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Tiempo de lectura: 4 minutosAtlantique

Marcos Rodríguez

Atlantique
Senegal, 2019, 100′
Dirigida por Mati Diop
Con Ibrahima Mbaye,  Abdou Balde,  Aminata Kane,  Mbow,  Mame Bineta Sane, Diankou Sembene,  Nicole Sougou,  Babacar Sylla,  Traore

Junto al mar

Por Marcos Rodríguez

En contra de mi primera impresión, y de lo que me gustó del principio de Atlantique, lo que termina por sostener esta película luctuosa y de superficie sensorial es, curiosamente, su costado genérico. La cosa empieza con el más puro y duro realismo documentaloso y el tema retratado (los jóvenes senegaleses que se suben a una barca y desafían todo para perseguir el sueño de llegar a Europa, con abundantes consecuencias trágicas) podía hacer temer lo peor de la mirada tercermundista, de parte de una directora (Mati Diop) que será de ascendencia senegalesa y sobrina de Djibril Diop Mambety (a quien el último Festival de Mar del Plata le dedicó una retrospectiva), pero después de todo nació en París. Y, sin embargo, no. En rigor, desde un principio se percibe en la película una voluntad que va más allá del realismo seco y riguroso para jugar con la forma, en planos largos, en música hipnótica, en la presencia ancha, amplia y absorbente del mar. Sobre todo en el mar, en la noche y en el modo deseante con que registra a sus protagonistas, influencia (según dicen los que saben) de la obra de Claire Denis, para quien actuó la propia Mati Diop. Pero incluso todo eso, que está bien y que funciona, podría haber sido poco más que un enfoque elegante. Y, sin embargo, no. Atlantique, que juega hermosamente con los colores (y las pieles), sabe pegar también volantazos que, si bien no desconciertan (hay un tono continuo de misterio que lo empapa todo), nos llevan de un lado a otro, desviándose por personajes secundarios, entrando en tramas nuevas, para llevarnos a lo que tal vez esperábamos, pero de formas nuevas.

Leo en una de las tantas entrevistas que le realizaron a Diop (en Internet hay muchas, lo cual resulta natural considerando que con esta película, que es su primer largometraje, ganó un premio en Cannes) que tira dos nombres que resultaron importantes a la hora de concebir su película. Primero habla, por supuesto, de su cortometraje Atlantiques (con “s”), que filmó diez años antes, en el cual retrataba el mismo tema (los jóvenes que se lanzan al mar) desde el formato documental, rescatando la experiencia de uno de aquellos jóvenes que emprendió la travesía. Ahora, con su primer largometraje y desde lo ficcional, vuelve al Senegal de sus orígenes para abordar la misma historia (tragedia que, por supuesto, continúa), solo que esta vez enfocada del lado de las jóvenes que se quedan atrás, en una Dakar poblada de ausencias. Lo que me llamó la atención fueron esos nombres que fueron referencias estéticas para Atlantique (sin “s”): Diop habla de las películas de Michael Mann (en particular, de su forma de registrar la noche) y de John Carpenter, de La niebla y de sus bandas sonoras. No es lo que uno esperaría encontrar en este tipo de entrevistas (de las cuales hemos leído varias), así como en la película uno termina encontrando más de lo que esperaba. Algunos críticos, que suelen ser más finos, mencionan también Yo caminé con un zombie, y es muy posible que los ojos blancos que van apareciendo en la película vengan de ahí.

Por otro lado, como suele ocurrir con las películas que buscan beber de las fuentes del género sin entregarse a él, hay que decir que esos filones genéricos no funcionan del todo bien: el policial se diluye sin grandes aportes y el elemento fantástico agota sus costados metafóricos. Hay un género, el primero en realidad, que sí se sostiene y tiene que ver más con el melo: la historia de amor imposible entre la joven Ada, que está comprometida en un matrimonio arreglado inminente, y el joven (y pobre) Souleiman, que a poco de arrancar la película decide abandonar Dakar y entregarse al desafío del océano. En verdad, esa es la historia que sostiene todo esto, con giros empoderadores y un final lleno de luces maravillosas.

Pero sospecho que el verdadero efecto de los elementos genéricos de Atlantique, más allá de sus logros mayores o menores, viene por otro lado. No hay (casi) verdadera tensión en la película, hay atmósfera, y en tal clima es raro que pueda proliferar un policial. Sin embargo, ese costado genérico, el que permite romper ciertas barreras, introducir elementos sobrenaturales, girar el melodrama para que se imponga más allá de la muerte, es el que le permite a la película construirse como entidad más allá de la realidad que retrata. Hay denuncia en Atlantique, pero también hay mucho más que eso. Hay cine. La densidad de personajes, de temas, de tonos, las vueltas que da una historia que se aleja de lo que esperábamos, le permite tomar un espesor insospechado, que se vuelve hacia la belleza. Una belleza, con todo, muy material, concreta, compuesta de luces baratas en un bar precario junto al mar.

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