American Factory
EE.UU., 2019, 110′
Dirigida por Steven Bognar & Julia Reichert

El mundo es tuyo

Por Sergio Monsalve

Los ochenta y noventa redujeron el cinturón industrial de Estados Unidos, provocando el vaciamiento urbano de ciudades y condados que se volvieron pueblos fantasma, vulnerables al proceso de gentrificación del territorio.

General Motors fue una de las principales empresas afectadas por el síndrome de los recortes y la deslocalización, saliendo de estados como Michigan, donde Michael Moore rodara Roger and Me, en el intento de conseguir una entrevista con el CEO de la compañía para preguntarle por qué la empresa abandonó la localidad de Flint, incluso cuando la compañía reportaba superávit financiero. El cineasta partisano filmaba, en aquel entonces, una de sus mejores películas al imprimir el testimonio de un sueño americano que se evaporaba en la cifra de al menos unas 30 mil personas que quedaron desempleadas en la ciudad natal del realizador.

American Factory bien podría ser, tranquilamente, la secuela de aquel título del egocéntrico director anglosajón -pero sin su presencia demagógica- en el mundo de las extrañas alianzas entre los nuevos republicanos y los viejos zorros del comunismo turbocapitalista de China, con todas sus represiones y violaciones a los derechos humanos juntas.

Advierte Mario Vargas Llosa, en el libro “El llamado de la tribu”, que no existe mayor daño en el ámbito liberal que el causado por sus profetas dogmáticos, a los que iguala con los charlatanes de la progresía populista.

A grosso modo, el largometraje de Steven Bognar procura un antídoto ideológico contra ambas doctrinas políticas en un espacio que disuelve, desde lo audiovisual, las clásicas diferencias partidistas, de la derecha a la izquierda. Pero también de republicanos a demócratas.

Claro que en el filme hay patronos, obreros y una línea de producción, pero el asunto es más complejo que un análisis marxista al uso, que una publicidad sobre las bondades del mercado desregulado.

El cine que explora American Factory es uno que evita las sentencias y las condenas a priori priorizando el interés por contar la historia de la llegada a Deyton de una multinacional asiática del diseño de vidrios que se instala en el esqueleto de una fábrica cerrada de GM.

Los tiempos cambian y el antiguo deseo de Michael Moore se cristaliza en la transparencia contemporánea de permitir el acceso a las cámaras de un equipo que graba todo el proceso de montaje de una franquicia del gigante FUYAO en Ohio, uno de los bastiones de la América profunda y enojada de votantes de Donald Trump.    

Durante el metraje, conocemos al misterioso dueño del emporio, Cao Dewang, un magnate chino que hizo fortuna bajo la protección de los cinco líderes de la revolución cultural, gozando del privilegio que significa emprender en un país que desconoce la ley internacional en materia de organización laboral. Los planos encuadran sus movimientos esquivos, sus decisiones autoritarias, su culto a la personalidad, su pose de pequeño emperador de una firma que se jacta de abortar y liquidar sindicatos, en aras de obtener ganancias. Alrededor del personaje no se construye un estereotipo de villano o de promotor del modelo del sweatshop, que ha inspirado otro tipo de largometrajes y documentales sobre el fenómeno de la maquila en la era de la neoesclavitud. En este caso, el perfil de Cao responde a la imagen de un billonario filántropo que encarna las ambivalencias del paradigma del capitalismo chino, que tal parece nos arropará en todo el planeta con su manto de arbitrariedad y despotismo disfrazado de campaña de responsabilidad social. 

El esquema fordista huele a un pasado que se difumina en la cadena militar y científica de FUYAO en su lugar de origen, donde la visita de una delegación de gerentes norteamericanos suscita la sospecha de contemplar un cuadro controlado por el aparato de información del estado. Tal cual como una viñeta de Corea del Norte en el documental The propaganda game. Los obreros rozagantes elaboran una coreografía que deja atrás la caricatura de Chaplin en Tiempos Modernos, imponiendo las características de los moldes del realismo social.  

Es brutal el contraste con el hastío y la desprolijidad de la sede americana de Fuyao, conformada por un melting pot de asalariados que muestran ceños fruncidos, caras de escepticismo y rostros al borde de la fatiga. Los testimonios permiten descubrir las emociones, los matices y las expectativas de los empleados de la fábrica. Sorprende la disposición, el optimismo, el buen humor y la nobleza de los jornaleros, a pesar de las circunstancias. Las barreras del idioma y las brechas culturales amenazan con liquidar la operación china en Ohio, dando como resultado un conato de guerra civil no declarada ante la prensa. El documental, afortunadamente, compensa la superficialidad del lenguaje plano de la televisión y del periodismo, al exhibir la trastienda del conflicto. 

Por eso American Factory tiene los ingredientes para ser una de las candidatas de Netflix en la carrera por la nominación documental de los Oscar, ya que el conflicto social siempre funciona bien en el orden de los premios de la academia. 

Lo he disfrutado enormemente como el espejo quebrado de lo que veo en la intervención china de mi país. Solo que en Venezuela el asunto es más opaco e irregular, pues los colonos se apropian de minas y recursos, sin garantizar el mínimo respeto a las condiciones del contexto.  

El final de la película es casi profético en el destino Blade Runner que nos alcanzó, sustituyendo a hombres por máquinas. La informatización, la robotización y el capitalismo digital son la culminación del proyecto asiático tanto dentro como fuera del cine. Si el dinero y la técnica fueron causantes de la atomización de la quinta generación de realizadores chinos, hay que reflexionar sobre qué se esconde tras el vidrio que funde la industria comunista que desea dominar el mundo.  

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