéntricas, lo cual le trae conflictos que lo llevan a ser revocado de su cargo. 

Mientras está a la espera de ser reubicado laboralmente, el activista intenta recomponer el vínculo con su hija Sandra (Anna Castillo).  La joven es enviada por su madre desde Madrid con la intención de que, pasando una temporada junto a su padre, pueda encontrar una solución a sus problemas con las drogas. Gonzalo ha sido un padre ausente, desde que se separó de la mamá de Sandra cuando ésta tenía 6 años. Pero fiel a su posición de amo, sólo atina a relacionarse con ella desde un lugar de control y vigilancia, hasta que admite que no sabe qué hacer al respecto. Su dificultad es encarnar el rol paterno desde una transmisión ligada al amor.

El par paternofilial funciona como contrapunto de la tercera historia que tiene como protagonista  a Adú (Moustapha Oumarou), un niño de seis años que vive junto a su madre y su hermana Alika en una aldea precaria en Camerún. Adú y su hermana deben huir abruptamente al ser perseguidos por los furtivos, que irrumpen de manera violenta en la choza que habitan. Los furtivos llegan siguiendo sus rastros al saberse descubiertos por su mirada indiscreta desde la maleza de la selva en el momento en que mataban a un elefante de la Reserva. Adú comienza entonces un camino lleno de obstáculos: el hambre, la sed, el frio, el dolor de la muerte de su hermana, el peligro de la pedofilia que acecha en las calles, la usura de los transportistas que lucran con los inmigrantes y el miedo a la muerte en los intentos que realiza para alcanzar la frontera con España, donde se encontraría su padre. En el camino, forja un nuevo aliado: Massar (Adam Nourou), un joven inmigrante proveniente de Somalía, que se transforma en su protector. 

La dura realidad de los niños y jóvenes africanos, que arriesgan sus vidas para llegar a Europa escapando de situaciones de violencia extrema, de la hambruna y la falta de perspectivas a futuro, se contrapone entonces a la problemática de los jóvenes europeos, que encarna Sandra. En este caso, la cuestión de las drogas se desprende como efecto del imperativo capitalista que empuja al consumo ilimitado de mercancías y de la falta de modelos de identificación parental que orienten un proyecto de vida.   

El aspecto más interesante de la película viene de boca del personaje de Miguel. Este dice: “Cuando los africanos ven esa valla creen que les dice: No son bienvenidos, éste territorio está prohibido para ustedes, pero en verdad significa: Arreglad vuestros problemas.” Aquí se cifra el cambio de discurso con respecto al Otro en el pasaje del colonialismo al poscolonialismo. 

Durante la modernidad, el Otro como extraño, era condición para constituir el conjunto del “Nosotros”. Se trata del fenómeno de la segregación, que es discursiva ya que por lógica para formar el conjunto del Nosotros, tiene que haber algunos que queden fuera de dicho conjunto. En este paradigma el Otro en tanto distinto y desconocido es fuente de misterio y de deseo, además de objeto de dominación que me opone una resistencia. En la época contemporánea globalizada y regida por la uniformidad de lo igual, de un único modo de goce hegemónico (ligado a la juventud productiva y consumidora); en cambio, se trata del fenómeno del odio. Esta condición que deshumaniza al diferente lo degrada a la condición de desecho que entonces se puede dejar librado a su suerte o se puede eliminar al resultar innecesario.

Volviendo a la película, como decía al comienzo, con las buenas intenciones de visibilizar el problema de la inmigración, no alcanza. Adú en tanto film tiene varios puntos flojos. En primer lugar, de guion. Al abarcar tantas lineas narrativas, éstas terminan siendo narradas de manera superficial y resueltas de manera burda para la complejidad que tienen los temas tratados. Además ese demasiado, tiene el efecto de quitarle fuerza a la historia del pequeño Adú, acaso la más interesante. Y por otro lado, la película es pobre en su estética visual. El abordaje realista es explicito y carente de ideas visuales que habiliten la producción de sentidos nuevos a los ya dados sobre la inmigración o de resonancias poéticas, más allá de la evidencia manifiesta. Es un producto netamente televisivo de trazo grueso más que artístico, digno de la plataforma de la gran N.     

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