Apollo 11 
EE.UU., 2019, 90′
Dirigida por Todd Miller

El gran escape

Por Amilcar Boetto

La técnica. Considero que El Primer Hombre en la Luna de Damien Chazelle es uno de los grandes estrenos olvidados del año pasado. Una película que logró contraponer la comodidad y el encierro del calor hogareño con la frialdad asesina de las máquinas, de la técnica, como perfecto diálogo entre una tragedia privada y una hazaña (y un relato de esa hazaña) pública. Aquella película mostraba una postura más bien cercana al Carpenter de Christine, en donde la repetición (característica fundamental de la maquinara de producción capitalista) también creaba engendros asesinos, pero también con una frialdad cercana a Kubrick, en donde la muerte puede ser cuestión de segundos. En First Man, Chazelle aplicó esa fórmula a la locura por la carrera espacial, como paroxismo del tecno-capitalismo en plena expansión durante la guerra fría.

En el año en el que se cumple medio siglo del asunto, (y casi seis meses después de estrenado el film del director de La La Land) se estrena Apollo 11, un documental con material inédito filmado durante el primer alunizaje, pero que propone otro punto de vista al mismo tema que tocó Chazelle. Por qué? Porque el documental de Todd Douglas Miller es, justamente, una celebración de la precisión técnica. En esta película, el discurso de Kennedy se transforma en una suma de datos científicos antes que en un discurso inspirador sobre el futuro alunizaje. De ahí que la película esté repleta de momentos en donde lo único atractivo que sucede gira en torno a los diálogos entre Houston y los astronautas del Apollo, diálogos en donde se rebelan las acciones de la misión paso a paso.

La gente. Pero Apollo 11 no es solo eso. Básicamente porque comienza con una multitud expectante. Expectante del futuro, que es inmediato y que está por despegar en un cohete hacia la luna. Apollo 11 tiene prácticamente un primer acto entero dedicado a la expectativa, y en particular focalizado en la expectativa popular. Porque si El Primer Hombre en la Luna es una película sobre cómo la llegada al satélite terrestre se convierte en la redención para un hombre que persiguió un sueño profesional en nombre de sus afectos (su hija y su mejor amigo, este último muerto por negligencia del programa Apollo, programa del que Armstrong sería ícono paradójicamente), Apollo 11 es más bien una película sobre como hombres profesionales cumplieron una misión en nombre de un sueño colectivo: el sueño de la sociedad americana (como un conjunto abstracto y definido a la vez) de conquistar la luna. Los campos repletos de personas, las miniaturas del cohete que poseen los niños, los rostros de ilusión cuando se da el despegue, parecen indicar mucho más, al menos dramáticamente, que lo que significan los astronautas, a quienes el film les dedica apenas una secuencia de montaje found-footage acaso un poco distante.

La intimidad. Pero atención con esto: si bien los astronautas no parecen ser ni de cerca lo principal del Apollo 11, la película bien sabe que son seres humanos también. De ahí que su intimidad no sea ocluida u olvidada, sino que es representada con una humanidad y empatía propia del registro hogareño. Curiosamente, las imágenes del interior de la nave parecen más cercanas a las imágenes que Chazelle reservaba en su largometraje para el interior del hogar de Armstrong. Porque los planos fijos quedan para el exterior de la nave, precisamente lo contrario al film protagonizado por Ryan Gosling. Pareciera, entonces, que el despliegue técnico sucediera siempre por fuera de la nave: en Houston y en los demás centros de control, mientras que el interior de la nave está contenido por cierta ternura sostenida por esas imágenes de archivo filmadas con cámara en mano, quizás como cualquier familia filmaría sus vacaciones por algún lugar en 1969.

El escape. Una de las grandes teorías conspirativas al rededor del alunizaje (más allá de aquella que señala que fue una gran farsa filmada por Stanley Kubrick en el interior de un estudio) es que fue una misión llevada a cabo a las apuradas, no solo por la competencia espacial con la Unión Soviética, sino también para cubrir las atrocidades que se estaban cometiendo en Vietnam, además, claro está, de otras irregularidades dirigenciales del gobierno de los Estados Unidos (que terminarían condensandose a partir del escándalo de Watergate apenas unos pocos años después). Esta teoría propone al alunizaje como un escape para la sociedad americana (escape que sin lugar a dudas existió y que la hazaña terminó de proporcionar), puede emparentarse perfectamente con los grandes eventos nacionales que se suscitan en el contexto de hechos atroces (como el mundial del ’78 para la dictadura argentina, sin ir muy lejos, pero salvando las distancias, claro).A su vez, Neil Armstrong (el personaje de la película de Chazelle) tomaba el viaje a la luna como un escape de su matrimonio en caída desde la muerte de su hija, o al duelo precisamente por esta muerte.

La culpa. Todo esto me hizo pensar en algo que me cuestiono habitualmente: ¿Qué tan mal hacen los escapes? ¿Es tan negativo que una obra, o un acontecimiento sea escapista? Por supuesto la respuesta es ambigua: padecimiento y sufrimiento no necesariamente expresa conciencia política. Es un sentimiento contradictorio. Y como todo sentimiento contradictorio, uno que nos incomoda. ¿Hasta qué punto soportar la lógica de la felicidad volcada en cualquier otro aspecto que genere pasión no justifica el accionar del poder en otros ámbitos? Lo que se me ocurre es un juicio cualitativo: que hecho merece la atención de la gente o no. El alunizaje es, desde ya un hecho histórico y único en la historia de la humanidad. Representa, entre muchas cosas, el avance del hombre por sobre la naturaleza. Por eso la comparación con un hecho deportivo en el marco de una dictadura no deja de tener algo de banal. Pero… ¿Quién soy yo (o cualquiera) para juzgar que debería ser más o menos interesante/trascendente/definitorio para los demás? ¿Por qué se debe imponer una moral para, en tiempos de crisis, prestarle menos atención a cosas banales, cosas que, aunque sea por un rato, generen alegría? No se me ocurre una respuesta ahora, solo se me ocurre que no se puede juzgar la felicidad de la gente de esa forma (y esa felicidad emerge de los poros en una película como Apollo 11, en esos ojos llenos de lágrimas de alegría que atraviesan buena parte de lo que vemos), pero que al mismo tiempo se debe tener una mirada crítica ante lo que sucede al rededor nuestro y el por qué de esa felicidad. En definitiva, puras contradicciones. Qué sé yo.

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