Always Be My Maybe 
EE.UU., 2019, 101′
Dirigida por Nahnatchka Khan
Con Randall Park,  Ali Wong,  Keanu Reeves,  Charlyne Yi,  Karan Soni,  Daniel Dae Kim, Miya Cech,  Susan Park,  Marcella Bragio,  Michelle Buteau,  Ashley Liao, Gail Gamble,  Karen Holness,  James Saito,  Sasha Rojen,  Vivian Bang, Panta Mosleh,  William W. Barbour,  Peggy Lu,  Ellen Ewusie,  Simon Chin

La agenda marcada

Por Federico Karstulovich


1. Amo las comedias románticas porque entiendo que en ellas se cifra una de las formas más altas del artificio y la felicidad. Y el que no lo entienda y le demande realismo, bueno, se está perdiendo de mucho. Hay que volver a Stanley Cavell una y otra vez. El tipo sabía. Y entendió que la screwball, como una de las formas más artificiales del género, fue su punto más fuerte, su extremo más álgido y sofisticado a la vez. Esos años (entre el 34 y el 64, es decir, entre Sucedió aquella noche y El deporte favorito del hombre) supieron construir la perfección de un género que luego adquirió otros modos y tonalidades, incluso en ese mismo período de tiempo. Algunos de estos más cercanos a formatos más livianos (en los 60s), otros mezclándose con distintos géneros o directamente construyendo remakes (durante los 70s y 80s), otros en un proceso de recuperación de las glorias perdidas del pasado (durante los 90s) y otros intentando aggiornarse a la contemporaneidad de la corrección política (las últimas dos décadas, pero en particular el último lustro).

2. La comedia romántica está pasando por un proceso que es factible que empiecen a experimentar otros géneros. Me gusta llamar a ese proceso con un nombre: reescritura política. Como si se tratara de agotar las formas de lo conocido en el marco de nuevos ghettos de consumo. De esta forma, el pasado se borronea, se revisa y se lo hace parte de una contemporaneidad que borre las marcas de enunciación de una época. Cómo? Volviendo a hacer lo que ya se hizo, lo que ya conocemos, pero con las reglas de un presente presuntamente inclusivo. El resultado nos trae una agenda LGTTBQ+ multicultural, de manera que todos los matices posibles de representación sean contemplados sabiamente y todos quedemos contentos. La realidad es que en ese plano de oferta, la demanda es forzada a instalarse. O para decirlo de otro modo: cómo no vamos a demandar semejante oferta? Al fin de cuentas no demandar esa oferta de corrección política sería sumamente incorrecto (políticamente). Y sin corrección política no hay pertenencia posible a colectivos de representación. Y la contemporaneidad, en su negación de las disidencias individuales, no habilita no pertenecer a colectivos, ciertamente.

3. Always Be My Maybe ingresa en este trágico terreno de las reescrituras políticas. Y lo hace con una agenda plena de inclusión económica, también, en bùsqueda de un mercado multicultural (de la misma forma que, a la inversa, hoy por hoy China está construyendo mercados cada vez más occidentalizados, con un imaginario occidentalista, jugando a pleno a ser una potencia, ahora también en el terreno simbólico y de representaciones, el del cine. Pero la película de Nahnatchka Khan es bien estadounidense, sucede entre las dos costas (San Francisco y New York), ostenta varios tópicos tradicionales de la comedia romántica (un par de amigos que se quisieron mucho dejan de verse a lo largo de más de una década y se reencuentran muy cambiados, viviendo mundos casi antitéticos) peeeeero lo hace con la agenda “inclusiva” (no hay palabra más paternalista que “inclusión”, justamente porque le asigna a aquel que incluye el valor positivo de la coexistencia con el otro). No, en Always Be My Maybe no hay naturalización alguna de la coexistencia de personas de distinto origen étnico, de distintas prácticas, sino énfasis y subrayado. De hecho no imagino una película protagonizada por WASPs en la que dos blancos caucásicos cis-heterosexuales digan “estoy haciendo esta comida para negritos putos”. Bueno, en la agenda de la corrección política multicultural, hay coexistencia entre diversidades varias, pero si se las puede humillar, mejor.

3. Pero el problema de esta película no es simplemente político. No se trata de un problema de posicionamiento ante el mundo. Ni siquiera se trata de de si hacer chistes sobre minorías o mayorías está bien o está mal (de hecho, como espectador, festejo la incorrección política contra todos que ostentan obras maestras como South Park: Bigger, longer and uncut, pero en este caso es bien distinto: es el goce de acceder al poder de la enunciación con la impunidad del resentimiento, no con la incorrección política de quien se caga en el poder de turno). El segundo gran problema es que su modo de reescribir las formas de un género canónico como la comedia romántica es perezoso. No hay en ninguno de los segmentos de la película una sola idea que piense en el pasado o el presente del género, sino lisa y llana multiplicación de sus formas aggiornadas a un contexto actual. Es decir: comedia romántica fechada pero con marcas de tecnología que le impriman un sesgo de contemporaneidad al asunto representado. No, no estamos frente a The Big Sick que, con todos los problemas que pudiera llegar a tener, no deja de ser una película que se cuestiona parámetros del género en el que se inscribe. En ABMM no hay reflexión, no hay sorpresa, no hay originalidad pero tampoco hay una relación justa, ética y clara con el género. La sensación es más bien la de un uso vil. Por eso nada de lo que sucede supone la más mínima o remota emoción.

4. Estas reescrituras políticas, en cierta consonancia con reescrituras de películas del pasado o en relación a películas o series que viven en un pasado remoto al que aluden estilísticamente o por su tono, son la punta de lanza de eso que en alguna ocasión le hemos escuchado a Franco Bifo Berardi y a Mark Fisher definir como “la lenta cancelación del futuro”.
Al final de cuentas, ese fenómeno es el resultado de la obsesión por no lidiar con los fracasos pasados, con la historia y sus prácticas (las felices y las jodidas). En esas reescrituras se reinventa el pasado y se nos exige (no se nos pide) que aceptemos las nuevas condiciones de representación, que en alguna medida deben ser toleradas (no así el pasado y sus formas). En esta relación extraña y voluntarista con la historia, recorremos la línea de tiempo como un supermercado con las góndolas llenas. Pero sin libre albedrío: las marcas que nos compramos no son las que queramos, sino las que nos ofrecen forzadamente. La corrección política y su imperio psicopático tiene esas cositas: sé feliz, pero a mi manera.

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